sábado, 19 de mayo de 2007

ESTAMPA: Jarabe de Tolú

Por Jorge A. Chávez Silva, "Charro"
Hay mucha gente en Celendín que cree a pie juntillas en historias de aparecidos y tesoros enterrados en las casas antiguas de la ciudad. Se cuentan fabulosas anécdotas de gente que se enriqueció, de la noche a la mañana, gracias al tesoro que encontraron en la base del horno, en la cumbrera del techo o debajo del cuyero. Del mismo modo, han existido ilusos que se han pasado toda una vida, pala en mano, cavando en busca de esos tesoros y hasta se cuenta el caso de un famoso escritor shilico que casi tumba a varias casas en su búsqueda afanosa de riquezas quiméricas.
Crease o no, lo cierto es que tales historias andaban de boca en boca, y había quienes se hacían lenguas contando que, en tal o cual casa, se había encontrado el becerro de oro que se les perdió a los israelitas, después que Moisés, el salvado de las aguas, bajara de la montaña con las tablas de la Ley de Dios en la mano. Otro tanto habría ocurrido con las joyas con que la reina de Saba pagó sus favores al sabio rey Salomón y con todos los tesoros de los piratas del Caribe, del tiempo de la colonia española, que no se sabe por arte de qué encantamiento fueron a recalar en el subsuelo de Celendín.

Toma tu propina...

Hablando de becerros y de su padre, el toro, había en la esquina de la calle donde lo mataron al “Guiña guiña”, un sujeto que había venido de las bajeras de Balsas o Huanabamba y se dedicaba a vender frutas en la diagonal de la tienda de don Víctor A. Camacho; al frente de su tienda del coche Ariche; justo donde amarraba el gringo Arrué su caballazo blanco, en el que diariamente traía la leche a Celendín. El tal sujeto, al que la gente llamaba “Panga”, era uno de esos medio zonzos que en ocasiones produce el valle caliente. Dicen que en todo el cañón del Marañón, el calor es tan fuerte que afecta a los niños recién nacidos, razón por la cual, en esa zona, hay bastantes mudos y zoncitos. Como si fuera una compensación a su gafera, el Panga era aventajao; tenía un pishgo de gran calibre que parecía de burro tierno, al que los ociosos y maledicientes que se percataron del asunto, habían dado en llamar “El Torito de Oro”. Para fastidiar a los ingenuos y caídos del papayo hacían correr la voz de que el Panga había encontrado un torito de oro y que lo mostraba a cualquiera que le pagara un sol. Lógicamente que había muchos que caían en el cuento y salían quemados.
Estaban una noche en animada tertulia, varias personas, conversando de tesoros ocultos en una casa solariega de la cuadra siguiente. Entre los contertulios, la que más atención prestaba a esos cuentos de viejas era la tía Lucrecia, mujer de gran belleza, soltera aún en esa época, perteneciente a una de las familias más conspicuas de Celendín, quien, pese a esas prendas, aún no había conseguido un prójimo que se animara a llevarla al altar y ya estaba ingresando en el gremio de las solteronas. No sabría precisar si ese estado vegetativo era producto de sus complicadas exigencias en cuanto a las cualidades del aspirante, o es que, al verla tan encumbrada, nadie se atrevía a calentarle las orejitas.
Uno de los contertulios de esa noche, bromista a tiempo completo, subrayó el final de los cuentos con una afirmación dicha en el tono más solemne del mundo:
-De que existen tesoros ocultos en Celendín es una verdad irrefutable; sin ir muy lejos, aquisito nomás, ha ocurrido un hallazgo extraordinario- y, ante el interés manifiesto de los demás, preguntó- ¿Qué? ¿Acaso no saben que el Panga se ha encontrado un torito de oro, y para que no se lo pierda o le roben, siempre lo anda con él?
-¿Cuál Panga, el que vive frente al chorro de la esquina?- preguntó muy interesada, la tía Lucrecia.
-El mismo, Queshita. ¿Dónde lo encontró? No sé, pero si le pagas un sol, te lo enseña, y por cinco reales más, hasta te deja tocarlo un ratito.
Sin tener en cuenta que la curiosidad femenina es mala consejera, muy temprano, al día siguiente, y cuidando que no haya moros en la costa, la tía Lucrecia se encontraba tocando la puerta del Panga, a quien depositó un sol y medio en su mano, con la misma petición a que estaba acostumbrado el gafo:
-Toma tu propina, quiero que me enseñes el torito de oro que has encontrado y que me dejes tocarlo un ratito.
-¿Tú también?- preguntó sorprendido el Panga.
La hizo pasar, tras de la puerta lo extrajo, se lo mostró y tomándola de la mano, le hizo tocar.
Se oyó un grito ahogado y un golpazo, seco y sordo, en el santo suelo. Casi se muere la tía del patatús que le produjo la vista y palpación del portentoso animal, que hasta le dio el pachachare. La llevaron desmayada y en pullos hasta su casa. Tiritaba como si estuviera con la terciana, ponía los ojos en blanco y balbuceaba palabras ininteligibles: claros síntomas de susto. Para curarla del espanto, tuvieron que rezarle padrenuestros y limpiarla con alumbre durante siete noches antes de dormir. Su madre, que estaba muy interesada en curarla, trataba de adivinar, al sacar del fogón la figura del alumbre, la naturaleza del animal que había asustado a su hijita, y es fama que cuando lo limpiaban de la ceniza, aparecía, nítida, la enorme efigie del tal torito. La buena tía no se podía curar, enflaqueció a tal punto que sus familiares temieron por su vida y para colmo, los médicos a quienes consultaron, no daban con la causa de su quebranto. Un curioso que fue a examinarla, dijo que ese susto se curaba con una copita diaria de jarabe de Tolú, del que prepara el zarco Dolores, y consiguiendo acompañante de cama a la brevedad posible.
Parece que fue eso lo que finalmente animó a la tía a decir que sí ante el altar.

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