miércoles, 14 de octubre de 2009

REPORTAJE: A un año de la partida

EL ADIÓS DE UN PUEBLO QUE SE RESISTE A DESPEDIRLOS,
POR NO HABER ENCONTRADO JUSTICIA

Por Franz Sánchez
Hacía frío y el viento silbaba por las ventanas, la oscuridad de la carretera y lo largo del viaje invitaban a dormir. El carro no había detenido su curso, a excepción de la parada en Brasilmayo, cuando el chofer detuvo el vehículo y bajó a realizar una llamada de su celular.
El ambiente dentro del carro, era taciturno. La congoja por la derrota, hacía que se pensara en duras críticas a la llegada. Algunos recuestan sus cabezas sobre las ventanas ateridas y otros rendidos, no hacen pelea al cansancio. La mayoría de pasajeros duerme, con una pesadez que inquieta.
Se cumple un año de impunidad e injusticia para con las víctimas de San Cayetano.

El ”escamoso” va de copiloto, el resto del equipo de fútbol del barrio de San Cayetano, va detrás. Durante la derrota en Tarapoto, han sentido adormecidas sus extremidades, de una forma que no entienden y no saben a qué atribuir esa condición. Aunque después de recibir diez goles en portería, ya no se sabe lo que uno en verdad siente.
A las 10 de la noche, el vehículo baja la marcha y el trayecto se convierte en lento. Dentro, casi todos duermen, y uno que otro entrecierra la mirada, la piel se ha puesto de gallina. El equipo de fútbol que eliminó al representativo de Cajamarca y se coronó campeón interdepartamental, descansa.
A las 10:15, se distinguen más de cerca dos motos que van delante del carro. La empresa que se encarga de transportar a los futbolistas, se llama Transportes Latino, cubría la ruta Cajamarca-Celendín, y desde hace un tiempo, lo hace de Bolívar (La Libertad) a Celendín.
A las 10:30 del lunes 13 de octubre, a poca distancia de divisar la ciudad de Celendín, que con sus luces por la noche, desde el cerro de Jelig, dibuja la figura de un dragón. Se detiene el carro, pero nadie se despierta.
Según la versión de Jhony Álvarez, conductor del vehículo, tres sujetos encapuchados le obligan a frenar y bajar del carro. Lo extraño es que, muy pocos se percataron del suceso. Exceptuando a los conductores de las motos que venían por delante, que manifiestan haber visto a los asaltantes.
Increíblemente, el chofer desciende del carro sin apagar el motor. Luego, el vehículo comienza a retroceder lentamente, hasta despeñarse a 150 metros de la carretera.
“Fue tan rápido que no pude reaccionar, pensé en el rostro de mi hija, me propuse vivir solamente para verla” dice Almer Zelada, uno de los sobrevivientes. En un momento estaba sentado en el carro y en cuestión de segundos, luchando entre los fierros retorcidos y la sangre regada en el pasto. Perdió el conocimiento, únicamente recuerda que se despertó en el hospital de Cajamarca.
Almer, integrante del equipo de San Cayetano de la segunda división del fútbol profesional, recuerda: “Había mucha gente llorando y gritaban, yo era el que estaba más tranquilo de todos, nunca pensé que estaba grave”. Hoy, no puede movilizase porque está parapléjico.
El saldo final: 8 personas mueren, y las demás sufren heridas de mucha consideración. En la manifestación el chofer indica a las autoridades que se trató de un asalto, y luego contradice sus versiones en cuanto al número de asaltantes y las armas que utilizaron. Los sobrevivientes declararon, que nunca creyeron que se trató de un robo, puesto que ellos no traían dinero consigo.
El carro aún caliente despide humo de su armazón estrujada. Los pasajeros, algunos regados sin vida, otros tratando de reincorporarse, vieron al conductor mirar desde la carretera si había indicios de vida, luego manifiestan que bajó a estrangular a Miguel Ángel Villar, dueño de la empresa y fallecido en el incidente. Las versiones se tejen, pero nada es oficial, los testigos no quieren declarar a ninguna autoridad.
Se detiene al chofer, y no se le pregunta por dónde huyeron los asaltantes, por qué no apagó el vehículo, por qué, si manifestó que sus acompañantes, los copilotos que venían a su lado también bajaron, se los encontró muertos entre los escombros. No se le hicieron preguntas claves para esclarecer lo ocurrido. Al poco tiempo el chofer se fuga, y hoy está declarado como no habido.
El jueves 16, en medio de un mar de personas, que jamás vio el pueblo de Celendín, se llevan los cuerpos de los asesinados. La multitud es tan grande como las lágrimas. Y ese ajustado nudo que se siente en la garganta, cuando lo que vives parece ser un cuento de terror, aprieta. La amargura que toma forma de odio, cuando identificas el dolor como propio, aún si nunca los conociste, a pesar que nunca supiste de ellos, o viviste sus triunfos, o lloraste sus derrotas, amarga odiosa. En contra todo eso, el pueblo tambaleando, se puso de pie.
Al paso de los cajones, los altoparlantes en las casas, mencionaban los nombres de los extintos y se resquebrajan las voces, y el sonido parecía no salir de los cuerpos, parecía que salía de la tierra. Que se abrían paso, las lamentaciones, entre el pavimento, que rompía cemento para no ser acallado. Que clamaban justicia dirigiéndose a su inmaculado cielo que también cobija a asesinos y delincuentes.
La versión oficial de lo ocurrido manifiesta que fue un asalto simulado, que lo que se pretendió fue acabar con la vida del propietario de la empresa de transportes.
Lo que muchos se preguntan es: a razón de qué, si es que hay razón en un acto tan vil. Qué motivos impulsaron a cometer un magnicidio. Los que murieron en ese lugar no solo fueron ocho, se mató una vez más a un pueblo entero.
Lo que la gente percibe, y lo que periodistas también saben pero que temen decir, es que se trató de un ajuste de cuentas.
El narcotráfico en la zona, es una actividad usual. Posiblemente el ingreso de una nueva empresa de transportes que cubra la ruta Bolívar-Celendín invitó a mafiosos, cobrarse con sangre, a cambio de salvaguardar el podrido negocio. Todos lo saben y nadie lo dice. Allí termina el periodismo del que se ufanan, tan justiciero, proclaman. Y tan cobarde, callan.
El podrido dinero, que hizo que autoridades no pudieran evitar lo que sí se pudo prevenir. Quiénes custodian las vías. Acaso no es sabido que las más altas instituciones del orden en nuestro país, riñen por cupos que obtienen del narcotráfico. Es muy sabido, pero el silencio lo interpreta mejor.
Hoy, a un año de la partida de ocho paisanos, y del resto de nosotros, muertos en vida. Hagamos un minuto de silencio que se alargará lo que dure este punto.
Y roguemos, que la historia no se repita. Hasta siempre hermanos. Nuestras condolencias San Cayetano.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es una historia repetitiva , estimado paisano los asesinos del volante siempre salen bien librados, çeste caso sui generis nos demuestra una vez mas el enquistamiento de las mafias en nuestro terruño, y nuestra autoridades que poco o nada hicieron.
un abrazo eterno a mis amigos personales : Machuquita y Nange =noche inolvidables de bohemia= Al Profe Mishuca amigo de mi difunto padre muerto igualmente en un accidente de transito , al Prof. Cristobal padre de mi sobrino Luis Marin, y a los otros paisanos que ahora se encuentran en el cielo junto a papalindo , y que ahora igualmente estaran triste por el olvido y desinteres de Celendin por el deporte
atte
luis rojaS