lunes, 17 de diciembre de 2012

LITERATURA: Alfonso Peláez Bazán

La fiesta del Espíritu

ALFONSO PELÁEZ: LAS RAZONES DE LA QUERENCIA

Por Mario Peláez Pérez
Felicitémonos todos de estar presentes en este magno evento de la imaginación, de la estética, del buen trato del idioma y también de la defensa de las identidades. Y mucho más singular se torna nuestra presencia, si consideramos los tiempos que vivimos: donde la cultura pierde sus mejores dones, esencias y propósitos. Y entonces solo interesa la pureza química de la distracción, del entretenimiento sin mayor esfuerzo intelectual. Así, la reflexión, la conceptualización, la crítica y la propia angustia son expulsadas de la conciencia. En consecuencia hegemonizan, por ejemplo, los efectos especiales del cine; la farándula de la televisión; el amarillaje en el periodismo; la nada en las artes plásticas; los best-seller en la literatura: auténtico saqueo espiritual; que el rancio lenguaje del mercado denomina industria cultural. En fin, se trata del pensamiento único de la globalización que pretende enraizarse en nuestros países; por eso mismo el XI ENCUENTRO NACIONAL DE ESCRITORES PERUANOS deviene en fructífera respuesta
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Camino a la estancia, a la querencia.
Cajamarca con sus provincias son escenario de trascendentales acontecimientos histórico-sociales. Lo son desde la llegada de los españoles hasta hoy mismo que libran una gesta que nos enaltece: ¡CONGA NO VA!
Nos corresponde ahora analizar la obra literaria de Alfonso Peláez Bazán. Para mejor hacerlo traigo a mi conciencia, cual pie de página, una vital querencia suya que atraviesa su creación literaria. Presencia que no lo confina a chauvinismo alguno. Por el contrario, gracias al soporte de la querencia telúrica, Alfonso Peláez aborda el mundo prístinamente de la mano de una metafísica colmada de angustia crítica: entonces Celendín se convierte en su atalaya.
Permítame una digresión, o tal vez no lo sea; y solo se trate de otro ingrediente de su mundo interior, haciendo pareja con la querencia telúrica. Me refiero a su contumacia por el juego de Póker. Dostoyevski aludiendo a su novela “El Jugador” decía que ningún escenario mejor para conocer el espíritu (de los otros y de uno mismo) que el juego arropado con apuestas y con el azar. Aquí los instintos –lo insinúa el propio Freud- se tensan y alinean para enfrentar al azar y provocar un torrente de adrenalina que subvierte el subconsciente.
Y que si bien en la creación literaria de Alfonso Peláez no hay alusión concreta al juego de póker, si lo está, cual intruso, en la “memoria del subsuelo”.
Alfonso Peláez cultivó varios géneros literarios, y lo hizo con pasión de orfebre. En cada palabra tensaba su ser, (como cuando dictaba sus clases de Literatura en el Colegio Nacional Javier Prado. Y bueno es decirlo, seis d sus ocho hijos fuimos sus alumnos).
En el ensayo Alfonso Peláez navega por los diferentes predios de la cultura. Son ensayos cortos, breves, al modo de los aforismos de Ciaran. Aquí cualquier pretexto cotidiano, especialmente de cepa shilica, le servía para elucubrar sobre la angustia metafísica que acosa al ser humano. En CAFÉ AL PASO, publicacion que por años circuló en Celendín, Cajamarca, Chiclayo y Lima, encontramos auténticas joyas (Difícil saber ahora si Alfonso Peláez releyó al eximio ensayista Montaigne)
El género del cuento es su hábitat, su cantera creativa. En los cuentos también sienta sus reales la querencia telúrica, para mediante ella, sacar a flote pasiones, paradojas, alegrías, angustias, felonías y solidaridades.
