lunes, 14 de marzo de 2011

PEQUEÑA HISTORIA. ¡Qué viva mi carnaval!

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Las fiestas del carnaval fueron una de las mayores tradiciones del folclor celendino en todas las épocas. El humor celendino se desata en esta época de jolgorio y diversión. Todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, disfrutan de Ño Carnavalón, los niños con sus jeringas y sus globos, los jóvenes con sus patotas en las fiestas y los viejos con su tolerancia hacia los otros y sus comilonas asentadas con la rica chicha y otros licores.
Antaño las familias se preparaban especialmente para esta ocasión. Mataban el puerco que se engordaba en el corral, lo mismo los cuyes que se abrigaban bajo la bicharra de la cocina, preparaban los sabrosos panes de fiesta y los tradicionales dulces y bizcochuelos. La chicha, que era un ingrediente especial en esta fiesta, ya estaba espumeando en los urpos lista para sazonar la alegría del carnaval.

El carnaval en torno a la tradicional "unsha" (Foto archivo CPM).

Las patotas formadas por grupos de jóvenes que desfilaban por las calles al son del silulo interpretado por dos músicos que encabezan el grupo, mientras los demás integrantes acompañaban a la música con silbidos y palmas. Todos llevaban pintarrajeado y cubierta de talco el rostro y las ropas, gran profusión de serpentinas como collares y en el bolsillo de atrás, aparte del pañuelo para rasquetear la marinera y el carnaval, los infaltables chisguetes de éter “Amor de Pierrot” y “Amor de Colombina”, que eran traídos desde Iquitos, procedentes del Brasil, cuando el corredor hacia el oriente por donde transitaban los celendinos todavía existía.
Y así, cantando y silbando llegaban a la casa de alguna familia que los recibía entre abrazos y se apresuraba a invitar a las más bellas damitas del barrio para la jarana con gran riego de bebidas y agua. A cierta hora oportuna asomaba el cuy con papa picante para dar energía a los fiesteros. Luego de bailar unas tres horas, la patota iba en busca de otra casa en donde proseguir el jolgorio.
En algunas esquinas, se erguía la "unsha", el árbol ritual, lleno de frutos diversos, globos y otros regalos que los mozalbetes arrancaban a medianoche, hora en que se derribaba el árbol a los acordes del carnaval celendino, con su respectivo "silulo". En otros lugares se alzaba las banderas que son monigotes llenos de pañuelos, a cuyo alrededor bailaban, bebían y se mojaban a globazos los carnavaleros. Y una costumbre que lamentablemente ha desaparecido eran las cuadrillas llenas de billetes que se llevaba el más pintado para poner el doble el siguiente año.
En la fotografía que ilustra esta crónica se puede observar una "unsha" en la esquina de los jirones Ayacucho y Bolognesi, donde al son del "silulo" bailan, tratando de NO caerse en la acequia, entre otros, Francisco Díaz Rocha, “Plototoj”, Luis B. Jiménez Araujo y Javier Homero Zárate Rojas. En ese tiempo seguramente se cantaba la tonada auténtica propia de la inspiración celendina:

¡Ya viene el carnavalito, siluló,
Después de haberse paseado en Llanguat!
¡Ya llega el carnavalito, siluló!
Por la cuesta del Shururo, ¡guayluló!
¡Arriba, caballo blanco, siluló!
¡Sácame de este barrial, guayluló!

¡Chilalito, chilalón,
Qué bonito el carnaval!
¡Chilalito, chilalón,
Qué bonito es Celendín!
¡Porque se juega y se baila, siluló,
Con guitarra y con cajón, guayluló!

¡Unos ojitos he visto, siluló!
¡Por esos ojitos muero, guayluló!
Me han dicho que tienen dueño, siluló…
¡Con dueño y todo la quiero, guayluló!
¡Arriba, caballo blanco, siluló!
¡Sácame de este barrial, guayluló!

(Letra original rescatada por el Dr. Moisés Chávez Velásquez)

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!
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