sábado, 29 de marzo de 2008

ESTUDIANTINA: Equipo de Voley - E. Normal Mixta Celendín, 1962

Las damitas que aparecen en la foto, gentilmente enviada por nuestro amigo y condiscípulo Segundo Porfirio Rojas Briones, seguramente hoy chochean con sus nietos y ya deben andar peinando canas, aunque esto no es seguro con el avance de la ciencia. Aquí las tenemos en todo su esplendor. Son las jugadoras del equipo de voleibol de la Escuela Normal Mixta de Celendín en 1962. Por esa época ya se había inventado los mates que tan famosas hicieron a algunas. Ellas ya habían dejado atrás la etapa en que el vóley era un deporte que consistía en volear la pelota con gracia, dando tres toques y luego pasarla elegantemente para que el otro equipo haga lo propio. Eran tiempos en que las chicas usaban unas faldas largas que impedían el lucimiento personal y mostraban poco a sus admiradores. Que distinto fue todo después. El vóley se ha convertido en uno de los deportes más dinámicos, y acaso uno de los más populares entre las chicas, y las ropas se fueron haciendo cada vez más cortas, para gloria de las chicas y de la imaginación de sus admiradores.

En cuclillas, de izquierda a derecha: Haydée Silva Díaz, Nelly Quevedo Chávez y Clarivel Montoya.

De pie, en el mismo orden: Hermila Cachay, Gladis Díaz Acuña e Hilda Pinedo Villacorta

jueves, 27 de marzo de 2008

OPINION: El Ocaso de una Profesión.

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”

Luego de la campaña de satanización de los maestros desatada por el gobierno y sus acólitos, el magisterio, como carrera profesional, ha tocado fondo en el Perú. Hoy por hoy, ningún joven aspirante a profesional cometerá la locura de seguir pedagogía porque en esta profesión, lo más seguro es que jamás conseguirá trabajo y si por un acaso de la suerte lo hace, estará mal remunerado y peor considerado por la sociedad.

¡Triste sino el de los maestros del Perú! Mal pagados y perseguidos por ejercer su legítimo derecho sindical a través de más de cuatro décadas de gobiernos sucesivos y capturado ahora el SUTEP por un minúsculo y radical partido político- Patria Roja- que lo llevó a la debacle, politizándolo y usándolo como trampolín de oscuros afanes arribistas de sus dirigentes en vez de mejorarlo pedagógicamente.

Y no solamente es culpable el SUTEP cautivo. La crisis del magisterio y de la educación es el resultado de la suma de muchos errores en el que confluyen muchos estamentos gubernamentales que tienen que ver con este quehacer a través de la historia.

Citaremos en primer lugar, siguiendo el curso de la historia, la falta de centros de formación docente en las primeras décadas del Siglo XX que permitieron el ejercicio de muchísimos docentes sin preparación didáctica, fenómeno que, andando los años y por presiones laborales, se tradujo en los programas de perfeccionamiento magisterial. Resultado de ello fue que el nivel de los docentes era insuficiente para brindar una educación de calidad, salvo honrosas excepciones de verdaderos maestros que sin tener la preparación necesaria tuvieron el genio intuitivo y la vocación para serlo.

El déficit de maestros para cubrir las necesidades educacionales de la nación se solucionó en parte con la creación de centros de formación docente en muchos lugares de la república. En nuestro caso, la creación en 1960 de la Escuela Normal Mixta, que derivó en el Instituto Pedagógico Regional de Celendín, y dada la calidad de los maestros formadores, produjo muchas promociones de buenos maestros que dieron prestigio a las instituciones celendinas y solucionaron el problema en el ámbito de la provincia.

Desgraciadamente, los docentes fundadores dejaron de ejercer por tiempo de servicio, por edad, o porque tuvieron mejores oportunidades de trabajo. Los que los suplieron no estuvieron a su altura y entonces decayó hasta desaparecer. Luego reapareció como Instituto Superior Pedagógico “Arístides Merino Merino” en honor a un egregio maestro Celendino.

Entonces para nombrar a los docentes formadores entró a tallar el tarjetazo, la compadrería, los lobbys de influencia, con nefastos resultados. Se dio hasta el caso insólito caso que un ex convicto por narcotráfico fungiera de director. Por consiguiente, jamás se recuperó la calidad de los momentos iníciales, más bien campeó el chantaje y el acoso sexual en desmedro de alumnos y alumnas.

Al amparo de la Ley 15215 se intentó reemplazar a todos los docentes de tercera categoría por docentes egresados de los centros de formación magisterial, amén que incluía en uno de sus articulados la disposición que los recientemente egresados adquirieran experiencia en el campo y, poco a poco, irían accediendo a las ciudades.

Como todo en el Perú, este dispositivo fue letra muerta y así vimos cómo, alumnos del tercio inferior en sus respectivas promociones, gracias al tarjetazo y el favor político, resultaron cubriendo plazas en ciudad de Celendín y hasta en la misma capital de la república.

A pesar de ello, de alguna manera la ley 15215 cumplía con su cometido de mejorar la educación colocando profesionales en las escuelas. Pero la felicidad siempre es efímera, llegó el nefasto primer gobierno de Alan García y todo lo ganado se tiró por la borda. El Apra empezó a pagar favores políticos nombrando a sus militantes, sea cual fuere su condición, como trabajadores de la educación y así, vimos colegios plagados de profesores, auxiliares, laboratoristas, etc, sin tener infraestructura para ello, en un claro intento de desestabilizar al SUTEP, que aún no había sido tomado por Patria Roja.

Esto significó un golpe letal a la calidad de la educación y decayó como nunca en la historia. Los resultados a nivel latinoamericano son el saldo de este despropósito consumado por el APRA. Lo peor fue que estos improvisados de la educación, al amparo de las leyes laborales que garantizaban estabilidad, se quedaron, titulándose a cómo diera lugar, no para mejorar, sino para mantenerse en el cargo.

Bajo la bandera neoliberal, Fujimori dio carta libre a cualquier empresario que quisiera invertir en educación y así surgieron colegios particulares, institutos pedagógicos, academias, etc., por doquier, sin que fuera requisito ser un profesional en educación para dirigirlos. Los resultados saltan a la vista: penúltimos en Latinoamérica, superando sólo a Haití. Para presentar la imagen de que le preocupaba la educación, el dictador se dio en construir colegios, especialmente en lugares visibles con fines claramente electoreros. A los maestros que reclamaban mejores salarios y capacitación, la más dura represión.

