sábado, 21 de abril de 2007

CANTACLARO: Bárbaros atilas

Por Constante Vigil
Celendín
La destrucción de Celendín no sólo es obra de los ignaros que construyen su casa a la diabla, sin respetar la personalidad de un pueblo único como el nuestro. Lo son, y de manera capital, aquellos que contribuyeron con su pasividad a que monumentos históricos que encarnaban el espíritu de la población, desaparecieran bajo los golpes implacables de la demolición.

Antiguo local del Colegio Javier Prado, hoy Coronel Cortegana, destruido por ignorantes.

Entre los más graves desastres que le pudo ocurrir a Celendín citaremos a la desaparición del antiguo Colegio Nacional “Javier Prado” y del local de la Escuela de Mujeres Nº 82, por obra y gracia de la megalomanía y afanes vitalicios del chino rata Kenya Fujimorí, personaje siniestro de nuestra historia, apátrida por antonomasia y saqueador del tesoro nacional.
Ambos locales, donados con amor por dos personajes epónimos de nuestra ciudad como fueron el insigne cura Joseph Cabello y el filántropo Augusto G. Gil encarnaron el afán intelectual de los celendinos de entonces. ¿Cuántos jóvenes preclaros de toda la provincia y del resto del departamento se forjaron en el crisol de sus aulas? ¿Cuántos seguramente recuerdan con nostalgia su paso por esos claustros que resonaban de sabias enseñanzas?
Aquellos que asistieron impasibles a su destrucción se mancharon con la ignominia de un presidente sin historia y sin identificación con la peruanidad. Para decirlo sin ambages, nos referimos al alcalde de entonces: Adolfo Aliaga Apaéstegui, ex alumno del “Javier Prado”, quien, de acuerdo al convenio suscrito con el japonés, hizo tabla rasa de ambos locales y tuvo luego el desparpajo de vender los despojos al mejor postor.
Se consumó un crimen de lesa cultura despojando a un pueblo de su personalidad educativa. Todo a cambio de dos horrorosos locales que atentando contra la “modernidad educativa” que se pretendía, no son ni funcionales, ni alentadores a la educación de nuestros jóvenes. Sus tétricos muros lucen ennegrecidos dándole un deprimente aspecto a la perspectiva de ambas calles.
Lo racional y mejor para el pueblo era que se conservaran tal como fueron, sirviendo acaso de museos que muestren al mundo la grandeza e industria de los celendinos de todas las épocas y en su lugar expropiar algunas de las propiedades de la Beneficencia para fines educativos, lo que hubiera sido mejor en lugar de enriquecer a los directores de turno que lucraron con la venta de los últimos bienes de dicha entidad.
Culpables son también, en cierta medida, las demás autoridades de entonces, los docentes que laboraban en esos claustros, que no resistieron, y la población de malos y pasivos celendinos que no supieron aquilatar el tesoro que tenían entre manos, que no tuvieron la entereza de oponerse a la consumación de tamaño desastre.
Estamos seguros que la historia los juzgará como se merecen. Mientras tanto las almas benditas de grandes hombres como Artemio Tavera Sorogastúa, Arístides Merino Merino, Aureliano Rabanal Pereyra, Alfonso Peláez Bazán, Víctor A. Camacho Marín, David Sánchez Infante, Daniel Quiroz, Eloy Arriola Senisse, Telmo Horna Díaz, Ruperto Pimentel Ortiz, Alfredo Rocha Zegarra, Saúl Silva Sánchez, César Pereyra Chávez, Francisca Aliaga, y tantos personajes ilustres que transitaron por sus aulas los señalan con oprobio por tan inicuo proceder.
Es necesario que todos los celendinos los conozcamos para no cometer el desatino de nombrarlos otra vez como autoridades, porque, aparte de su ineptitud, son un peligro para la integridad fisica de Celendín. Ellos tienen en el cuerpo el instinto destructor de los bárbaros atilas.

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