sábado, 8 de enero de 2011

LIBRO: "La revolución silenciada" de Manuel Pereira "Perseo"

Después de una odisea de más de medio siglo, los escritos de Manuel Pereira Chávez, "Perseo", aparecen a la luz, para beneplácito de todos los celendinos que amamos y admiramos su obra hasta hace poco inédita. Todavía recordamos las circunstancias apremiantes en las que tuvo que abandonar nuestro país el escritor Jorge Pereira, hijo de "Perseo", durante la dictadura de Francisco Morales Bermúdez, para huir a México y cómo dejó al buen recaudo del escritor celendino Alfredo Pita aquel viejo arcón -que se nos antojaba de piratas- que contenía la obra manuscrita de su padre.
Fue el periodista Rodolfo Pereira quien recuperó los folios amarrados con soguillas y viejas corbatas que ahora aparecen parcialmente en una novela titulada "La revolución silenciada" documento de primerísima mano sobre los acontecimientos políticos que se vivieron durante el oncenio de Leguía, época en que empezaron a germinar los levantamientos y protestas que fueron el signo de las décadas siguientes en el acontecer político del Perú.
Como adelanto publicamos el capítulo VII de "La revolución silenciada", en el que la inspirada pluma de "Perseo" narra, con el fondo de un romance dieciochesco, el origen de nuestros linajes y la prosapia de que siempre se enorgullecieron los celendinos.
Un agradecimiento eterno a Jorge Pereira por enviarnos este material que debe ser materia de estudio y atención de los celendinos que tenemos a obligación moral y material de conocer nuestros orígenes. Nos avisa Jorge que nos está enviando un ejemplar del libro de su padre, obsequio del cual estaremos muy reconocidos y que pasará a engrosar lo que hemos planificado para el futuro: una gran biblioteca de los celendinos (NdlR).

LA REVOLUCIÓN SILENCIADA

Capítulo VII

(Fragmento)

UNA HISTORIA DE LUSITANOS EXILADOS

Por aquel entonces, Manolo Perales escribió un cuento que intrigó a quienes tuvieron ocasión de leerlo, pero que también dio qué pensar a los estudiosos de la Historia que desentraña la evolución de los pueblos de esta parte de América. La curiosa narración decía así:
“Considero que sería un chiquillo de pantalón alto y gorrita a cuadros, cuando mi padre organizaba tertulias en casa de mi abuela. Uno de los señores que por su amenidad e ilustración daba lustre a estas reuniones era, a no dudarlo, el cura Pereira. Le gustaba el juego del tresillo y beber copas de buen coñac francés. Su facundia era ya proverbial, tanto que había sido, años atrás, diputado por Celendín.

Los orígenes de Celendín, narrados por "Perseo" (Foto archivo CPM)