En sus cuentos (seis libros los reúnen), vemos a trasluz agolparse todas las levaduras de su espíritu. QUERENCIA es un cuento emblemático que en apariencia tiene como argumento la pertinaz querencia por el terruño, por el potrero, encarnado por un congénere de Platero de Juan ramón Jiménez. Pero no. La querencia del burro es más que humana y más lúcida que del propietario a pesar de su racionalidad,. El cuento es una hermosa metáfora de la compleja convivencia solidaria; narrado con estilo exquisito y prosa impecable y serena, como todos sus cuentos, ahora levantando vuelo en las mejores antologías nacionales y extranjeras (Espina de Maram, Higinio, Truhán, El Silbato, Los Cuernos de la Luna, La Rata, La Buena Suerte, El Niño y la Mariposa, Los sobres, Un Extraño Destino, etc.).
En el género de novela, Peláez ha dejado novelas inéditas (Incendio una de éstas). En ellas hay constelaciones de vida tratando de derrotar a la mortalidad. Por eso construye un trípode hecho de solidaridad, de querencia y de omnipresente palabra (Sus hijos sabremos dar cuenta de ellas)
De otro lado, es imprescindible referir, aquí y ahora, el último gran episodio (pero no como epílogo sino como prólogo) de la vida de Alfonso Peláez; y debo recrearlo con los incidentes y coreografía que vieron mis ojos, con las palabras que escucharon mis oídos y con los decires de mis labios: como levitando:
Aquel atardecer el SOL persistía con aguerrida presencia en plomada, pese a que la LUNA ya se contorsionaba maliciosa y coqueta con su límpida redondez. Algo acontecía. ¿Acaso un desborde pasional de la luna? ¿Tal vez un tropezón del sol? ¿O simplemente querencia de ambos por estos cielos? , me interrogo con panfletaria poética. No lo sé, pero allí estaban muy cerca el Sol y la Luna: tentándose.
En la cama del hospital, mi padre semejaba un pequeño ovillo, no obstante su rostro lucía orondo y una presurosa sonrisa se balanceaba en sus labios. Fue entonces que lancé la pregunta, cual meteorito ¿Es verdad Papá que teniendo ya un pie en el barco rumbo a Europa, acompañado de Armando Bazán, giraste en redondo y emprendiste la carrera a Celendín?
Durante dos o tres segundos nuestras miradas jugaron, pero enseguida la suya eclipsó a la mía.
Algo de eso es verdad – Contestó. Su voz avanzaba persuasiva en cámara lenta hasta lograr una transición afable.
Sabes, hijo, yo nunca eludí las aventuras, menos a los 18 años. (Con la mano derecha anárquicamente llevaba hacia atrás sus cabellos castaños). Sin embargo aquella vez algo me atrapaba, me anudaba al piso. Debió pasar algún tiempo para tener plena conciencia de la querencia, de esa cósmica metafísica.
Mi padre se impuso una pausa como queriendo atrapar viejas imágenes que raudamente se deslizaron en su mente. Hay personas -continuó- que viven la vida de su piel para el horizonte, conocen y sienten todo objetivamente: son los racionalistas, En cambio hay otras personas que potencia la vida en su mundo interior, en sus propios abismos, y se enraízan en las primeras levaduras. Y desde este insobornable emplazamiento conocen y sienten las palpitaciones de la vida: Son celosos cultores del alma. Con ellos me alineo. Mi padre levantó la voz con pundonor y agregó: Los seres humanos no somos iguales, ni disfrutamos parejo las aventuras. Mucho menos enfrentamos con la misma angustia la aventura e la muerte.
Entonces, si bien no viajé a Europa en ese barco, lo hice después por ignotas rutas con la imaginación y la literatura.
En ocasiones traía Europa a Celendín. Su voz ahora parecía sostenerse de un invisible suspiro. Otras veces llevaba Celendín a Europa y al mundo entero.
Los últimos sonidos de sus palabras menuditas las arranqué de sus labios. Sus facciones en nada congeniaban con la muerte, a quien su alma había emboscado, dibujando en su rostro una nítida y apacible sonrisa.
Al cerrar mis ojos terrenales son fuerza inusitada brotaron diminutas luces de bengala, así pude ver a mi padre surcando los cielos. Y cuando los abrí, entendí lo superfluo que sería preguntarle por sus coordenadas.
Estos es la magia de la literatura que nos convoca a todos: a ellos y a nosotros. En consecuencia el mejor homenaje a nuestros escritores (y aquí invito al poeta Julio Garrido Malaver) será releerlos por siempre.
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