sábado, 3 de marzo de 2007

ESTAMPA: Jarabe de granada

Por Jorge A. Chávez Silva, Charro
En los tiempos encantados hubo shilicos insignes que debieron su celebridad a una circunstancia muy especial: eran golosos con la fruta del paraíso, o, mejor dicho, dicho en shiliqués, les gustaba la puga un poco más que a los otros cristianos.
A esa fauna que, fatalmente, está en vías de extinción, pertenecieron paisanos de la categoría del Potro Saúl, el Torocuro con lentes, don Circuncisión, Goyo Pachón, el autoproclamado “Torazo” Nelo, además de otros “repasaores” cuyo nombre me reservo para no entorpecer las investigaciones (¡Ampay, Sapo...!). Pero entre toda esta pléyade de protomachos y sementales que han contribuido con su esfuerzo "sobrehumana" a la explosión demográfica de Celendín, el que brilló nítidamente y con luz propia, fue don Zoilo “Güicho”, prueba fehaciente de ello es la numerosa prole que dejó.
Aquí viene a colación el siguiente cuento:
Una pareja va de paseo por el campo y al llegar a una granja, la esposa mira estupefacta como el gallo, en menos de lo que canta un idem, les bajaba el ala a varias gallinas. La mujer pregunta al granjero:
-Señor, ¿cuántas veces “hace” el gallo con las gallinas?
-Hum- contesta el granjero sacando la cuenta- unas sesenta veces.
-¿Ves?- dice la mujer a su marido con tono acusador.
El atribulado marido pregunta defensivamente al granjero:
-Señor, pero ¿las sesenta veces con la misma gallina?
-Ah, no-responde el granjero haciendo aspaviento- ¡con sesenta gallinas!
El esposo mira triunfalmente de reojo a su mujer y dice:
-¿Ves?
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Era don Zoilito el prototipo del shilico: alto, buenmozo y ojón. ¿Cuántas hijas de Eva cayeron rendidas a sus pies bajo el influjo de su mirada azul? Irreprochablemente vestido de oscuro, la frente amplia y tersa y el frondoso bigote destacando en el azul del escrupuloso rasurado del mentón. Tenía el gesto bonachón para los clientes que acudían en su tienda de la plaza de armas en busca de un buen aguardiente y para sus ocasionales adversarios en las eternas partidas de póquer, disputados en uno de los rincones de la tienda.
Siempre llevaba una botellita a la mano, pero nadie sabía a ciencia cierta qué líquido guardaba. Algunos decían que era bálsamo, otros que era cañazo, y aún otros que era vino, pero en lo que concordaban todos que uno de los ingredientes de la pócima era el jarabe de granada del zarco Dolores, justamente el bálsamo que aseguraba la potencia y fertilidad.

¡...Lo alforjó!

Don Zoilo era el orto, el gran maestre de esa orden que en Celendín se conoce como la de los pishgueadores, pisadores o torazos. El General Pititush, reconociendo la valía de don Zoilo en materia amatoria, le dijo una vez a su nieto Oscar:
-Oye, globo, tú debes ser un pisadorazo como tu abuelo. A él le decían el pisaporgusto, viejito.
Si propusiéramos escribir un libro de sus aventuras galantes, haríamos uno más gordo que el de Petete, desgraciadamente carecemos de datos, porque don Zoilo era la misma encarnación de la modestia y discreción. Jamás divulgó el número de amantes y de hijos que tuvo, aunque toda la población los señalara a cabalidad. Estoy plenamente convencido que daba chico y partido al autor de las famosas “Memorias”, el tan mentado Giácomo Casanova, alias “Chevalier de Seingalt”, a quien, presumo, se le fue la mano en el recuento de sus aventuras galantes, atribuyéndose lances en los cuales nunca tuvo protagonismo.
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Uno de los tipos más populares de la santa tierra es el policía municipal. Él tiene que ver con todos: con el carnicero del camal, con el que vende papas, con el comerciante formal e informal y hasta con la viejecita que vende maní en la esquina de la plaza de armas. Tiene entre sus atribuciones, aparte de cobrar las sisas y alcabalas, el privilegio de envenenar a los perros canallas que filosofan en las calles y una función ya desaparecida, que persistía hasta hace unas décadas como rezago de los tiempos de la colonia: la de lector de bandos.
Los bandos se verificaban los domingos con acompañamiento de la banda municipal y se leían en cada esquina en medio de una turba de nigüentos y curiosos que asistían a estos eventos justamente para despotricar de la autoridad edilicia. Los lectores tenían que tener potente y estentórea voz porque en esas épocas no existían los altoparlantes de hoy.
En la pequeña historia de nuestro pueblo discurrieron tipos especiales en esa profesión, empezando por el Honorio, ciego de nación, quien hacía la pantomima de desenrollar el bando para posar en ellos los ojos vacuos. Estuvo después el “Shingo peinao”, un tipo de mala entraña, traslúcida en su gesto hosco y agresivo. Hoy tenemos a nuestro querido “Trompeta” que en sus horas libres oficia de árbitro en la liga de los deportistas tardíos.
El más famoso de los policías municipales fue el “Cholo Julio” o Julio “dedo”, apodo que le cayó como anillo al dedo porque poseía seis en una de sus manos. Era un tipo que tenía que ver con toda la población. Para todos tenía un bocinazo sonoro, que era una crítica certera y compendiada.
Al “Chocho”, que era reacio al baño, le decía en los días de calor:
-¡Con este solazo, hoy te bañas!
A cualquier pobre de solemnidad, que las veía peliagudas para conseguir el pan cotidiano, le endilgaba la frase:
-Antonio Chávez… ¡nació para gozar!
A Paco Tavera, uno de los niños seráficos que tuvo el privilegio de nacer en cuna de oro y gozar de las prebendas que de esa condición se derivan, le resumía un concepto indiscutible:
-Francisco Tavera… ¡Sólo gozó!
La llegada de una nueva mucama o sirvienta a la casa de don Zoilo era motivo de pícaros y sabrosos comentarios entre los chismosos de la población, que el cholo Julio, con esa potente y estentórea voz que se oía a varias cuadras a la redonda, sintetizaba en un bocinazo infalible, dado al pasar bajo su balcón:
-¡Don Zoilo Güicho..., lo alforjó!
De este modo todos se enteraban que la pobre susodicha había pagado pato.

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