—Mis queridos amigos y parientes —les decía aquella noche a los contertulios tan inolvidable personaje—, no sería raro ni mucho menos que en alguna familia de este pueblo estuviera escondido un apellido de la realeza europea, de noble estirpe portuguesa, para decirlo de una vez.
Los parientes José Domingo, Sixto, Santiago y Manuel Jesús, expresaron dudas al respecto, pero el viejo cura, moviéndose con parsimonia por el salón, manos cruzadas tras de la sotana, comenzó a explicarles:
—La historia es antiquísima e interesante desde todo punto de vista. Me remontaré al tiempo de la guerra que sostuviera en la segunda mitad del siglo XVII, el rey de Portugal, Sebastián II, contra los moros. En una de esas acciones bélicas el monarca lusitano fue dejado por muerto y abandonado en el campo de batalla. Sin embargo, Sebastián II no había sucumbido. Preso de los moros, días después se vio curado de sus heridas e internado en el seno de una principesca familia árabe y, mientras se realizaban exequias reales a su memoria en Lisboa, el distinguido y apuesto prisionero suspiraba de amor por una cautivante princesa de aquel mundo musulmán, con la que se casó posteriormente, echando al diablo sus obligaciones para con el pueblo del ilustre Camoens.
—¿Cómo se enteró, señor tío cura, de esa historia? —preguntó Sixto.
—Por una antigua novela: "El pastelero de Madrigal", según recuerdo.
—¿Y después? Siga contando, por favor.
—Pues bien. A la segunda mitad del siglo XVIII varios nobles portugueses, entre los cuales se encontraba el coronel Raymundo Pereira Da Silva, un bizarro ascendiente mío, creyeron conveniente restituir la corona de Portugal a su legítimo heredero, un nieto de Sebastián II, de la rama genealógica de los Braganza, única de que tenían noticia, o sea la proveniente de la dinastía morisca; y dio la casualidad que ese nieto fuera conducido a Lisboa para que reclamara e hiciera valer sus derechos reales.
Descubierto el complot, por el gobierno de ese entonces, los nobles conjurados y el joven pretendiente real fueron apresados y deportados, bajo buena custodia militar, al Brasil. a "un lugar donde naciera el Amazonas".
—Ya voy comprendiendo algo de la trama del asunto, señor tío cura —aseveró Santiago—. Prosiga veloz el relato, que nos está picando la curiosidad.
—Al llegar al Brasil, esta noble y desterrada gente, el jefe que los llevara hasta la desembocadura del río Amazonas recibió nuevas instrucciones. En tal virtud, remontó el río y siguió adelante; y así, pasando Manaos, Iquitos (que sería una simple aldea en ese tiempo), Moyobamba y Chachapoyas, hubieron de detenerse al cabo en esta ciudad de Celendín, último paradero de tan larga excursión.
—¿Y por qué último paradero? —preguntó mi padre.
—Porque la orden del confinamiento, expedida de común acuerdo por las cortes de Lisboa y Madrid, precisaba que el joven príncipe y los conjurados serían dejados en libertad después que hubiesen cruzado los tres principales ríos que forman el caudaloso Amazonas, a saber: el Ucayali, el Huallaga y el Marañón. Y Celendín se encuentra precisamente después y a pocas leguas de Balzas, puerto sobre este último río.
No bien terminaba el señor cura esta parte de su narración cuando mi abuela, pidiendo disculpas, invitó a los presentes a pasar a la mesa contigua donde estaban servidas las humeantes tazas de chocolate, el queso mantecoso y los ricos bizcochos. Así lo hicieron los circunstantes y, terminado el refrigerio, el cura continuó:
—Demos por descontado la serie de penalidades que sufrieron los exilados durante este viaje largo y lleno de sorpresas, tales como las insoportables picaduras de los mosquitos, la ponzoña de las serpientes, los flechazos de los indios salvajes, el paludismo y otras enfermedades tropicales. Sin embargo, Dios que es todo poder y sabiduría, y con su infinita misericordia, los libró de todo mal. Y fue así como arribaron a este pueblo, deportados y guardias, trayéndose consigo una encantadora y escultural muchacha de veinte años.
—¿Una qué...? —inquirió José Domingo.
—Lo que has oído, incrédulo sobrino —replicó el sacerdote narrador—. Nada menos que una simpática chica que, por joven, morena y bonita, dice la tradición que la apodaban como "la virgen de ébano". Ella llegó a esta tierra sana y salva y, para mí, tal vez sería alguna doncella árabe destinada a cuidar solícitamente al joven y desventurado príncipe en todo cuanto fuere menester y a seguirle por donde su destino lo llevase.
