jueves, 22 de septiembre de 2011

OPINIÓN: Los hijos del agua

Por Jorge Pereyra
Me gustaría ser como el agua porque ella es limpia, generosa y humilde con cualquiera. Pero no todos la quieren y respetan como yo.Pese a que las manecillas del reloj biológico de la Tierra se mueven ya en sentido inverso, por el calentamiento global, la desmedida ambición neoliberal y la contaminación ambiental, hay quienes siguen ensuciando y desapareciendo las fuentes hídricas.

El agua, recurso invalorable, que por satisfacer ambiciones foráneas e irresponsables estamos desapareciendo.

Estamos destruyendo en muy pocos años lo que al planeta le llevó millones de años en construir.
Pero, en Cajamarca, este zumo vital tiene un significado adicional. Nuestros antepasados caxamalcas, llevando a la perfección la ingeniería hidráulica, construyeron los canales pétreos de Cumbemayo para reverenciar y rendir culto al agua porque lo consideraban un elemento sagrado. La Fiesta de la Virgen de la Natividad en Baños del Inca, conocida también como Fiesta del Huanchaco, esconde asimismo un milenario rito caxamalca de celebración y adoración del agua. Por lo mismo, nuestra esencia cajamarquina está atada con las sogas de la historia a este indispensable fluido. Defender el agua, entonces, es defender Cajamarca.
Desde hace 3 mil años, nuestra cajamarquinidad se viene empapando con la magia y el poder de Cumbemayo, Los Perolitos, el Quilish, la Laguna de Chamis, etc. Somos el agua de los arroyos que bajan cantando desde las jalcas más altas y la lluvia fresca que se deposita en nuestros corazones y da origen a los puquios y cascadas.
Todo es agua en Cajamarca.
Si los Incas fueron los Hijos del Sol, los cajamarquinos somos los Hijos predilectos del Agua. Y representamos el fruto perfecto del maridaje entre la piedra y el agua. Allí están Cumbemayo y nuestras iglesias y portones que resisten con lítica terquedad el brutal paso del tiempo y el amoroso acoso de la lluvia. Aunque nunca he podido comprender cómo es que el agua siendo tan blanda moldea a la piedra dura.
Este jugo celestial siempre adopta la forma de lo que la contiene. Bulle a borbotones en el puquio, se angosta y corre como un relámpago mojado en el río, se explaya en la laguna, se esconde en el fondo de un plato de caldo verde, y se vuelve chicha agridulce en el vaso.
Está como Dios en todas partes: en la sabia savia del eucalipto, en la locura acuática del Carnaval, en la saliva feliz del quinde, en el imperceptible sudor de la penca, en la ubre filosofal de nuestras vacas, y en las lágrimas que a veces derrama el loco Terry.
Todo es agua en Cajamarca. Y por eso afrontamos a la tempestad sin paraguas. Lanzamos barquitos de papel cuando las calles se hinchan de lluvia. Asimismo, mediante la “Lava”, fregamos en el río la ropa de nuestros muertos para desprender su energía. Y los párvulos aún disfrutan sus chapuzones con animal alegría zambulléndose en alguna acequia o canal que atraviesa la ubérrima campiña cajamarquina.
El agua es vida.
Sin el agua no somos nada. Y si no pregúnteles a los beduinos lo que se siente cuando la última gota se escapa de la piel. Por eso el agua es más valiosa que el oro, aunque Yanacocha diga lo contrario. Pero lo cierto es que la vida puede prescindir del oro, pero no del agua.
El agua es vida.
Y la vida es un río vivo que desemboca becquerianamente en el mar que es el morir.
Ojalá que cuando se vaya la minería, no se lleve también el rocío de nuestros labios, la humedad de las raíces y el jubiloso chapoteo de los abrevaderos. La agricultura y la ganadería hacen parir la tierra, en tanto que la minería extrae el oro de sus entrañas como si fuera un aborto doloroso.
El Apu del Quilish no necesita de ninguna ordenanza municipal para proteger del cianuro a la riqueza acuosa que existe en su interior. Es una entidad sagrada sumamente poderosa que existe desde el principio de los tiempos y se basta a sí misma.
Los españoles se llevaron el oro de Cajamarca, pero nadie podrá jamás arrebatarnos o ensuciar nuestra agua porque ella es fina, graciosa y generosa. Y tampoco nadie puede atraparla ya que siempre se escapa riendo entre los dedos o evaporándose sensualmente sobre una teja.
Pero aquel que lo intente sufrirá la excomunión del Padre Arana y la más terrible maldición de Catequil: será transformado en una estatua de mierda condenado a beber por toda la eternidad la inmundicia líquida que vomitan las alcantarillas cajamarquinas.
¡Viva el agua viva que nos da la vida!

20 de septiembre de 2011.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!
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