Pero allí no terminan los males del magisterio: Una de las recetas que el FMI dio a los gobiernos tercermundistas fue que despojaran al estado de la carga que significaba la educación popular. Y, siguiendo ad pedem literam la receta de papá, se ha intentado de mil maneras desestatizar la educación: dando prioridad a la creación de colegios particulares, municipalizando las escuelas y ahora emprendiendo una campaña de desprestigio a nivel nacional, presentando a los profesores como los grandes culpables del mal momento educativo que vive el país.

En la última prueba de evaluación para nombramientos y contratos, los resultados han sido catastróficos, el 98 % ha salido desaprobado, y el gobierno, al parecer, ha conseguido su objetivo: demostrar a la opinión pública que los maestros, vinieran de donde vinieran, de La Cantuta, de San Marcos o del ISPP “Perico de los Palotes”, son incapaces de asumir la conducción de los niños del Perú, que los centros de formación docente son nidos de terroristas, como en el caso de La Cantuta y la Universidad de Huamanga que han sido señalados por los mandamases del régimen, por lo tanto es preciso desaparecer estos focos infecciosos que significan los maestros por su sensibilidad ante la realidad de los pobres en el Perú.

En nuestro caso doméstico de Celendín se pueden contar con la mano los docentes que han aprobado sin alcanzar el catorce requerido y ¡Oh, feliz coincidencia! Todos son de conocida filiación aprista. Esto nos lleva indudablemente a pensar que hubo oscuros manejos en este concurso para nombramientos y contratos.

Los apristas, naturalmente, son los que tienen la llave mágica que prenderá la luz. Por de pronto repartirán millones de textos escolares en toda la república con la foto, retocada en Photoshop, de Alan García, en donde aparece con muchos kilos de menos de los que demostró en sus bailes con que animaba su campaña electoral. Pero asuntos de fondo, que coadyuven a la mejora de la enseñanza,ninguno.

El futuro del magisterio en general es negro y en Celendín, otrora crisol en donde se forjaron muchos maestros que trabajaron por todo el país, ha llegado a su fin. El año pasado hubo poquísimos postulantes y este año no hubo ingreso. Seguramente fenecerá cuando culmine la última promoción. La corneta final ha sonado para los docentes del Perú. Alan García, a través de su inepto ministro Chang le ha dado el tiro de gracia.

sábado, 22 de marzo de 2008

ESTAMPA: El coche guanche

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Era una costumbre en el pueblo, siempre había en el barrio una familia que engordaba un cerdo para la fiesta. Todo el vecindario colaboraba en el afán. Las dueñas de casa ordenaban a la hija después de haber lavado la vajilla:
-Oite, Susanita, llévale ese balde de agua sucia a doña Hermelinda pa´su chancho.
Con tan desinteresada colaboración el porcino engordaba que era un contento.

Niña, ¿zarca?, shilica con el susodicho animal como telón de fondo (Foto Charro)
Llegaba el tiempo de la fiesta y el puerco se había convertido en un paquidermo gigantesco. La dueña llamaba a consejo de familia y luego de una votación democrática y sin más trámite, se decretaba la muerte del cochino.
El día señalado había gran trajín por toda la casa. Los hombres habían ido temprano al bosque de la pampa grande y ya retornaban portando grandes ramas y chamiza de eucalipto, las mujeres rondaban en torno a enormes ollas que sudaban en los fogones cocinando el mote, y broncíneos peroles refulgían en las tullpas. Los más viejos escanciaban la chicha de los urpos y bebían para prevenir la pateadura del coche.
En la hora de la verdad hacía su aparición un tipo delgado, viejo y hablador –era el matarife-. Saludaba atento y zalamero a los presentes y brindaba con ellos sendos vasos de chicha. Luego, como en un ritual misterioso, extraía de entre sus ropas un enorme y filudo cuchillo, al que, como quien conversa, aguzaba en un chungo. Luego, con la destreza digna de “El Viti”, encarábase al porcino propinándole certera estocada. El animal entre chillidos y aspavientos pasaba a mejor o peor vida.
Prestas las mujeres acudían con sus cazos a recoger la sangre que manaba del enorme cuello del animal. La sangre es un ingrediente importante en la elaboración de los rellenos y salchichas.
En extraña procesión, el cerdo era conducido a un punto del patio en donde lo cubrían con las ramas y chamiza y le prendían fuego para eliminar la cerda de la piel. Un acre olor, muy caro al olfato celendino, inundaba el ambiente. En las casas adyacentes, los vecinos que habían escuchado los chillidos del animal, husmeando el aire comentaban:
-¡Ve! Doña Hermelinda ya lo mató al coche.
Una vez chamuscado, lo lavaban chuya chuya con agua caliente y lo raspaban con machetes eliminando todo resto de cerda. Todo este proceso había inflado al chancho hasta dejarlo redondo como una bola. Le metían una piedra en el hocico para que no cargue el humor. Cortábanle luego la cola que servían al matarife como premio a su faena.
Con una reata lo colgaban en la viga más fuerte y allí quedaba como un reo ahorcado. (Estas escenas tragicómicas eran usadas por los chapistas para maltratar al prójimo. Conozco a varios gorditos, coloraditos para más señas, cuyos sobrenombres eran precisamente “coche lavau”, “chancho crudo” o “coche aorcau”)
Le abrían el vientre y extraían las vísceras, que, cortadas en pedazos, iban a parar en los peroles que rechinaban de calientes. Las tripas eran separadas para salchichas y rellenos y luego procedían literalmente a sacarle la piel a tiras y las ponían a secar para carapshos, la grasa subcutánea era cortada en lonjas y se derretía en los peroles convirtiéndose en la preciada manteca.
Todos los muchachos del barrio esperábamos impacientes la extracción del copocho que inflábamos a guisa de pelota y en el espacio más cercano nos trenzábamos en interminables y disputados partidos de fútbol que concluían cuando el “esférico” quedaba convertido en un guiñapo sucio y desinflado.
Este complicado proceso de beneficiar al chancho proseguía en medio de densos olores y profundas libaciones de chicha y aguardiente que tenían para mí mucho de telúrico y mágico. Fatalmente, esos efluvios me saturaban y, sin haber probado siquiera un chicharrón me sumergían en un terrible suplicio en el que se alternaban vómitos, eructos negros y horribles cólicos que terminaban con mis pocas energías.
Mi dulce abuela me miraba con sus ojos de miel y acariciando mi cabeza comentaba:
-¡Bah! A este cholito ya lo pateó el coche… mañana ya pué que coma sus chicharrones.
Lo único que deseaba en esa terrible velada, era que sufrieran también tal pateadura todos los malévolos vecinos que habían contribuido al encebamiento de tan funesto bicho y que a esas horas estarían comiendo alegremente el “frito” que, con mote y papas revueltas, mi abuela les envió.