—¿Llegó usted a saber qué nombre tenía el príncipe y cómo se llamaba en realidad "La virgen de ébano"? —preguntó mi madre.
—De cierto, nada sé. Que el príncipe era un Braganza, nadie podía dudarlo. En mi atrevida y febril imaginación se me ha dado por bautizarlos con los nombres de "príncipe Felipe" al desdichado nieto de Sebastián II, y de Zoraida a la hermosa muchacha de mi cuento. Pero les ruego dar por terminada esta velada para continuarla el día de mañana. Son las once de la noche y el maldito reumatismo me priva del placer de estar un rato más con tan buenos amigos y parientes —Y en diciendo esto, el buen cura se despidió.
A la posterior noche, intrigadísimo y desde muy temprano, me hice lugar detrás de un sillón y el sapiente sacerdote, con el mismo auditorio, prosiguió de esta manera:
—No me atribuyo ínfulas de escritor, pero tampoco he dejado de rendir pleitesía a los dioses del Parnaso para que iluminen mis ideas, en la forma libre de la verdad, o en lo que constituye la ficción. De toda suerte, se me permitirá que lea una reseña histórica que sobre los confinados de mi relato se me ha ocurrido trasladar a la expresión escrita. Dice así con puntos y comas:
“Llegado que hubo a Celendín el coronel don Raymundo Pereira Da Silva, lo primero que hizo fue preguntar si los españoles que poblaban el lugar tenían erigido algún templo y quién era el cura del villorrio; después se interesó por la salud del desterrado príncipe Felipe, que padecía de paludismo; y por último se entrevistó con el jefe de la expedición que los había conducido hasta allí, el coronel don Víctor Da Souza.
—Mi señor coronel, le dijo a éste —henos, pues, al final de esta aventura. Nos encontramos aposentados en la vieja casona del hidalgo español don Mariano de Burga, quien nos ha brindado cobijo y nos dispensa, con amplitud, su amistad. No puedo menos que agradecer a tan noble hidalgo, y a usted también coronel, las mercedes que nos habéis concedido en toda ocasión. Os lo reconozco en nombre del príncipe, de Zoraida y de mis compañeros de infortunio: Marín, Díaz, Chávez, Arana y Solís Da Silva. Más que un jefe de soldados, cuya misión se refería a dejarnos a miles de leguas de la patria, vos habéis sido excelente amigo y tal vez tanto como un hermano mío.
—Habláis en propiedad y os estimo por gentil —interrumpió Da Souza inclinando ceremoniosamente la cabeza. .
—Preguntaba de si había en este lugar un sacerdote —prosiguió don Raymundo—, con la única intención de suplicarle que oficiara una misa de acción de gracias al todopoderoso que con tanto bien nos ha traído a este pueblo; por la salud de vuestra comprensiva y afable persona; por el príncipe que, como veis, ha llegado enfermo y es dable que él también implore la gracia divina para conseguir su total restablecimiento.
—Me he informado que en este lugar, don Raymundo, existe el cura Iglesias y vuestros deseos serán cumplidos —contestó Da Souza.
—Pasemos a otro asunto —continuó don Raymundo—. Aquí, entre nosotros, debo confesaros un secreto. He traído en mi equipaje la imagen de un San Antonio, al que deseo entronizarlo.
—No opongo ningún reparo.
—Y es que dentro del santo traigo la mayor parte de mi fortuna.
—Al oír esta súbita confesión, Da Souza abrió desmesuradamente los ojos y se le acercó al coronel Pereira hasta casi rozarle la nariz. Luego, le manifestó su natural sorpresa:
— ¡Diablos, don Raymundo, eso sí que está bueno! De razón que pesaba tanto el bendito baúl y ahora comprendo cómo lo cuidabais cuando navegábamos por el Amazonas o íbamos a lomo de mula. Os felicito por ello, coronel. ¿Y vuestros compañeros de exilio también traen dinero?
—Por supuesto y además algunas joyas.
—¿Y el príncipe?
—Yo le guardo algunas alhajas, entre las cuales hay un collar de mucho valor.
—¿Decís que dentro del santo está vuestra fortuna?
—Exactamente. Como comprenderéis la escultura del santo es hueca y abriendo un pequeño candado, por la espalda, puede ser vaciada.
—¿Es dinero o joyas lo que contiene el santo?
—Las dos cosas: tal vez unos ocho mil escudos de oro, en total.
—Mi enhorabuena, colega coronel. Ya tenéis para comprar buena mansión y algunos terrenos.
—Eso creo yo.
Así platicaron esa mañana los dos coroneles peninsulares. Estaban dentro del patio de la casona señorial del hidalgo don Mariano, quien se les aproximó poco después. Le refirió Da Souza el proyecto que tenía en mente el coronel Pereira, a todo lo cual dio su asentimiento el noble español. Y en seguida les comunicó a los militares:
