martes, 11 de junio de 2013

OPINIÓN: La humanidad de un no indulto

Por Crispín Piritaño
Las pataletas y corcobeos, acordes con la prepotencia y soberbia que siempre mostraron los máximos representantes del fujimontescinismo, sobre la decisión legítima, y por una vez pensada, del presidente de la república, Ollanta Humala, de negarle tajantemente el indulto al reo Alberto Fujimori, son una muestra más de la intemperancia de los congresistas de esa facción que, lejos de estar cumpliendo con sus labores congresales, para lo cual fueron elegidos, se dedican a reclamar la libertad de su jefe, a quien menudean en visitas.
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Indultarlo hubiese sido una burla a sus víctimas y a la justicia.
Lo que llama verdaderamente la atención es el descaro con que los adláteres del fujimontescinismo claman humanidad para su líder, cuando ellos, en pleno ejercicio del poder, no la tuvieron con nadie. Esto debe llamarnos a la reflexión y refrescarnos la memoria para no encargar el poder en políticos que nunca merecen tal honor. No tuvieron ninguna humanidad cuando formaron escuadrones de la muerte como el grupo Colina, responsable de muchos asesinatos en masa como los de la masacre de Barrios Altos, de la desaparición de campesinos del Santa, la masacre de La Cantuta, el asesinato del dirigente de la CGTP Pedro Huilca, del bárbaro asesinato de Mariella Barreto, a manos de su pareja, el psicópata Santiago Martin Rivas, jefe del grupo, y del asesinato de Pedro Yauri, entre otros crímenes, cuyos cadáveres aun no encuentran el descanso de una tumba.
Tampoco tuvieron compasión de la integridad física y del derecho a procrear de miles de campesinas a quienes se esterilizó aprovechándose de su ignorancia en un plan siniestro diseñado por el actual médico de cabecera del reo, quién inexplicablemente sigue libre y altanero levantando la voz en el congreso. Mucha gente ignora que, como consecuencia de tan criminal método, muchas de estas mujeres murieron afectadas de cáncer.
La humanidad a la que ahora apelan, no estuvo presente cuando se trató de despedir a miles de trabajadores, condenando a la miseria a sus familias y llevar a la ruina a miles de empresas que nunca pudieron reponerse y vieron truncado su futuro, ni tampoco con los secuestrados del SIN. Fujimori rebajó al país a su mínima expresión discrepante con la prédica de que solo a través de un gobierno fuerte, encabezado por él, podría asegurarse el triunfo sobre el terrorismo y el bienestar de los peruanos. Para ello sometió a la prensa y acusó de terrorismo a todo aquel que participara en movilizaciones en contra de su régimen.
No puede pedir clemencia quien lucró con la ayuda humanitaria a los damnificados del país, quién se llevó el oro del Perú en maletas y tuvo la cobardía de renunciar por fax para refugiarse en un país del que se reclamaba súbdito y además de torturar, en las mazmorras del SIN, a Susana Higuchi, su esposa y madre de sus hijos, solo por denunciar la corrupción en que naufragaba su gobierno.
Todo esto y mucho más valida la negativa de Humala en negar el indulto a un ex presidente que ahora gimotea en su cárcel dorada, pero no se arrepiente, ni pide disculpas a los afectados por sus excesos, no devuelve los millones que se llevó del Perú, no paga las reparaciones a que lo condenó el poder judicial y reclama atenciones de excepción cuando otros dictadores de su calaña, como el ex jefe argentino, murieron en una cárcel común. Los peruanos no queremos pecar de rencorosos y no deseamos la muerte de quien tanto daño nos hizo. Solo pedimos que se cumpla la justicia.

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