sábado, 11 de diciembre de 2010

PEQUEÑA HISTORIA: Nuestro inolvidable "Coche Helí"

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”


Mi inolvidable amigo Helí, fallecido tempranamente, era un tipo de lo más ingenioso y amigo de todo el mundo, conocido como nuestro “Coche Helí”, aunque él gustaba llamarse con el alias de Elliot Da Los Santos Ludwing Cuglievan, para hacer más distinguido su nombre completo: Helí de los Santos Ludeña Cobián. Nos hicimos muy amigos cuando integramos, allá por los años sesentas, una patota carnavalesca denominada “Los Paupérrimos”, a sugerencia suya. Había otras patotas que tenían nombres de lo más pintorescos: “Los Mequetrefes”, “Los Teen Toups”, “Los Antañones” y así por el estilo.

Helí, en la plenitud de su existencia, poco antes de fallecer. (Foto cortesía de Rocío Saavedra Vulih)


Era capaz de llenar de alegría una noche de bohemia con su guitarra y las canciones picarescas que cantaba. A poco de egresar del IPRC lo enviaron a desparramar su didáctica en el caserío de El Chanche, al norte de Celendín. Unos meses de trabajo después nos compramos sendas motocicletas y con ellas paseábamos muy felices por la campiña celendina y distritos aledaños. Un día, muy entusiasmado, me propuso:
-Vamos a Cajabamba en las motos, van a celebrar la fiesta de la Virgen del Rosario, algo así como el equivalente de la Fiesta de la Virgen del Carmen en nuestro pueblo. Allá buscaremos al “Negro” Elí Díaz Abanto, que es mi primo y goza de mucha fama en Cajabamba.
Decididos a emprender el viaje que era una aventura, pues no conocíamos y nunca habíamos hecho un raid tan largo, nos marchamos una mañana. Al mediodía llegamos a Cajamarca en donde reclutamos a un compañero de trabajo que era sobrino del profesor Manuel Paredes Gálvez, si no me equivoco se trataba de Juan Paredes Azañero, a quien llamábamos el “socio”.
Para llegar a Cajabamba decidimos seguir a la Agencia Díaz, que hacía viajes a esa provincia y una tarde de septiembre de 1973, totalmente cubiertos de polvo, llegamos a nuestro destino dispuestos a pasar una semana de juerga. Nos alojamos en el Hotel Ramal, en la plaza de armas, en donde dimos reposo a nuestro cansancio. Al día siguiente salimos a desayunar al mercado, porque según él, en los mercados anidaba el espíritu de los pueblos. Nos regalamos con un exquisito shámbar, que es el plato típico de Gloriabamba.



Helí Ludeña, niño, en el regazo de su madre Noemí Cobián y su bella hermana Fausta Vulih. (Foto cortesía de su sobrina Rocío Saavedra, hija de Fausta, quien la envió desde Israel)

A poco de recorrer los estrechos callejones del mercado nos topamos con Alvaro Eslava Iparraguirre, un compañero de bohemia que laboraba en el distrito de Sucre:
-¡Oh, París! –exclamó Alvaro al vernos y bajo su guía conocimos a muchos y gratos amigos cajabambinos, ante quienes nos presentó como dos artistas celendinos: a Helí, como cantante y a mí como pintor. En Cajabamba, tierra del pintor José Sabogal, no podíamos pasar desapercibidos e hicimos honor al cartel con que nuestro amigo nos presentó. Visitamos los bares más típicos y enjundiosos de esa bendita tierra, probando las afamadas cecinas con ñuñas fritas y asentando con la chicha cajabambina, famosa entre las más sabrosas. Fuimos tan bien agasajados que no podíamos creer tanta ventura cuando en Celendín nadie reparaba en nosotros.
-¡Ah, cholo, cholo, dónde viniste a valer ¿No?- me decía entre risas cuando volvíamos a nuestro hotel.
Una mañana, cansados de tanto agasajo, decidimos caminar por las calles de la ciudad para conocer sus encantos y fuimos por la calle principal indagando dónde quedaba la casa natal de Sabogal, a nuestro paso nos admirábamos de las bellezas arquitectónicas de la ciudad y también de las bellezas de carne y hueso con quienes nos cruzábamos. A cada paso Helí exclamaba:
-Nos calean – aludiendo a que eran mejores tales bellezas que en nuestro pueblo.
Bajábamos por la calle principal y al cruzar frente a una oficina agraria, nos llamó la atención un tipo de anteojos oscuros que, sentado en un cómodo sillón, le dictaba algo a una bella secretaria.
-Ese rostro me resulta conocido –dijo mi amigo.
-Pues a mí también me resulta conocido – dije corroborando la situación –pero no recuerdo donde lo he visto.
A todo esto el tipo también nos miró extrañado. Decidimos pasar de nuevo por su oficina y la misma sensación de conocencia se repitió mutuamente. Fuimos a sentarnos en una banca de la plaza de armas tratando de recordar quién era el sujeto que había llamado nuestra atención. Poco después el tipo subió a un jeep y se dirigió calle arriba. Media hora más tarde vimos que el vehículo ingresaba por una de las calles y luego de dar una vuelta, se detuvo frente a nosotros:
-¿Tú no eres el Charro? –dijo viniendo a mi encuentro. Su timbre de voz me hizo reconocerlo.
-Y tú eres el “mono” Américo –le dije cayendo en cuenta se trataba de un ex compañero de estudios en el Agro de Celendín y era además, cajabambino.
Nos dimos un gran abrazo que pretendía rescatar el tiempo que nos debíamos y luego de las preguntas que intentaban enlazar tantos años de no vernos, nos llevó a su casa en donde nos alojó. Sacamos nuestras cosas del hotel y fuimos a su casa en donde nos presentó a sus bellas primas. Elí, admirando de la belleza de las damitas, le dijo a nuestro mono en son de broma:
-Podemos ser algo más que monos.
Fue una semana inolvidable hasta que terminó la fiesta y tuvimos que volver a nuestra realidad cotidiana, al anonimato de que éramos objeto en Celendín, después de haber conocido la gloria en Gloriabamba. Así era la vida.


¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

4 comentarios:

Jorge Horna dijo...

Jorge Antonio:

Sentida y alegórica remembranza. Exactas las palabras de Helí que las transcribes en el tiempo memorable. Él fue un personaje noble y lleno de entusiasmos; aunque no fue mi amigo personal, una noche -maestros ya- cantamos en homenaje a la alegría, en la cantina del "Pata".
Admirable tu prodigiosa memoria, tocayo.

luisito dijo...

De lo que recuerdo y traes a mi mente , la figura del Profesor Helí (quién en más de una oportunidad estuvo en casa de mis padres), Es su jovialidad y buena vibra , era una cosa del cual él estaba muy dotado; Recuerdo los comentarios de mi padre tras la caminata a Cajamarca por los profesores del SUTEP, (1977-1978), y la mañana trágica de conocer su dolorosa perdida.

rosa eslava morales dijo...

buenas tardes a todos quisiera saber de algun amigo o colega de mi padre alvaro Eslava Iparraguirre, lei el artículo que esta publicado en este blog y me gustaria saber mas acerca de el muchas gracias.

GLG dijo...

Que linda experiencia, siempre me contaron de la gran nobleza de él. Ahora entiendo porque mis hermanos se sienten tan felices de haber tenido a él de padre y que mi madre se fije en él.