martes, 14 de febrero de 2012

OPINIÓN: José Ma. Arguedas y Alfredo Pita, una amistad

Por Jorge Horna
Lima
En su libro testimonial Días de sol y silencio, Alfredo Pita, reconocido escritor celendino, autor también de relatos y novelas, da cuenta de su amistad con José María Arguedas y su familia (la que compuso con Sybila Arredondo y sus hijos) en los tiempos culminantes de la vida del autor de Los ríos profundos. Esta circunstancia extraordinaria le deparó compartir con ellos “ese amor, por la vida y por el Perú”, por lo que volver a ella, evocarla, sólo es posible de “la única forma que tengo", mejor dicho, hablando "desde mí mismo, desde mis recuerdos y mi experiencia” (pag. 11 y 15).

José María Arguedas y Alfredo Pita

A partir de 1969, año del deceso de José María Arguedas, muchos ensayos interpretativos (Flores Galindo, N. Manrique, A. Torero, C. Lévano, Carmen Pinilla; la enumeración es extensa) han bordeado la obra del autor de Todas las sangres.
Alfredo Pita aporta con su libro algo nuevo: el conocimiento privilegiado de los ritos y resquicios de la vida hogareña de los Arguedas en la solariega casa de la urbanización Los Ángeles, en el distrito limeño de Chaclacayo. Pero no sólo eso, nos confirma, con su visión de joven universitario de aquel entonces, el perenne mensaje arguediano de prender en el alma y la mente de los peruanos "un mundo más esencial y puro, el de los indios del Cuzco y de las regiones aledañas” (Apurímac, Huancavelica, Ayacucho. JH) (pág. 34). Pues Arguedas nos planteó que el Perú, diverso e intrincado, generador de constantes conflictos sociales, exigía instaurar los mismos derechos y oportunidades para todos, en la praxis de nuestra histórica interculturalidad .
Días de sol y silencio (un bello título que los editores han adornado con un rótulo vendedor: "Arguedas, el tiempo final") nos recuerda que José María Arguedas abordaba el mundo andino con una vinculación y empatía sin distancias, dominando la emotividad, desde el agreste camino que viene padeciendo por centurias el campesinado indio del Perú.
En su libro, Alfredo Pita nos ofrece la imagen del hombre en su diario trajín, de un Arguedas que en la paz hogareña o en medio de sus batallas anímicas abrigaba el intenso compromiso de hacernos conocer y entender la complejidad de nuestras raíces originarias; para desprejuiciarnos y ser capaces de mirarnos a nosotros mismos en el umbral de nuestro porvenir como nación, aún en labranza.
El intenso relato Días de sol y silencio describe el espacio íntimo de un Arguedas que, asido al afecto de su familia nuclear, afrontaba los dilemas de la sociedad desde una concepción comprometida, identificado con el universo andino y su cultura. Sus preocupaciones quedaron impregnadas en los libros que publicó y que va más allá de lo literario, abriendo concretas posibilidades al análisis socio-antropológico y también político.
Se trata de un libro breve pero complejo, que transciende el testimonio de Alfredo Pita, quien, viajando a través del tiempo vuelve a postrimerías de los años sesenta del siglo pasado e, imbuido de su experiencia vital, equilibra su apreciación del amigo y maestro que fue para él José María Arguedas. Las escenas evocadas, los juicios emitidos sobre los avatares existenciales del protagonista, van, viento en popa, empujados por una rotunda prosa narrativa. La evocación no ha sido avasallada por el apasionamiento afectivo y es una sensata expresión en pos del retrato real de quien escribió magistralmente, entre otras obras, Agua y El zorro de arriba y el zorro de abajo.
La palabra sincera de Alfredo Pita, que ha estructurado su libro en 18 temas, nos revela no sólo su admiración por el gran escritor andahuaylino, sino también las raíces de su provechoso y definitivo, aunque breve, aprendizaje.
En el capítulo Sybila, el autor no sólo hace un vívido retrato de la viuda de Arguedas, sino que no vacila en entrar en disquisiciones sobre sus opciones políticas, sobre los compromisos que la llevaron a ser condenada a 15 años de prisión. Y lo mismo hace con quien fue, tal vez, el amigo más querido de Arguedas, el lingüista Alfredo Torero, quien, por las mismas razones, sufrió persecución y exilio. “Escucharlos hablar, a José María y a él, era ponerse a la escucha de un horizonte cultural intuido, pero a la vez remoto y misterioso para mí” (pág. 50).
El autor de Días de sol y silencio ha recurrido a una técnica muy visual, casi fotográfica, a las imágenes atesoradas en su memoria y recuerdos, que conmueven y nos llevan a reflexionar de modo inédito sobre la vida y obra arguediana, que, valgan reiteraciones, tienen ambas la misma altura.
Alfredo Pita, al abrir su relato, lamenta no tener más fotografías que aludan a sus estancias de fin de semana en casa de los Arguedas; pero las que se incluyen en el libro, y principalmente la serie mítica tomada por Olga Luna, son suficientemente elocuentes. A mí me impresiona —y coincido con el autor— aquella que ilustra la tapa y que pertenece a esa serie. A ello hay que agregar el esmero gráfico que el pintor y amigo Jorge Chávez Silva ha puesto en el retoque y tramado de esa foto, para convertirla en una cubierta de libro memorable.
Para concluir, las letras celendinas y del país han sido honradas con este trabajo de Alfredo Pita, así como su trayectoria literaria, que ya suma décadas.

Lima, febrero de 2012

Días de sol y silencio 
Alfredo Pita
Fondo Editorial UIGV
Lima, Diciembre de 2011

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