sábado, 2 de junio de 2007

PERSONAJES: Recordando al filántropo

Por Manuel Silva Rabanal
Celendín

Don Augusto Gil Velásquez nació bajo el límpido cielo celendino un día primero de setiembre de 1873. Fueron sus padres don Pedro Gil Bazán y doña Paula Velásquez Chávez, siendo el segundo hijo de la familia. Su niñez y juventud los pasó ayudando a su padre en las faenas agrícolas y comerciales y a la vez estudiando; no llegando por este motivo a culminar sus estudios secundarios en el centenario colegio “San Ramón” de Cajamarca.

Monumento a Augusto Gil V., al inicio de la avenida que lleva su nombre.

A pesar de que sus padres fueron poseedores de la hacienda Yajén y de algunos solares en Llanguat, el niño Augusto fue educado por su padre en la más absoluta austeridad; enseñándole a trabajar como cualquier jornalero.
Ya en su vida adulta mostró el temple de su carácter, la estoicidad ante el dolor, el laconismo como frutos que aquella crianza; la misma que quiso imponer a sus hijos Rómulo, Napoleón, Pedro Eliseo, Pedro Pablo, Pedro Augusto y Alvaro, haciéndoles trabajar en una hacienda de su propiedad. Como éstos se mostraron reacios a tales menesteres, don Augusto los desheredó, confesando que aquellos no podían ser sus hijos.
Su férrea voluntad no le hacía admitir injerencias extrañas (...). La noche de su muerte, cinco de la mañana del 24 de abril de 1951, pidió un vaso de cerveza, sin poder tomarlo. Encolerizado se hizo vestir y quiso sentarse queriendo vencer a la misma muerte. Al no conseguirlo se dejó caer diciendo: “Pobre Augusto Gil, sólo la muerte logró vencerlo”
Su poder de observación fue agudo y penetrante, teniendo sus apreciaciones carácter de síntesis. Todo ello le valió para que pronto se convirtiera en el comerciante número uno de todo el departamento. Pero lo que más le caracterizó fue su acendrado amor a la tierra que lo vio nacer. Por Celendín podía dar la misma vida. Su máximo deseo fue de que al morir sea incinerado y sus cenizas arrojadas por todo su pueblo. Cuando lo visitó un obispo y vio la comodidad económica que gozaba, le sugirió que debía dejar Celendín por otro pueblo de más adelanto.
Augusto Gil Velásquez contestó sencillamente: “Mi señor, mi fortuna la he hecho en Celendín y tengo que gozarla y gastarla en Celendín. Si cuando yo muera Dios dispusiera que vaya a los infiernos, le pediría que convierta a Celendín en un infierno para vivir tranquilamente en él”. Tal era su celendinismo.

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