martes, 18 de marzo de 2008

PERSONAJES: Chinos en Celendín, siglo XIX

INMIGRANTES CHINOS EN CELENDÍN HACE MÁS DE UN SIGLO

Por Jorge Horna
1. Contexto histórico
En el siglo XIX China fue colonizada por los ingleses, franceses, portugueses, alemanes y japoneses. La supremacía de los británicos se impuso y convirtieron a China en su colonia. Las deudas ocasionadas por la guerra del opio empobrecieron al Imperio chino.
En este otro lado del mundo, ante la falta de mano de obra en las haciendas agrícolas, el Estado peruano formaliza la inmigración de hombres chinos a nuestro territorio (año 1849). La modalidad establecida se denominaba “contrato laboral”; esto dio origen a los nuevos traficantes de personas -antes lo habían sido con los esclavos negros de África- que viajaban hasta la China, y en los puertos marítimos de Cantón y Macao, aprovechando el empobrecimiento y las necesidades económicas de muchos ciudadanos chinos, les engañaban ofreciéndoles trabajo digno en el Perú. Les hacían firmar un “contrato”, mediante el cual cada chino se comprometía a trabajar durante ocho años ya sea en la agricultura (haciendas azucareras), en las islas guaneras, o en la construcción de ferrocarriles. El contratista daba a cada inmigrante una cantidad de dinero en adelanto y acumulaba a su cuenta el gasto del viaje de China al Perú, la alimentación, vestimenta, etc. De este modo los chinos en el Perú se convirtieron en los llamados culíes, que no venía a ser otra cosa que una semiesclavitud, con los agravantes de maltratos, abusos y aberraciones. En los libros de consulta de Historia aparece la fotografía de un culí con un gran peso sobre los hombros y los pies encadenados.

En esta excelente fotografía, en primera fila, de izquierda a derecha: Octavio, Luis Sánchez y esposa Teresa de Jesús, Gonzalo, Juana Ortiz de Horna, Manuel Horna (Kay Hi Tay) y su hija María Santos. Atras: Lorenzo Elí, Saturnino, José Manuel y Julio Alfonso.
Al respecto, el antropólogo Rodrigo Montoya expresa: “El tráfico de hombres, el negocio con seres humanos…es un capítulo de la infamia y la vergüenza al interior de la cultura occidental… Eran cristianos, occidentales, modernos, los que se enriquecieron comprando y vendiendo chinos… Les debemos una gran disculpa, un gran perdón, pedido con humildad y sinceridad por el maltrato que recibieron en los primeros tiempos…”
En el lapso de 1849 a 1876 se produjo el auge de inmigrantes chinos al Perú en las condiciones ya mencionadas. Generalmente llegaron hombres. Después de las penurias y los sufrimientos y cumplido el plazo de los “contratos” los chinos culíes que lograban sobrevivir abandonaban las haciendas o los otros trabajos, adoptaban apellidos peruanos, se independizaban y se establecieron en las ciudades costeñas y andinas. Y como hábiles comerciantes, laboriosos e inteligentes, abrían sus propios incipientes negocios, formaron familia uniéndose a mujeres peruanas, pasando a formar parte de la riqueza multicultural de nuestra nación.

2. Los ancestros en Celendín.
Mi abuelo fue un inmigrante chino que cierto día llegó a la ciudad de Cajamarca, aproximadamente el año 1880, en tránsito hacia Iquitos en la época del apogeo de la explotación del caucho. En Cajamarca conoció a la familia Horna que le acogió y le ofreció trabajo gracias a que era muy diligente y hábil para llevar las cuentas. Decidió quedarse como empleado en la tienda de esa familia. Se bautizó como católico adoptando el apellido Horna. Su auténtico nombre fue Kay Hi Tay.
En su tiempo libre solía reunirse con otros paisanos chinos para conversar en su genuino idioma, preparar sus típicas comidas, y eran, además, empedernidos fumadores. Todos estos datos fueron vivencias de su primera hija, mi tía Mercedes Horna Atalaya, quien a su vez los relató a su nieto César Muñoz Sánchez, bisnieto de Kay Hi Tay.
Después, mi abuelo se trasladó a Celendín y siguió trabajando en los negocios de los señores Horna. En los años siguientes estableció su propia tienda de abarrotes. Adquirió una casa, ubicada en la primera cuadra de la calle Pardo. Contrajo matrimonio con mi abuela Juana Ortiz Villanueva, natural de Chumuch, y tuvieron 8 hijos: Teresa de Jesús, Saturnino, Lorenzo Elí, José Manuel, María Santos, Octavio, Julio Alfonso y Gonzalo. (Ver foto en la que también aparece el esposo de Teresa de Jesús, don Luis Sánchez Díaz). Kay falleció el año 1924.
Mi abuelo Manuel (Kay Hi Tay) no fue el único inmigrante chino que arribó a Celendín. En el caserío de Chacapampa, en la década del 70, observé, en el trayecto al Instituto donde yo estudiaba, a otro anciano chino que se dedicaba a cultivar sus sementeras en ese lugar, sus descendientes todavía deben estar en la ciudad.
La familia Luk Díaz, de igual modo, se formó por la unión de un inmigrante chino y una dama celendina, todos ellos hace tiempo residen fuera de Celendín. También se conoce en la ciudad a una familia de apellido Chang que, supongo, proviene de ancestros chinos.
Estos son los rasgos y huellas dejados en nuestro terruño por un reducidísimo grupo de chinos como consecuencia de aquel fenómeno social de mediados del siglo XIX.