—Como si hubiera adivinado lo de la misa, esta mañana me entrevisté con el cura Iglesias y éste, sabedor de vuestra llegada, me ha indicado que el próximo domingo celebrará la deseada misa en atención al feliz arribó de los caballeros lusitanos que se han dignado aposentarse en esta tierra y para que gocen de salud. Asimismo, a esta ceremonia ha invitado a los hidalgos del lugar, de Cajamarca y otros lugares cercanos, mediante propios que enviara con tal finalidad; mayormente aprovechando la ocasión de que el muy ilustre obispo de la diócesis de Trujillo se encuentra de visita pastoral por los pueblos de esta región.
—¿El famoso obispo Jaime Ruiz Martínez de Compañón?
—El mismo.
—Loado sea Dios. ¿Y Monseñor viajará a Celendín?
—Tal se lo asegura a Iglesias el reverendo deán de Cajamarca.
—Pues, vamos a darle tan gratas nuevas al príncipe Felipe, a Zoraida y a los demás amigos —exclamó con alborozo don Raymundo.
El príncipe Felipe era un apuesto joven de unos veinticinco años, esbelto, de ojos profundamente azules, un poco moreno, cuyo contraste daba gracia a sus delicadas facciones. En la ocasión que le vemos en su aposento, estaba acompañado de Zoraida.
—¿Y bien, mi señor, estáis en disposición de asistir a la misa? —le preguntaba la hermosa mora.
—Si, Zoraida. Estoy casi restablecido del último ataque de paludismo; hoy, por ejemplo, gracias a la infusión de cascarilla que me enviara don Mariano, se me ha alejado un tanto la fiebre de tan mortificante enfermedad. El clima de este lugar, de otro lado, es delicioso.
—Perdonad, príncipe, que os haga una pregunta: ¿habéis decidido permanecer en Celendín o seguir adelante?
—Mi bella amiga. ¿Qué queréis que os diga? Don Víctor Da Souza parece ser el árbitro de mi destino, bien lo sabéis. Ayer nada menos me decía que en habiendo llegado todos los desterrados a este pueblo, su misión, en cuanto a mí atañe, había terminado; que me dejaba en plena libertad de acción en todos mis actos; que se me restituía mis derechos de hidalgo; además, me ha entregado mi espada, así como también la suya a don Raymundo y demás exilados; y lo que es más sorprendente, me ha declarado sin ambages que él y sus soldados ya enviaron solicitudes a la corte de Lisboa haciendo presente sus deseos de quedarse en el Perú.
—En lo que toca a mi persona, ¿qué habéis dispuesto, príncipe?
—Vos, linda señorita, no dependéis sino de mi voluntad porque al determinar vuestra noble madre, en Marruecos, que me acompañaseis en mi ostracismo, noble y bello gesto que agradezco, quedabais unida conmigo como la sombra que le sigue al cuerpo, como la sucesión de la noche al día.
—¡Cómo se calma mi ansiedad, qué frescor espiritual me invade oyéndoos así, príncipe querido! Se diría que ya no extraño la patria amada y distante, teniéndoos a mi lado….
—Empero, no os hagáis muchas ilusiones, graciosa chiquilla. Nuestros enemigos son poderosos y acaso intriguen todavía para darnos inesperadas pesadumbres.
—Después de lo que me han hecho, ¿qué pueden hacernos ya, don Felipe? Estamos muy lejos de los seres amados. Vuestra madre y la mía sufren, lo presiento, pero estoy segura que gozan de la estima de nuestro pueblo y juzgo que, por lo mismo, han de seguir con interés el hilo de nuestro destino. ¿No os parece así? Aquí mismo, en este lugar, ¿no habéis recibido la visita de los principales hidalgos de la comarca, los mismos que han sopesado y comprendido nuestro infortunio y, por lo tanto, os han ofrecido su eterna amistad? Creo, entonces, que nuestra apagada estrella volverá a brillar.
—Así será, querida Zoraida. No me resta sino deciros que en este tranquilo pueblo entregaremos a la voluntad de Dios nuestras almas y nuestros cuerpos.
—Príncipe mío, os beso la mano.
La "virgen de ébano" salió del aposento de Felipe exhalando un tristísimo suspiro. El príncipe quedóse pensativo. Mil confusas ideas bulleron en su mente. Consideró la posibilidad de que Zoraida fuese pedida en matrimonio por algún caballero español y, desde luego, si llegaba el caso, tendría que dotarla suficientemente. ¿Casarse Zoraida? siguió monologando. ¿Por qué no? Es inteligente y noble la muchacha. Y se torna irresistiblemente hermosa cuando mira con sus ojos apasionados y grandes, en las veces que sonríe su boca menuda, cuando exhibe sus negras y onduladas trenzas...
—¿Se puede? —sonó la potente vos de don Raymundo al ingresar a la habitación principesca.
