lunes, 9 de julio de 2007

PERSONAJES: Albino Alva Chávez

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro"
Hace poco meditaba en la interrogante de quién es el verdadero artesano y luego de mucho cavilar llego a la conclusión que artesano es el que dispone libremente de su fuerza de trabajo y no el que trabaja para un patrón o por encargo de un contratista. El artesano dispone libremente del uso de su mano de obra. No está regimentada cuartelariamente la distribución de su tiempo, tampoco las tareas que debe cumplir, ni mucho menos cómo debe hacerlas. Si un artesano tiene un compromiso inmediato, suspende su trabajo y después recupera el tiempo sin que nadie se fastidie ni le descuente por ello. Esto no implica un descuido de su labor, pero sí un conocimiento de ella en la forma más adecuada.



Artesano es el que esencialmente crea y se recrea en la elaboración de su obra y no el que simplemente produce. En nuestro pueblo los artesanos trabajan duramente, durante todo el día en una tarea acompasada durante todas las fases de su creación y manteniendo cierto ritmo, pareciera que sólo falta la música. Lo hacen ensimismados, silenciosos, alegres, sonrientes, en trance, como si estuvieran fuera de este mundo.
Todas estas reflexiones las podríamos aplicar con propiedad a nuestro malogrado gran artesano del tallado en madera, Albino Alva Chávez. Nadie como él para tratar la madera en trabajos que él mismo ideaba y que durante su época tuvieron gran demanda. Muchas de sus obras persisten en hogares celendinos y en altares de diferentes pueblos del país, a los que adornó con vírgenes y santos que tallaba con maestría.
Era proverbial su amistad campechana, la sencillez con que nos invitaba “unas papas con calzón”, o su buena disposición para acompañarnos en algún divertimento: -“Bueno, pues, son cuestiones… No todo es trabajo en la vida” y sabrosísimos sus comentarios en torno a las corridas de toros. Por ejemplo, cuando el matador prácticamente asesinaba al toro de muchas estocadas: “lo dejó listo p’al mechao” era su cáustico comentario, y cuando recargaban de banderillas al bicho, sostenía que: ”con esa carga de leña cualquiera puede, pues”.
Era un artesano auténtico, con toda su carga de falencia cultural que lo hacía incurrir en comentarios que provocaban la risa del interlocutor por el erróneo uso de las palabras con que intentaba pulirse. Una vez, el municipio lo premió como el talento artístico del año y al preguntarle con cuánto le habían premiado, mencionó una cantidad irrisoria y luego el comentario:
-Así no hay intensivo para el artista, pues...
La anécdota más jocosa ocurrió cuando disputaba un ardoroso partido de fútbol en la cancha del 85, en San Isidro. Uno de sus contrincantes pateó un balazo a quemarropa atinándole en pleno ojo. Albino, un poco aturdido por el impacto, cogió la pelota y viendo el sello impregnado de su rostro sudoroso, comentó:
-¡Qué bestia balonazo, miren, hasta ha quedado señalada la huella digital de mi ojo!
Era de gozarlo en su actitud y conversaciones. Justo cuando su destreza en el tallado iba camino a la perfección, pese a que se autotitulaba con sencillez como “un simple cashrcapalos”, sucedió la desgracia a que estamos expuestos los hombres y sobre todo los artistas: perdió la razón y murió en extrañas circunstancias que motivaron en ese momento una somera investigación que no arrojó nada claro y más bien produjo fundadas o infundadas sospechas acerca de una muerte intencional.
La muerte de Albino es un caso similar al del gran artista Alfredo Rocha Zegarra que murió en circunstancias que el tiempo no ha podido esclarecer y que motivan hasta hoy más de un comentario.

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