Lima, 18 de marzo de 2008

sábado, 15 de marzo de 2008

NASHERIAS: ¡Qué tal… lisura!

Por Crispín Piritaño
Celendìn
El 13 de marzo se produjo el desafuero de la congresista aprista Tula Benites, un clamor que era apoyado por el 99,99 % de los peruanos (el 0,01 corresponde a ella misma y a su familia) por los delitos de peculado, colusión y falsedad genérica, al encontrarla responsable de contratar a un empleado fantasma en su despacho. La foto que adjuntamos nos produce un efecto contradictorio. Esa mujer que sonríe y que podría haber sido cualquier trabajadora peruana, cualquier oficinista honesta y laboriosa, resultó siendo una pájara de cuenta.
De esta manera el congreso, de por sí muy desprestigiado, rectificó la vergonzosa decisión de la víspera en que absolvían a Benites del mismo delito por el que condenaron a Elsa Canchaya. Pero no se crea que la bancada aprista hizo un mea culpa, no. Tuvo que mediar una reprimenda del presidente García, quien expreso ante la arremetida de la prensa y la opinión pública: “Es algo atroz, el Perú y la opinión pública ven con alarma que exista cualquier blindaje partidarista”. Nosotros anotamos que este blindaje en cristiano se denomina complicidad. Era increíble que se cumpla aquello de: “a los amigos todo, a los enemigos, la ley”
Lo insólito del caso es que la desaforada congresista, ante una pregunta de la prensa ha respondido que va a continuar metida en política, que lo ocurrido es el resultado de la arremetida mediática y que la verdad se abrirá paso.
Acá cae a pelo la expresión sui géneris del recordado Antonio Llerena Marotti, ex congresista y locutor radial:
-¡Qué tal… lisura!
A propósito del Sr. Llerena, a quien ya no escuchamos y nos preguntamos consternados si habrá hecho abandono físico de este mundo porque ya era de edad avanzada: en un momento tuvo un affaire con la congresista del número 13 en la adiposa nalga, Susy Díaz, quien lo acusaba de acoso sexual, lo que en el caso de don Antonio podría traducirse como ganas de “viejo verde”. La respuesta airada de Llerena Marotti a través de Radio “El Sol” era para la risa. Se refería a ella como “la congresista de las cuatro letras”. Nadie sabía si aludía a su nombre, a la parte donde se estampó el famoso número o al sustantivo que designa al oficiomás antiguo de la humanidad. Era incomparable don Antonio, con esa manera tan suya de decir las cosas. Dios lo tenga en sus manos, aquí, o allá.
Volviendo al asunto de los otorongos, perdón, congresistas, ¿se ha dado el caso de que otorongo coma otorongo? No, otorongo no come otorongo. Otorongo elimina otorongo, obedeciendo al rugido del león.
¿Qué dirán de todo esto los ingenuos trujillanos que votaron por la señora Benites? Indudablemente se sentirán defraudados por las expectativas que se formaron en torno a ella. Y digo ingenuos en tono autocrítico, porque el suscrito también creyó en las diatribas y mentadas de madre que hacía el Sr. Jorge Pollack a través de las ondas de Radio “Libertad” contra la corruptela mayor de la historia encarnada en el régimen del chino rata.
Pollack denostaba a los corruptos y se mostraba decididamente en contra de la triple re-re-elección de Fujimori y me convenció a votar por él. Creí cándidamente que haría oposición en un congreso cada vez más arrodillado. Incluso asistí, banderita en mano, a uno de los mítines que realizó en varios distritos para agradecer su elección y renovar su juramento de fidelidad a sus principios.
¡Vana ilusión! Una semana después de sentarse en su curul, Pollack recibió de parte de Montesinos una oferta que no podía rechazar, y ¡zas!, se pasó a la bancada del oficialismo. Cuando indignado llamé por teléfono a Radio Libertad para preguntar si el segundo apellido del señor Jorge Pollack era Iscariote, dado su origen judío y en vista de su traidora actitud. Ante mi sana curiosidad, insolentemente me colgaron.
Menos mal que poco después ocurrió el destape de Kouri recibiendo ladrillos de dólares en la salita del SIN, que dio al traste con los afanes vitalicios del ahora reo en proceso judicial. No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Aunque los peruanos parecemos tener una resistencia para el castigo pocas veces vista en la historia de la humanidad.

miércoles, 12 de marzo de 2008

ESTUDIANTINA: Escolta del C.N.”Javier Prado” en 1963

Desde que se inició la educación secundaria con la fundación del Colegio Particular “Celendín” hasta los años setenta en que se fundaron colegios en algunos distritos de la provincia, Celendín cumplió con su papel de metrópoli con respecto a su zona de influencia en varios aspectos, especialmente en el campo educativo.

(Foto cortesía del Profesor Wálter Francisco Mori Chávez)

Los alumnos que, en esos años de recesión, podían continuar sus estudios secundarios, lo hacían en los planteles de ese nivel que existían en la ciudad: C.N. “Javier Prado”, C.N. “Nuestra Sra. del Carmen” e I.N.A Nº 38. Confluían por entonces estudiantes de todos los distritos de la provincia y hasta de la zona del Marañón, correspondientes a los departamentos de Amazonas y de La Libertad.

En esta foto que exhibimos de la escolta del “Javier Prado” de 1963, figuran, curiosamente alumnos, de diversos ámbitos de la zona de influencia celendina, están de izquierda a Derecha: Wilder Zamora, Jorge Novoa Abanto, Wálter Mori Chávez, Alvaro Torres Lozano, Zenón Silva Vera y Félix Horna Díaz.

De ellos, Jorge Novoa Abanto y Wálter Mori Chávez son celendinos, Wilder Zamora de Sucre, Alvaro Torres Lozano es de la provincia de Bolívar en La Libertad, Zenón es de Utco y Felix Horna, el popular “Felico”, de José Gálvez.

Como se puede apreciar, Celendín acogía a todos sus hijos sin ninguna pretensión, ni diferencias, simplemente cumplía con su papel de metrópoli.

lunes, 10 de marzo de 2008

NASHERÍAS. ¡Monstruo...!