Lucía el coronel impecable atuendo, larga espada y unos enhiestos bigotes que ennoblecían su risueña faz.
—Pasad, amigo mío. Os esperaba. Sentaos.
—He de contaros, en primer lugar, respetado príncipe, que acabo de concertar con don Mariano de Burga la compra de su casona, ya que él tiene otras en la ciudad, tan espaciosas como ésta. Además, con los recursos propios que sabéis y los de nuestros compañeros lusitanos, vamos a adquirir terrenos en este lugar, a la vez que deshipotequemos la hacienda Pallán, anexa a este corregimiento. El señor notario de Cajamarca está citado a venir para la firma de las respectivas escrituras.
—¿Os habéis acordado de mí en vuestras compras?
—Bien sabéis, príncipe ilustre, que todo cuanto tengo os pertenece, inclusive mi vida misma. En las escrituras haré constar que las compras que realice serán en mancomún con vos. Así lo dispuso vuestra madre.
—Gracias, viejo amigo. ¿Y qué sabéis del obispo de Trujillo?
—Que ha sido invitado por el cura Iglesias y que, a buen seguro, llegará a esta población el día de mañana.
—¿Os habéis visto con el coronel Da Souza?
—Por cierto. Hemos hablado largo y tendido sobre diversos asuntos. Debe estar paseándose por ahí, atusándose el bigote.
—¿Y nuestros paisanos lusitanos?
—De perlas. Los vi por la plaza ojeando casas, midiendo terrenos y echando piropos a las bellas del lugar que salían de la iglesia.
Los pobladores de Celendín prodigaron una estruendosa recepción a monseñor Jaime Ruiz Martínez de Compañón, obispo de Trujillo. Las campanas fueron echadas a vuelo y los cohetes de arranque atronaron el espacio. Altares y guirnaldas, matracas y pífanos, ofrecieron en las alfombradas calles el testimonio de una celebración social y religiosa en grande. Después de la misa de acción de gracias fue sacada en solemne procesión la Virgen del Carmen, patrona de la población. Los hidalgos del lugar, de Cajamarca, Huauco, Oxamarca y Jerez sostenían o rodeaban, formando guardia de honor, el lujoso palio. Los exilados y guardias participaron con fervor en el acto delicado y trascendente, regando flores a su paso. Una densa multitud de fieles seguían el cortejo, detrás de la Virgen, rezando jaculatorias.
Bien que se merecía esta cariñosa recepción el notable prelado español. Estaba extendida su fama por toda la comarca y la gente se hacía lenguas de su bondad y erudición, de su ingénita modestia y mano franca. Hábil cartógrafo, historiador veraz y viajero infatigable, don Jaime ordenaba y dirigía la administración de su episcopado con la indeclinable voluntad de que todo marchara por la senda del buen juicio.
Por la noche hubo en el cabildo reunión de vecinos notables en la que, luego de servirse el vino de honor, el buen obispo pronunció uno de sus más bellos discursos, de oratoria magnífica y aureolado de nobles enseñanzas evangélicas. Impartió en seguida la bendición general y, poco después, se retiró con su séquito a la casa parroquial del cura Iglesias, dónde se le había preparado alojamiento.
El baile programado se realizó en la señorial casa de los Burgos y las bellas damas de la comarca pudieron apreciar y admirar la gracia y rico atavío con que se presentó a sus amistades la morisca Zoraida. El príncipe Felipe llamó poderosamente la atención por la finura de sus maneras y su sonrisa triste. En un aparte le dijo don Mariano:
—Os presento a una de las jóvenes más simpáticas de Cajamarca, quien ha venido en el séquito de Monseñor. Es la muy distinguida señorita doña Inés de Candoza y Espinach. Os la recomiendo para una danza.
—A los pies de tan exquisita beldad me honro y emociono —agradeció con dulce galantería el de Braganza.
—Sois muy amable y cortés, apreciado príncipe —contestó la castellana con deliciosa sonrisa.
Bailaron repetidas veces los dos jóvenes a los acordes de violines y arpas, dejando que pasara el tiempo y mirándose embelesados, tal si se hubiesen conocido de siempre. En realidad el dios Eros los condujo por el laberinto de los sueños hechos realidad y ellos, contentos de la travesura, se dejaban llevar como sobre una nube de encanto. No obstante, una insospechada sorpresa les cogió en la forma de una voz cariñosa que salía de los labios de Zoraida:
—Príncipe, no os agitéis demasiado en el baile. Estáis aún convaleciente y acaso pudierais empeorar. Vamos ya, os lo suplico.

(......)


¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!



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