lunes, 29 de junio de 2009

ESTAMPA: El badajo de la campana

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Una de las sensaciones más agradables en Celendín es la hora de ir a la cama; y no por lo que malévolamente se pueda imaginar, sino por el verano serrano: caluroso de día y gélidamente frío por la noche. En invierno, nada mejor que estar cobijado, arrullando por el incesante tableteo de la lluvia en los tejados y el cantarino taladrar de alguna lata bajo la gotera en el patio.
En nuestra época de estudiantes el dormir era una cuestión de vida. Nada nos podía sacar de la cama, ni las constantes llamadas de nuestra madre, ni el dulce olor del chocolate que hervía en el cántaro, ni el más espantoso cataclismo, nada… salvo el sonoro tañido de la campana del colegio “Javier Prado”. Diariamente, a las siete y media de la mañana, llamaba a los estudiantes del pueblo y alrededores.
-¡Ya sonó la campana! Levántate ya, hijito, que ahurita te sirvo tu chocolate para que vayas al colegio das, das.
Y, al conjuro de la famosa campana, teníamos que hacer doloroso abandono de la dulce cama y poner los huesos de punta.
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Era una campana de regulares dimensiones y de buena aleación, a juzgar por el tremendismo de sus tañidos. Pendía de un campanario sobre el techo, ubicación que permitía se escuchara por toda la ciudad y la campiña. En ese tiempo, Celendín no estaba ahogado por los estruendos que ahora la asordan y la campana se escuchaba a leguas de distancia. Agréguese a esto la circunstancia de tener en don Aquiles al campanero prolijo y puntual que hasta sacaba tonadas con la dichosa campana.
La vida de los celendinos era conventual. No había prójimo o prójima que se aventurase a salir de casa más allá de las diez de la noche, nadie; excepto los jugadores de cartas, los amigos de lo ajeno, lo que gustan de la fruta del cercado ajeno, los bohemios empedernidos y los mataperros, que esperábamos justamente las once y media de la noche en que se apagaban las luces del pueblo, para hacer de las nuestras.
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Los muchachos de la “tira” militábamos en la pandilla del barrio. Existían varias en la ciudad: la de La Alameda-San Cayetano; el Comercio, San Isidro, los de la gallera, La Feliciana y los famosos “Intocables” de Colpacucho. Cada pandilla tenía sus códigos, su territorio e idioma secreto. Cuando se trataba de algún enfrentamiento entre pandillas, los jefes se reunían en lugar secreto para pactar los términos del conflicto, que en puridad de verdades, rara vez tuvo consecuencias graves: una o dos cabezas rotas a causa de la pedradas y nada más.
Los enfrentamientos más comunes de nuestra pandilla fueron con la del Comercio, debido a la disputa de cierto territorio. Las demás pandillas tenían sus propias actividades: Los de San Isidro se dedicaban a jugar en la colina, a cuidar que no se llevaran la arcilla de sus minas, a cosechar las zarzamoras que abundaban en los cercos y a hacer arrancar las cometas de los chicos de otros barrios. Los Intocables, por su parte, se dedicaban a salvaguardar su territorio de incursiones románticas de galanes atraídos por la belleza legendaria de las colpacuchinas. Los ahuyentaban a jebazos que parecían salir de la oscuridad. Los románticos abandonaban la plaza, magullados en su honor y en salva sea la parte, con la precavida intención de irse con su música a otra parte y no regresar jamás por tan peligroso vecindario.

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En cierta ocasión era inminente el enfrentamiento con los del Comercio, pero los jefes, decidieron que no había por qué recurrir a las armas, sino a una prueba de valor entre los mejores de cada grupo. El vencedor tendría derecho al uso del territorio en litigio hasta nuevo enfrentamiento. Era media noche. La ciudad se encontraba a oscuras y en silencio cuando nos comunicaron que la prueba consistía en traer como trofeo el badajo de la campana del colegio.
Los jefes escogieron a los que juzgaron capaces de la hazaña, incluyéndose ellos mismos y empezó la prueba; uno por uno alternando, intentaron la riesgosa empresa, escalando por la tapia trasera del colegio y adentrándose en la oscuridad, que parecía tragárselos con fauces de abismo.
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El antiguo patio del Colegio "Javier Prado"