Por Crispín Piritaño
Celendin
Algunos de los amigos íntimos me conocen con el apelativo de “Monstruo”, los más me dicen “Muñeca de zanahoria” y otros creen que he nacido en Chacra Colorada por mi color, pero soy celendino, a mucha honra.
Eran los dorados días de nuestra adolescencia y debo declarar, en honor a la verdad, que fui uno de esos niños seráficos, nacido en cuna de oro, aunque de eso ahora sólo queden recuerdos nostálgicos.
Mi padre era uno de los pocos que tenían automóvil último modelo. En la lejana provincia no habían muchos que podían darse ese lujo. Y así, con el carro a disposición, aprendí a manejar mejor que él, que era medroso a la hora de tomar el volante, sobre todo cuando de cruzar un puente se trataba. ¡Cuántas veces se quedó atrapado, con las dos ruedas laterales caídas, girando al borde del puente!
Me convertí en un experto y circulaba por las calles como Fangio por las pistas.
Un viernes al mediodía, al salir del colegio, mi padre había viajado a la capital del departamento olvidando las llaves del coche, las cogí de inmediato, saqué el automóvil y enrumbé a la plaza de armas. En una esquina me topé con un amigo, que también salía del colegio con el clásico uniforme comando.
-¡Picho, sube, vamos a dar una vuelta por José Gálvez!
En la plaza de armas nos encontramos con el “Chisco”, otro amigo de nuestra edad.
-¡Vamos a José Gálvez!- lo invité.
Raudos, levantando polvo por la carretera, cruzamos Bellavista y ya casi para llegar al desvío, detuve un momento el vehículo y dije persuasivo:
-¡Mejor vamos a mirar hembritas a Cajamarca!
Nuestro afán de aventuras y el hecho que mis amigos jamás hubieran salido del pueblo nos facilitó las ansias de viajar. Cruzamos las cumbres de Cumullca, pasamos por la Encañada, la Pampa de la Culebra y ya bajando por Puylucana, divisamos la mítica Cajamarca.
Allí tuvimos que transitar por los extramuros de la ciudad por temor a que nos pillara mi padre si circulábamos por el centro.
-¿Qué les parece si de una vez vamos a Trujillo? Mañana estaremos de regreso. Mañana es sábado y no hay clases, van a ver la cara de envidia que ponen los patas cuando les contemos el lunes nuestras aventuras en Cajamarca y Trujillo.
Y allá fuimos, subiendo el Gavilán, bajamos luego rumbo a las tierras calientes de la costa. Mis amigos eran todo ojos devorándolo todo con la avidez del que baja de las alturas en busca del mar. Llegamos a Trujillo al amanecer, dormimos un rato en el carro. Con el poco dinero que pudimos reunir, fuimos al mercado en busca de un buen shámbar recuperador.
Decidí hacer taxi para conseguir algo de dinero para la gasolina y alimentos. Un pasajero nos animó a hacerle una carrera a Lima. Sin pensarlo dos veces cargamos sus bultos y allá fuimos rumbo a la capital.
Lo que nos pagó el tipo apenas alcanzó para llenar el tanque y comer un par de sánguches. En la capital, si pasaban dos mil transeúntes, ninguno era conocido, todos eran ajenos a nuestro drama. Permanecíamos dentro del vehículo, cansados y hambrientos. De pronto ¡Oh, maravilla! Por increíble que parezca, vimos pasar a un paisano, un muchacho que el año pasado todavía estudiaba en el pueblo. Lo silbamos con una clave conocida de Celendín. El amigo volteó extasiado de escuchar un trino nativo en esa selva de cemento. Nos abrazamos efusivamente. El amigo trabajaba en una fábrica, era sábado y para felicidad nuestra, había cobrado su salario semanal. Amenizamos el almuerzo con la narración de nuestras aventuras.
Así estuvimos durante una semana, visitando a los paisanos que salieron de la tierra para no volver. Nos invitaban de buen grado, maravillados de nuestras diabluras.
Mientras tanto mi padre que, estoy seguro echaba más de menos a su automóvil que a mí, andaba desesperado buscándonos, lo mismo que los padres de mis amigos, habían telegrafiado a Cajamarca, Trujillo y Lima. Por un paisano se enteraron que estábamos en la capital.
Nuestra vida aventurera se enriquecía de anécdotas y parecía no tener fin, cuando he aquí que nos distrajimos en el cruce de dos avenidas. No nos dimos cuenta que el semáforo marcaba rojo y ¡Crash! Nos estrellamos con otro automóvil, que para mala suerte mía, resultó ser de un alto jefe de la policía. Mis compañeros de viaje desaparecieron. Uno de ellos jamás regresó al terruño.
Me detuvieron de inmediato junto con el vehículo. Las autoridades se preguntaban extrañados cómo pudimos haber viajado tanto en condición de menores de edad, sin brevete, ni documentos. Llamaron a nuestros padres por teléfono. Al día siguiente, muy temprano, llegó mi padre. Casi le da el patatús al ver su amado automóvil con la máscara destrozada y peor cuando el propietario del otro automóvil le presentó la factura por las reparaciones que había hecho en su vehículo.
Finalmente ingresó a verme, encerrado como estaba en una pequeña celda. Me miró como se mira a un alienígena de piel viscosa, ojos por toda la cabeza y brazos de pulpo. Allí, en el colmo de su furia, me escupió ese calificativo que resumía toda la dimensión de mi actitud:
-¡MONSTRUO!


viernes, 7 de marzo de 2008

ACTUALIDAD: Piden cambio de jefe policial

Fuente: Cajamarcaopina

PARA EVITAR MAS VIOLENCIA EN CELENDIN

Por Carlos Alayza Ch.

Migdonio Torres es cuestionado por su deficiente labor

Al mismo tiempo de rechazar todo acto de violencia, en donde no sólo se atenta contra la vida de las personas sino también se destruye la propiedad privada, la congresista cajamarquina de las filas de Unidad Nacional, Rosa Florián Cedrón, llamó a la calma a los pobladores de la ciudad de Celendín, en donde el pasado martes una enardecida multitud quemó dos vehículos policiales, una motocicleta y pretendió quemar el local policial en protesta por la muerte misteriosa de Luis Enrique Ortiz, un joven que fue detenido por violencia familiar y amaneció muerto en uno de los calabozos de esta dependencia.

