lunes, 25 de marzo de 2013

OPINION: Los herederos de la corrupción

Por Jorge A Chávez Silva
El multimillonario negocio de la corrupción y el saqueo por parte de los gobernantes de turno es, sin lugar a dudas, el mejor negocio del mundo. Muchos sátrapas, dictadores, tiranos golpistas y presidentes que les gustó la mamadera y pretendieron perpetuarse en el poder se han valido de su condición de gobernantes para acumular millonarias sumas, las que han puesto a buen recaudo en los paraísos financieron que existen en el mundo, para gozar de ellos cuando les toque el retiro.
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¿Qué le espera al Perú si los siniestros planes del sátrapa prosperan?
Estos saqueadores inhumanos que buscaron provecho propio sin pensar en la población, gozan de la protección de países como, Japón, Suiza, Francia, Gran Bretaña y EEUU, quienes promueven la existencia de cuentas bancarias anónimas en las que estos ladrones de frac depositan el dinero mal habido. En el ranking de los más corruptos están:
Mohamed Suharto, indonesio que desfalcó entre 15 000 y 35 000 millones de dólares.
Ferdinand Marcos, filipino, que se quedó entre 5 000 a 10 000 millones de dólares.
Mobutu Sese Seko, del Zaire, se llevó 5 000 millones para vivir en el exilio dorado de Francia.
Sani Abacha, nigeriano, 5 000 millones y el 10 % de los ingresos petroleros del país.
Slobodan Milosevic, yogoslavo, cuyo monto se desconoce.
Jean Claude Duvalier se llevó entre 300 y 800 millones.
Alberto Fujimori, peruano japonés,  quién robó 600 millones al Perú.
Pavlo Lazarenko, ucraniano, 114 y 200 millones
Arnoldo Alemán, nicaragüense, 114 y 200 millones.
Joseph Estrada, filipino, 78 y 80 millones.
Como vemos en este listado, que es conocido en todo el mundo, es triste el honor que comparte el Perú con estos desdichados países que tuvieron la desgracia de tener a ratas al mando de la nación. ¿Se imaginan cuánto se podría haber hecho en el Perú con el dinero que saqueó el japonés? Habría que agregar a este desfalco millonario los montos que se llevaron los integrantes del séquito del dictador: Montesinos, Yoshiyama, los prófugos Pedro y Rosa Fujimori, hermanas del dictador, su cuñado Víctor Aritomi, José Edmundo Silva Tejada y Augusto Miyagusuku Miagui y tantos otros que ahora viven como sultanes mientras la gran mayoría tiene que acudir al proteccionismo que significan los programas sociales.
De todo el monto que se atribuye al ex dictador, ningún dólar ha sido devuelto y se presume que le sirvió para educar a sus hijos en universidades de EEUU, para costear las onerosas y fracasadas campañas de Keiko Fujimori y ahora para que el delfín Kenji posea 4 empresas, en una de las cuales se ha encontrado un cargamento de 100 kilos de cocaina de la más alta pureza, sin que hasta ahora el congresista del fujimontescinismo pueda explicar con claridad su procedencia.
Es común en Latinoamérica que los corruptos, genocidas y saqueadores que gobernaron amparados en crueles métodos de tortura y genocidio contra sus opositores, hereden o pretendan heredar el poder a sus vástagos como hicieron Francois Duvalier, Anastacio Somoza y Rafael Leónidas Trujillo. Lo mismo ambiciona Fujimori con sus hijos Keiko, quien fracasó en el intento y ahora con Kenji a quien ha señalado como el delfín de la dinastía. Todo esto con el aval de las grandes potencias que ven en estos gobiernos corruptos y genocidas un terreno ideal para sus negocios. Conocida es la frase del bonachón Teddy Roosevelt, quien refiriéndose al tirano venezolano Juan Vicente Gómez, famoso por las torturas inhumanas que impuso a sus opositores, cuya cruel inventiva haría empalidecer de envidia a los genocidas de Auschwitz, dijo: “Gómez es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
Este intento de perpetuar o continuar la sinrazón y el oprobio debería llamarnos a la reflexión, porque ya no podemos continuar con la cínica aceptación del robo y el crimen institucionalizados, expresados en frases como “No importa que robe, pero que haga obra”, “tal vez mató a muchos inocentes, pero acabó con el terrorismo”, falacias que los hechos actuales estan desmintiendo y que nuestra sumisa aceptación nos convierte en cómplices.

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