Amigo, no sé si alguna vez has ingresado en esas circunstancias en una casona antigua como era el colegio. El simple eco de tus pasos rasgando el silencio de la noche te ponía los pelos de punta, y si escuchabas un ruido extraño, el valor te abandonaba completamente; cualquier sombra era un tenebroso fantasma surgido de ultratumba y lamentabas haber nacido.
Tras nueve intentos fallidos, tocó el turno a Jorge Alejandro, jefe de nuestra pandilla:, un muchacho esmirriado y bajo, pero inteligente e intrépido. Empinado en los hombros del “blanco” Zárate, traspuso la tapia y dominando el miedo atravesó la cancha de básquet, la auxiliar de calentamiento, pasando por el costado del tenebroso salón de actos, escabroso lugar en donde rondaba el fantasma de la ópera. Luego el temible pasadizo hacia el patio principal en donde, esa noche, parecían reunirse los diablos. Haciendo acopio de valor, ascendió por las viejas escaleras de madera que rechinaron lúgubremente a su paso. Por el poste de uno de los ángulos trepó al techo de la Biblioteca, contigua a la Dirección y ya tenía el campanario a su alcance.
Vista desde el techo, la ciudad dormía plácidamente. Se quedó contemplándola, con sus torres difuminadas en la oscuridad y sus fuegos litúrgicos en la lejanía de los cerros; un leve rumor de grillos la acunaba. Una ráfaga de aire frío lo volvió a la realidad y, poco a poco, arrastrándose sobre el tejado, llegó a la campana, Se asomó por el hueco y abajo distinguió la dirección, débilmente iluminada por una vela misionera bajo el cuadro de la Virgen del Carmen, el escritorio del director, unos tinteros de vidrio con sus respectivas plumas, un escaparate con los trofeos deportivos, algunas sillas bajo los retratos de los directores que pasaron por el colegio y, como si fuera un conde de Transilvania, el retrato de don Augusto, el benefactor.
Con medio cuerpo en el vacío, alargó la mano hacía el ansiado badajo. Nunca imaginó que fuera tan pesado, ni que el cable que lo sujetaba fuese tan sólido, casi imposible de cortar. Lamentó no haber traído su cuchilla. Intentó romperlo con las manos y no pudo. Recordó que traía una caja de fósforos en el bolsillo, con gran esfuerzo empezó a quemar, palo a palo, el cable de la campana. Terminó con todos los palitos y el cable no cedió. Tironeó de él con fuerza y nada. Desolado por el fracaso emprendió el regreso, lamentando su falta de previsión… ¡Estuvo tan cerca de lograrlo!
Cansado y lleno de telarañas llegó hasta nosotros que esperábamos impacientes, pues demoró mucho más que los otros. Ante el nulo resultado se decretó empate y ¡Calabaza, calabaza, cada uno a su casa!
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Dormía plácidamente por la mañana, cuando mamá me despertó:
-Hijo, hijito, levántate para que vayas a la escuela, ya es tardísimo.
-Un ratito más, mamá, todavía no toca la campana- respondí somnoliento, volviéndome al otro lado para continuar mi sueño.
-No, hijito, levántate ya- insistió mi madre- algo pasa en el colegio, ya es tarde y la campana no ha sonado y hay mucha gente amontonada allí.
Presuroso, abandoné el lecho, me aseé apenas con un poco de jabón y agua y, a volandas, me puse el uniforme.
El chocolate caliente y un rico bizcocho con queso me espabilaron por completo. Cogí mis cuadernos y corriendo me acerqué por el colegio. Había gente arremolinada en torno a él, mayores y alumnos que gesticulaban y hablaban a gritos. Me detuve un momento porque el corazón amenazaba con salírseme del pecho. ¿Qué había ocurrido?
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Don Aquiles, como hacía todos los días desde hace muchísimos años, había llegado puntual a tocar la campana; al jalar fuertemente el cable del badajo, éste, que estaba sostenido precariamente por unas cuantas hebras, se desprendió y la pesada bola de acero cayó estrepitosamente sobre la reluciente calva del pobre señor, casi descalabrándolo y causándole serias heridas que sangraban en torno a un gran chinchón, parecido a un volcán. La secretaria y la bibliotecaria lo curaban en la dirección.
En medio del rumor confuso de la gente, entre asustado y aturdido, busqué con la mirada a Jorge Alejandro. Al divisarlo entre algunos integrantes de la pandilla, sus ojos me hicieron una señal de silencio. Esa misma señal se las transmito a ustedes. Mucha discreción, por favor. No vaya a ser que los deudos de don Aquiles vengan a pedirnos cuentas por tan involuntario, como casual, accidente.

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