Plaza de la Feliciana, horas después de la asonada.

La mencionada parlamentaria dijo a Panorama que esta movilización y protesta ciudadana tiene dos componentes. Por un lado, refirió, está el descontento que existe en la población por la presencia del Mayor PNP Migdonio Torres, de quien se ha solicitado su cambio inmediato por la incapacidad que ha demostrado en la lucha contra la delincuencia, además de haber sido denunciado en el Ministerio del Interior por el alcalde del distrito de Utco por abuso de autoridad.
Pese a ello y después de haber dejado de prestar sus servicios en esa zona nuevamente el comando mayor de la Policía dispuso su retorno lo que generó diversas reacciones “que estoy segura se han hecho más latentes luego de la muerte de un ciudadano, sospechándose que a existido excesos durante su detención, por lo que solicito al General Meza, jefe de la DITERPOL que en forma inmediata se realice una investigación sobre este asunto para deslindar responsabilidades y se haga de manera urgente la rotación del personal policial para evitar que se sigan presentados actos de violencia”, sostuvo Rosa Florián.
De otro lado, en lo que respecta al segundo componente de esta protesta aseveró que existe una desilusión en la población al no sentir la presencia del Estado para atender sus legítimas demandas, como es el caso de la carretera La Encañada- Celendín que hasta el momento viene sufriendo retrasos en su construcción por parte de la UNI y la decisión que se tiene que establecer para que se destine un presupuesto adecuado para la tercera etapa. “Estas razones han motivado un desfogue de la ira de los celendinos, pueblo tranquilo por naturaleza pero viene siendo burlado”; sentenció la congresista cajamarquina. (Tomado de Cajamarcaopina)

miércoles, 5 de marzo de 2008

CANTACLARO: El ataque a la Comisaría...

Por Constante Vigil
Celendín

La tranquilidad de la ciudad de Celendín se vio súbitamente alterada el día 3 de marzo cuando unas dos mil personas, armadas de piedras y palos, atacaron el puesto policial ubicado en el sector de La Feliciana, causando destrozos de consideración en el local, quemando algunos vehículos e incendiando parte del local, así como enseres, archivos y mobiliario de la institución.
La incursión de los pobladores fue tan sorpresiva que los efectivos policiales que se encontraban en ese momento, hombres y mujeres, tuvieron que escapar por los techos y algunos refugiarse en el interior del local para evitar ser linchados por la multitud. El Comisario, mayor Migdonio Torres Aliaga, al parecer no se encontraba en el puesto pues nadie ha dado con su paradero.
Todo empezó la noche del 29 de febrero cuando fue detenido Luis Enrique Ortiz Gonzáles, acusado de haber agredido a su conviviente Carolina Bautista Marín. El sujeto se encontraba en completo estado etílico. Al promediar la media noche el detenido fue encontrado ahorcado en los barrotes de la sala de meditación del referido puesto.
Al parecer se habría auto eliminado utilizando su polo, al que habría convertido en tiras, pues al momento de su captura fue despojado de todo aquello que pudiera causarle lesiones. El médico legista determinó que su muerte se produjo por ese motivo. Sin embargo el resultado de la necropsia arrojó que su muerte se debía a maltratos por parte de los efectivos policiales, hecho que se habría repetido unos tres meses atrás con el saldo de muerte de otro detenido.
La multitud que protesta por los continuos excesos policiales reclama sanción ejemplar para los responsables de estos actos que, en la mayoría de casos, quedan impunes. Al cabo de unas cuatro horas de fuerte presión por parte de los pobladores, el Gobernador de la población, José Eloy Rodríguez, logró persuadir a parte de los manifestantes que se retiraran a sus hogares y esperar el resultado de las investigaciones, dando garantías que se sancionará a los responsables.
Mientras tanto se ha solicitado apoyo de la policía de Cajamarca para pacificar a la población, pues unas mil quinientas personas permanecen en las inmediaciones del lugar, dispuestas en no ceder en sus reclamos.
Este hecho nos trae a la memoria otros sucesos similares ocurridos por abusos de las autoridades que motivaron airadas respuestas por parte de la población. Una situación que contribuye a estos lamentables sucesos es la indiscriminada y excesiva venta de licores adulterados por parte de malos comerciantes que contribuyen de este modo a la degradación de los jóvenes de la provincia y en ello, mucho tiene que ver la dotación policial de Celendín.
¿Hasta cuando nuestras autoridades se comportarán como tales, impidiendo la venta de estos venenos que muestran lamentables situaciones de violencia y degradación en las inmediaciones de estas cantinas y hasta han causado muchas víctimas mortales entre la juventud de nuestra población?
Es claro que el abuso de estos venenos generan situaciones de violencia familiar como en el presente caso, cuyas consecuencias han sido el detonante de todos los lamentables sucesos que no deben volver a repetirse.

