domingo, 7 de octubre de 2012

PERSONAJES: Alfredo Rocha, cuarenta años después

Por Jorge A. Chávez Silva
Aquella mañana de 1962 durante el desayuno mi madre hizo un comentario:
-Nadie más feliz que doña Estefita.
-¿Por qué mamá? –inquirí
-Su hijo Alfredo ha vuelto.
La noticia me llenó de alegría y curiosidad. Después de un largo peregrinar por diferentes lugares del mundo, regresaba a la tierra el gran pintor Alfredo Rocha Zegarra. Por fin iba a conocer al mítico artista cuyas hazañas y logros eran narrados en anécdotas que hablaban de una personalidad excéntrica y controvertida. Para un novel artista como era yo entonces, el tener frente a la casa al maestro era una tentación irresistible y atraído por el magnetismo que irradiaba Alfredo me pegué como un acólito para observarlo de cerca, para ver cómo pintaba y qué actitud tenía con la gente del pueblo.
Tenía en mente muchos proyectos, no solo a nivel artístico sino también social y educativo y es que él –como me lo dijo a borbotones  aquella vez- no solo era un tipo que pintaba bonito, sino que era esencialmente un luchador social que asumía la defensa de los desvalidos y explotados. Su conversación, plena de anécdotas, era excluyente.
Vi como dibujaba a varios personajes, a doña Tutana, que era una viejecita que ayudaba a su madre en el amasijo, a mi tía Esther, con trazos ágiles y acertados tradujo en la cartulina el bello rostro de mi tía. Si Celendín es famoso por la belleza de sus mujeres, no peco en afirmar que las hermanas y primas de mi madre estaban entre las más hermosas. Lo mismo hizo con otros personajes populares de la población y luego montó su exposición en los altos de la casona de don Santiago Pereyra en una de las esquinas de la plaza de armas.
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El artista Alfredo Rocha. Oleo por "Charro"
Primera vez que asistía a una exposición y pude observar en el pórtico la acertada caricatura que le hizo otro pintor,  con su leyenda al pie “Rocha visto por Wilder Pereyra” y luego los retratos que causaban admiración en la gente y un par de telas con temas incaicos.
Era un artista en el pleno sentido de la palabra, no solamente con el lápiz y los pinceles, sino también con el acordeón y la quena, instrumentos con los que interpretaba  huaynitos cuzqueños y aires arrabaleros del Gran Buenos Aires. Caminar al lado de él era aprender a descubrir la belleza que es ignorada por el común de las gentes.
Alfredo se convirtió en el azote de los corruptos, especialmente de los malos presidentes de la Beneficencia Pública que malversaban y se apropiaban de los fondos que dejó para los pobres el filántropo Augusto G. Gil. Los fustigaba a través de sus escritos que imprimía en un mimeógrafo casero, caricaturizándolos como ratas y luego vino la edición del primer “Fuscán” cuya huella hemos continuado.
Poco después lo nombraron Director fundador del Colegio San José de Sucre y trató en todo momento de culturizar a su pueblo, a través del arte y la lectura. En una oportunidad me dijo:
-Vamos, Charrito, tú que tienes buena letra, acompáñame a Sucre para que pongas nombres a los retratos.
Y fui con él al vecino distrito y nos encontrábamos solos en una de las aulas del colegio ubicando los cuadros en las paredes cuando irrumpió un profesor que era su pariente a denostarlo e increparle acremente no sabía qué asuntos. Alfredo, el gran “Loco”, impulsivo como era, lo cogió del cuello y se dispuso a propinarle un puñetazo, pero se contuvo y se limitó a decirle:
-¡Carca de m…, no te doy un puñetazo nomás por no ensuciarme la mano!
Así era Alfredo, excéntrico y controvertido, su presencia y don de gentes hizo que muchos lo  amaran hasta la idolatría, entre los cuales me contaba yo, pero también hubo de los que lo odiaron y le hicieron la vida imposible. Empujados por el odio no cejaron hasta matarlo. Escribo esto para dar testimonio del paso de un gran artista por mi existencia, dejándome una impronta que no se puede traicionar: la defensa de nuestro pueblo y de los postergados, y porque el 9 de octubre se cumplen cuarenta años de su aciaga muerte a manos de un delincuente pagado por algunos de sus enemigos en una pista de la capital.
La policía, que parece ser mortalmente eficaz solo cuando se trata de arremeter contra indefensos manifestantes, se mostró incapaz de descubrir tremendo crimen que despojaba al país de un gran artista, sin que hasta la fecha se sepa cuáles fueron los móviles ni quién pagó a la mano asesina que acabó con su vida.

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