lunes, 31 de octubre de 2011

PEQUEÑA HISTORIA: La calle Comercio en 1960

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Esta hermosa y nostálgica fotografía nos llega por fina cortesía de nuestro amigo, familia y colaborador Rolando Cohayla Sánchez.
Un capricho del tiempo veleidoso nos permite adentrarnos en su entorno y vemos la calle Dos de Mayo o del Comercio, como se la llamaba, una mañana luminosa de un domingo del mes de junio, el sol hace reverberar la luz que cae a plenitud sobre la vereda derecha y estamos en primer plano en las dos puertas de lo que fue el negocio de don Manuel Sacramento Díaz, vemos parte de la hermosa portada que lucía la casa de la familia Chávez Díaz, hoy lamentablemente desaparecida. Propinamos unos tingotes a los peroles que exhibe don Manuel Sacramento y su sonoridad nos habla con claridad de su buena aleación de bronce.

La tersura de la calle del Comercio en 1960 (Foto Rolando Cohayla Sánchez)

Cruzamos la calle Pardo y llegamos a la ferretería de don César Chocho, a quien sorprendemos somnoliento sobre unas cajas de madera, pasamos por la farmacia de don Fidel Pereyra con su inconfundible olor a medicinas y sus puertas color verde agua. Nos detenemos un momento viendo la mercadería de ropa que exhibe el Sr. Ramos Comeca colgada en sus puertas, después las sólidas dos entradas marrones del negocio de don Porfirio Díaz Carranza.
Nos llega un dulzón aroma a mermelada y es que estamos frente a la frutería de doña María Pereyra, la vemos delante de su vitrina con su traje oscuro y su mandil a cuadritos, luego pasamos un momento a la peluquería de don Manuel Zárate a admirar los billetes y monedas extranjeras que exhibe en sus vitrinas, en su piso de madera empetrolada yacen algunos restos de pelo de los clientes que se fueron trasminando a Glostora. Nos despedimos de don Manuel, quien nos dice: ¡Que te vaya bien, cholito!. Estamos viendo ya los hermosos juguetes que exhibe don Manuel Pérez Alva en sus vitrinas y rebuscamos en el bolsillo a ver si nos alcanza para comprarle uno de los adoquines que tiene en su conservadora.
Llegamos a la fotografía de nuestro inolvidable profesor César Díaz Dávila, a quien sorprendemos en el retoque, con su infaltable cigarro en la sonrisa cordial que subraya el fino y perfilado bigote rubio, seguimos y ya estamos en la gran portada de la casa que fue del filántropo y millonario Augusto G. Gil, ahora en poder de la familia Castañeda Pereyra, hasta que al finalizar la cuadra vemos a doña Zarela Pereyra, ya anciana, pero con fuerzas todavía para dirigir su negocio.
Regresamos al punto de partida y nos extasiamos viendo en la vereda izquierda la singular y emblemática tienda de don Santiago Pereyra con sus puertas y ventanas azules que contrastan con el blanco inmaculado de las paredes, queremos saludar a su hijo Santiago Pereyra Rabanal, que regenta la filial de la casa Singer que está contigua, pero, ¡qué raro!, permanece cerrada pese a que ya son las nueve de la mañana, a juzgar por el apresuramiento de algunas sombrereras que llegan a venderlos en el mercadillo que entonces funcionaba frente a la iglesia.
Luego está la tiendecita que alquilaba por temporadas un tal don Pepe, quien venía periódicamente con toda clase de mercaderías al por mayor y menor a precios de ganga concertando a un gran número de clientes que se atropellan por ingresar. Llegamos a la casa y tienda que dirigía la esposa de don César Chávez Montoya y vemos los artefactos que exhibe en su vitrina con dos puertas, pasamos y llegamos a la tienda de telas de don Lorenzo Silva a quien pemanece sonriente bajo sus andamios repletos de sargas, tocuyos, satenes y casimires, metro en mano, presto a vendernos unos metros de tela. Llegamos por fin a la romántica puerta de tres hojas del negocio de don Gustavo Inga y nos asalta la esperanza de ver, aunque sea fugazmente, a alguna de sus bellas hijas. No tenemos suerte y pasamos por la tienda de don Celestino Aliaga, el representante de una serie de firmas comerciales, entre las que destaca la Reiser y Curioni, que le permiten anunciar muy ufano que en su tienda se vende desde una aguja hasta un automóvil.
Pasamos luego por la zapatería de su hermano Marciano Aliaga Marín representante de Bata Rímac y el olor a cuero nuevo nos recuerda que ya es tiempo de cambiar de calzado, hasta que llegamos a las puertas azules de la esquina en donde tiene su negocio el papa de nuestro amigo Guzmán Zelada.
La visión de las otras cuadras de la calle es vaga, pero al fondo se aprecia con claridad la cuesta que nos lleva al barrio jaranero de San Cayetano, allí están las casas que conforman las tres esquinas de la plazuela, también el bosque de eucaliptos y los cerros en donde nace la quebrada Chacarume.
Es domingo y gran cantidad de gente, en su mayoría campesinos, van presurosos al mercado que aun funciona en el interior del palacio municipal. Las mujeres van ataviadas con sombrero y pañolón, llevando la clásica alforjita para las compras y la canasta con menestras y huevos, muchas caminan descalzas y unas pocas usan llanques. Unas niñas citadinas lucen su esbeltez mientras enrumban a cruzar la plaza.
Estamos en el año 1960, todas las veredas están encementadas, lo mismo que los pretiles de algunas paredes, las acequias centrales de las calles están en franco proceso de desaparición y el zanjón que recogía todos los desperdicios rumbo al río chico ha desaparecido. Se avecinan cambios en el pueblo, el alcalde César Pereira anuncia que se remodelará la iglesia matriz y en clase, el maestro “Chusho” ha vaticinado que pronto pavimentarán las calles de Celendín y cuando busquemos un chungo para romperle la cabeza a algún prójimo, no lo vamos a encontrar.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

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