martes, 4 de marzo de 2008

AUTOCRITICA Y DEBATE: En pos de la dialéctica

Por Mario Peláez Pérez
Nuevamente abordamos el tema de nuestra (enajenada) conciencia social, y, como hace dos años, lo hacemos en vísperas de la batahola de "Olés" y capotazos. (1)
Soy consciente de que la ocasión no es la mejor para exigir cuentas al espíritu o para confrontar con la historia. En esta fiesta religiosa el protagonismo la tiene una efusiva liturgia, que - pese a todo - No logra empinarse más allá de la medianía.
De ahí que las celebraciones tengan la impronta de más "pagana que cristiana". (2)
Bajo estas condiciones ¿Habrá alguien que sacrifique los molinetes del torero y se disponga a reflexionar el contenido de estas líneas? No suelo fácilmente evidenciar optimismo, pero estoy seguro que habrá jóvenes de espíritu que lo hagan. En cuyo caso ya estaría en marcha el imprescindible debate y una severa autocrítica.
Y como hace dos años escribo estas líneas con el mismo cariño y la misma ironía de tono elegiaco. Y es que nada hay más cabal y transparente en el hermoso infinito que es el ser que la ironía. Ella suele dar la palabra a todos los "habitantes del pensamiento". Definitivamente potencia el dialogo. Cuidado, entonces, con levar y hermanar a la ironía con la soberbia y el sarcasmo, como tampoco con la sátira.
En aquella oportunidad de hace dos años- en carta dirigida a viejos amigos- exponía algunos argumentos sobre el tema. (3) Sostuve como parte del planteamiento (y que hoy ratificamos), que nosotros los celendinos solo degustamos de un sensualismo sin sensibilidad: Del marginar de la historia, de la creación artística y de las grandes pasiones. Quién sabe por eso nuestra euforia y activismo cívico (que no tiene parentesco o raíz común con la práctica social). Se rinden en el ruedo taurino rechoncho de significantes y polifónicos olés: Al principio-en el primer capotazo de la primera tarde-asoma un Ole tímido y nervioso expectante-luego -ya con tilde - se escuchan los olés corajudos y españolísimos, y después solamente olés convictos y confesos shilicos.Y es que para entonces el pundonor del torero y la agonía del toro. Capote y ruedo ya fertilizados con la sangre del "bicho" han erguido al tope nuestra conciencia cívica carmelina.
Así, los chaques, palcos y sobre palcos engolfados crujen; y es que somos ya cautivos de una excitación (elemental) en las ancas del toro ensangrentado. En la barrera (los "estancieros") algo serenos y diferenciados no enajenan en mucho su identidad. Felizmente.

¿Los celendinos tenemos los méritos y logros para tirar "la casa por la ventana"
como lo hacemos año tras año...?

Desde luego que los pueblos tienen todo el derecho a celebrar en grande sus efemérides. Nadie con sensatez seria capaz de apagar las luces del espíritu colectivo, le dice el Quijote a Sancho Panza. Sin embargo las fiestas de los pueblos tienen -NECESARIAMENTE- que estar en relación y proporción a sus logros históricos y creaciones culturales.
¿Nosotros los celendinos -como colectividad- tenemos los méritos y logros para tirar "la casa por la ventana" como lo hacemos año tras año?
No. Definitivamente no. (Obviamente otra consideración tiene Celendín como paisaje, y que sin duda toda sensibilidad exquisita apostaría por Celendín. Hasta se podría jurar que la ciudad de Celendín fue concebida al alba y de cara al primer sol...)
El caso de Celendín es singular. Casi único. Sus carencias espirituales son múltiples. Para empezar Celendín no cuenta con los ingredientes básicos que constituyen la "identidad o mestizaje cultural". No tenemos de "lo andino" prehispánico: el quechua, la tecnología agraria, cerámica, el curanderismo, etc. Tampoco tenemos lo "andino colonial" popular: La riquísima conciencia y experiencia social a propósito de las rebeliones indígenas y mestizas, y hasta del huayco carecemos; aunque generalmente plañidero, resulta contestatario. (4)
¿Entonces en dónde están nuestras raíces?
Hay que rastrearlas Marañón adentro. Desde Moyobanba, Chachapoyas y Rodríguez de Mendoza con quienes Celendín conforma, efectivamente, una inquebrantable unidad geográfica-social. (5). Es en aquellos lares donde se asentaron muchos de las huestes de Gonzalo Pizarro, después de las guerras civiles entre conquistadores; que no solo desconocieron la autoridad de la Corona sino éstos entendieron la "Conquista" en términos de la economía capitalista y del liberalismo, que ya evalúa al hombre no sólo como productor (y para el cielo...) sino también como consumidor (para el mercado)
Al influjo de aquellas presencias e influencias vamos siendo definidos y definiendo una peculiar idiosincrasia "liberal" que luego nos capacita como comerciantes y andariegos, en la talla de Candelario, personaje celendino de la novela "Siempre hay caminos", de Ciro Alegría. Como seguramente mucho antes influyera en la visión del niño Juan Basilio Cortesana.
De otro lado, tampoco pugnamos -y no hay síntomas de querer hacerlo- por desarrollar historia y cultura que llene aquel vacío. Sólo en dos oportunidades nosotros los celendinos (me refiero a los del cercado) acompañamos con dignidad y solidaridad a la historia. La primera en los años cincuenta, a consecuencia de la huelga estudiantil del Colegio "Javier Prado", y la otra por los años setenta cuando estudiantes y artesanos desfilaron conjuntamente con el puño en alto. ¡Con el inmortal puño en alto!
Claro está que el predominio de la pequeña propiedad también ayuda a entender nuestra posición de retaguardia en la historia: e xplica la ausencia de solidaridad frente a las luchas de otros sectores populares del país.
Pero más grave todavía: nosotros los celendinos mantenemos precarias relaciones con la cultura. Por eso no suman los dedos de las manos nuestros intelectuales, artistas, publicaciones y eventos culturales. En cambio si suman millones de soles para cubrir el consumo del "protocolo afectivo" que la ocasión obliga. Sobre todo de los celendinos radicados en otras regiones del país y que retornan llevando consigo los mejores atuendos del mercado costeño y novísimos automóviles como signos inequívocos de su promoción social y de afirmación "cosmopolita". (6)
A esta altura se hace imprescindible preguntarnos: ¿Hay distorsión en ese enfoque? Ó ¿Hay acaso maledicencia en quien tiene lozanamente v ivas sus más nobles raíces en Celendín (mis padres) y que imaginando vivió en Celendín una niñez emocionante y una adolescencia emocional envidiable?. No. Nada de esto. En todo caso limitaciones para profundizar el tema. No obstante, me permito -la distancia física no me avala para más- plantear algunas tareas de partida: bien haríamos en restarle a la corrida de toros algunas energías y soles a fin de comprar una imprenta que nos permita el desarrollo del diálogo, de la creación artística y de algún "Plan Regional", etc.
También hagamos que las fiestas patronales se nutran de buen espíritu. Para ello invirtamos a que viajen a Celendín conjuntos de teatro, de folclore, coros, conferencistas y otros. O sino concretemos conversatorios (¡antes o después de cada tarde de toros!) donde cada uno, celendino o no, cuente sus experiencias, formule sus críticas y reivindicaciones de la problemática nacional o local.
Estemos seguros que lidiar con tales propuesta s (habrá sin duda mejores) nos daría panorama y límites más allá del ruedo taurino. Nos llevaría a poner un pie en la historia y a darle la espalda a la prehistoria. A convertir nuestro tozudo YO celendino ( "Celendín sucursal del cielo", "las shilicas, las más bellas", "blancos de ojos azules", "judíos", "los más inteligentes", etc.), en solidaria conducta social. O lo que es lo mismo nos aparearíamos con la dialéctica. Entonces, nosotros los celendinos, habremos logrado sentar bases de la lealtad generosa con Celendín.
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(1) Este artículo -que me fuera solicitado- debió publicarse en la revista de la Asociación Celendina de Lima que para la ocasión edita. Sin embargo, por factores que no faltan no fue incluido.
(2) Efectivamente, nuestra religiosidad es más de amasijo litúrgico que el resultado de la expresión histórica de la fe teologal. Recordemos que el catolicismo en casi todo el Perú se asentó (violentamente) en la base de las creencias y en las espaldas de los dioses andinos "centrales" y "regionales", y que Celendín no los tuvo. A Celendín el catolicismo llegaría dentro del conjunto del mensaje educativo escolástico teologal-liberal que se impulsa luego de la Independencia. Además en Celendín tampoco funcionó el refuerzo
paternalista-religioso propio de la feudalidad. Por eso nuestra religiosidad se definirá más desde el evento social y festivo que desde los propios sacramentos. Así, el celendino llega a reverenciar y adorar a la Virgen del Carmen, no necesariamente desde el atrio o de las naves de la iglesia, sino desde la "espiritualizada" corrida de toros. No desde una fe teologal sino desde una fe festiva y liberal. Y esto sin duda constituye un punto a favor del potencial desarrollo de nuestra conciencia, independientemente de cuán confesional sea la creencia religiosa de cada celendino.
(3) La publicación "Reflexiones" comentó la carta. Lamentablemente a partir de argumentos que no son los míos. ¡Qué tal impostura! En cambio la revista "El labrador" la publicó tal como correspondía, con el título "Crónica feudal o conciencia para la historia".

