miércoles, 15 de abril de 2009

ESTAMPA: Inocencia

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Era un día luminoso de abril cuando salí temprano del pueblo, rumbo a Molinopampa, a visitar al tío Aristóbulo Cachay, primo de mi padre. Hacía años que no lo veía y por la amabilidad con que siempre me trató le debía esta visita.
Era un hombre mayor, siempre con arado en mano, picaneando a la yunta para la siembra de papas o maíz. Su figura en el entorno era parte del paisaje. Nadie diría que lo parió una mujer, parecía haber brotado de la tierra misma, tenía ese matiz, y su rostro, curtido por los años, estaba cuarteado como los campos sedientos. Apegado a su suelo, sólo abandonó sus tierras los domingos en que iba a Celendín a la plaza. Mas allá no conocía nada.
El trabajo era su ocupación cotidiana, en pie al primer canto del gallo para empezar la faena, en la chacra y con el ganado. Gracias a su tesón pudo enviar a sus dos hijos a la secundaria en el pueblo y después a la facultad de San Fernando. Actualmente ambos son médicos en un hospital de Lima. En casa los educó a la antigua, de acuerdo a las viejas costumbres, inculcando el respeto a los demás.


Mediodía luminoso en Molinopampa.

Recordaba su casa solariega amplia y cómoda, la cocina humeante, el pesebre oliendo a vacas, el horno blanqueado por la ceniza de mil amasijos, el florido patio en donde picoteaban las coloradas, las cenizas y las flor de habas. Los pullos de las camas soleándose en cordeles y el dorado trigo pelado en mantas en los alares. El batán pegado a la cocina y los capulíes y eucaliptos dando sombra y aroma a la construcción.
Hacía poco que murió su esposa, compañera de la vida, dejándolo solo, pero no vencido. Allí le siguió dando a la vida, empeñado en el trabajo, hasta cuando alcance la trama, como solía decir.
Salió a mi encuentro alertado por los ladridos del perro, cuando vio que traspuse la tranca del camino. Su abrazo franco y enérgico era seña que seguía fuerte como un roble, sombrero en mano, me hizo pasar a la sala mientras ordenaba a Fortunato, el muchacho que lo ayudaba, que trajera una jarra de chicha para beber.
Indagamos mutuamente por la salud de los familiares y sorprendido por la presencia de un televisor en una mesita, pregunté
-¿Ahora tienes un televisor? ¡Qué bueno, tío! Estarás al tanto de las noticias y verás algunos programas de entretenimiento.
-Si pues, hijo, la última vez que vinieron tus primos me trajeron este aparato, dizque pa’ que me distraiga.
-¿Y cómo lo haces funcionar, si no hay electricidad?
-Tengo una batería de carro. Allí enchufo los cables y listo, hasta alcanza para un fluorescente.
-¿Y cuánto dura la batería?
-Una semana. Cuando se baja, lo mando al Fortunato al pueblo... En un burro la lleva al Coche Jave para que la cargue.
Encendió al aparato y apareció en pantalla el noticiero de un canal.
-Ahora estás al día con las noticias, tío.
-Sí, pues, aunque también con el radio estaba al tanto de todo.
-Claro, pero ahora tienes la ventaja de ver las imágenes.
En ese momento enfocaban a los bañistas veraneros en la playa.
-¿En verdad, se baña así esa gente, hijo, casi calatos?
-Claro, normal... Pero eso no es nada, tío, existen algunas playas exclusivas para nudistas.
-¿Nudistas? ¿cómo es eso?
-Donde la gente se baña y camina totalmente desnuda, sin que nadie se avergüence de nada.
-Ya pué..., estaremos viviendo tiempos apocalípticos, qué bárbaro. ¡Cuando se ha visto, ni escuchado, que la gente ande calata exhibiendo sus vergüenzas! ¡Ya estará cerca nuestro fin!
-Así es, ahora la gente si pudiera caminar calata por las calles lo haría. A propósito, tío, ¿alguna vez viste desnuda, siquiera a tu mujer?
Me miró muy ofendido y como si me propinara una bofetada de reconvención, me contestó:
-¡NUNCA!

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