(4) ¡Cuidado! No estamos exaltando o reclamando algún indigenismo orgánico, ya retrógrado para los tiempos actuales; tan sólo evidenciamos los hechos. Igual cuando sostenemos que lo "hispánico" (salvo el castellano y la corrida de toros, luego teñida con aires "liberales") tampoco tienen presencia sostenida en Celendín. Ni tapadas, ni balcones, ni feudalismo. Las haciendas, "El Limón", "Jerez" y el propio Llanguat no insuflaron "cultura" gamonal a Celendín.
(5) Sobre el particular recomendamos dos excelentes trabajos,
"Celendín clave del desarrollo regional..." de Tito Zegarra M. y el otro del exrector de la Universidad de Cajamarca, Pablo Sánchez.
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Tengo concluido un trabajo relacionado con la conciencia de la pequeña burguesía en el Perú. En un capítulo analizo precisamente la conciencia del celendino. Que en su mayoría pertenecen a la pequeña burguesía: funcionarios, maestros, comerciantes, estudiantes, artesanos y además pequeños propietarios. Una primera conclusión nos precisa lo singular de nuestra conciencia, aquí tiene que ver la ausencia del gamonalismo y aquella religiosidad especial. Pero también gravita la carencia de raíces andinas pre hispánicas y andina colonial.

sábado, 1 de marzo de 2008

PERSONAJES: EL “Patón” Merino

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Desde que los ingleses trajeron el fútbol a finales del siglo XIX, este deporte se convirtió en una pasión de multitudes, sobre todo en Sudamérica y se practica en donde exista un espacio suficiente en donde pueda rodar la pelota: en los potreros, en las pampas, en las calles, en las pistas… Allí se forjaron las grandes jornadas de triunfo y los sueños de los virtuosos convertidos en ídolos populares. Algunos por su técnica con el balón y otros por el pundonor que demostraron en la cancha.
En esos tiempos de romanticismo se jugaba por amor a la camiseta y no existían los profesionales, que no son otra cosa que mercenarios del fútbol, como vemos en la actualidad: un jugador alinea hoy por un equipo y al año siguiente lo hace por el archirival.

El "Patón" Merino, amo y señor de la “Breña”...

En Celendín, durante las décadas de los treinta y cuarenta, el máximo ídolo de la afición fue Antonio Merino Díaz, el popular “Patón”, capitán de las selecciones de fútbol, amo y señor de la “Breña”, del “Centenario” y de cuanta cancha en donde se tuviera que defender los colores celendinos. Aunaba a su despliegue físico esas ganas de no perder y un potente shot que lo convirtió en terror de los guardametas. No había partido en el que no anotara. Encarnaba el espíritu de su época y se batía como un león cuando se trataba de defender los colores celendinos contra equipos de otros distritos y de la capital del departamento.
En la foto se puede apreciarlo en una pose de desgaire, con ese desparpajo y aplomo con que se desenvolvía en la cancha y en la vida cotidiana. Junto a él, en un contraste que, sin embargo, no resta elegancia a ambos, está don Francisco de Sales Chávez. La foto corresponde al año de 1944 y al parecer la tomó don César Díaz, padre.
Manuel Antonio Merino Díaz perteneció a la Promoción 1941 del entonces Colegio Particular “Celendín” y trabajó como capataz de la carretera. En una aciaga ocasión no estalló la carga de dinamita que habían colocado para volar unos peñascos. Y el capataz fue a ver qué sucedía. Esa tarde trajeron su cuerpo destrozado para recibir cristiana sepultura en el nuevo cementerio inaugurado pocos años antes. La consternación popular fue muy sentida y la multitud que acudió a su sepelio simbolizó el dolor de un pueblo que despedía a uno de sus primeros y auténticos ídolos deportivos.
Del otro personaje que figura en la fotografía, que obtuvimos gracias a la generosidad del profesor Walter Francisco Mori Chávez, diremos que se desempeñó muchos años como Tesorero del Colegio “Javier Prado”. Hombre de empresa, incursionó en la ganadería en el fundo de su propiedad en la pampa grande y luego como industrial instalando en Celendín la fábrica de aguas gaseosas “La Andina” y tuvo la concesión, única en el Perú, de la famosa bebida “Sinalco”, de origen alemán, que fue una especie de símbolo del pueblo, a tal punto que fuera de la provincia se conocía a los celendinos como “sinalcos”.