domingo, 31 de mayo de 2015

URBANISMO: La destrucción de Celendín

De Perla del Marañón a Adefesio Mayor

Por Rafael Pereyra
A lo largo del siglo XX, Celendín gozaba, en su pobreza y en sus límites, de un renombre que ninguna otra provincia de Cajamarca le disputaba, la de poseer un perfil urbano envidiable, una regularidad en sus calles y en el trazado de sus casas que no se encontraba así no más en otros sitios. La belleza de Celendín le valió elogios de propios y extraños, y un viejo poeta no vaciló en llamarla, a comienzos del siglo pasado, "la Perla del Marañón". Eran los días del auge del caucho en el oriente y la actividad económica del pueblo estaba vinculada con esa región.

"Oscuros nubarrones ensucian el cielo celendino". Fotografía tomada por redactores del blog Chungo y batán, el 30.05.15.
Las calles de Celendín fueron trazadas por el agrimensor José Comesana a fines del siglo XVIII, cuando se fundó la ciudad. Con sus calles rectas, con sus cuadras de 100 varas precisas, la ciudad casi configuró un hermoso tablero de ajedrez, sobre el cual las viejas familias construyeron casas de toda condición, acomodadas y solariegas algunas, modestas y pobres otras, pero todas respetando una arquitectura funcional y adecuada para el clima y la topografía de la zona.
El resultado fue una ciudad armoniosa y bella que poco a poco se instaló y se enriqueció a si misma con sus propias características: calles regulares, construcciones de uno o dos pisos, paredes blancas, tejados en los que se lucía la roja teja de la región. Contemplar Celendín desde las afueras, desde la altura de la colina de San Isidro, por ejemplo, era gozar de un paisaje urbano sereno y bienhechor. La ciudad vivía a sus ritmos, y sus casas y calles transmitían una sensación de calma y sosiego.
El drama de esta ciudad singular comenzó a fines del siglo pasado, coincidiendo con la instalación de la dictadura de Fujimori en el Perú y con la implantación de su modelo de hipercorrupción en todo el país. En Celendín, con la agravación de la pobreza y con la llegada de nuevos pobladores adinerados, con frecuencia vinculados a actividades inconfesables, este modelo no sólo se instaló sino que ha prosperado al punto que lo está trastocando todo, hasta el perfil urbano de la ciudad.
Y esto es un crimen. Y quienes cometen crímenes son criminales, del mismo modo que quienes los ayudan y protegen.
Ahora tenemos que los nuevos ricos están comprando cuanta propiedad pueden, pero ¿para qué? ¿Para mejorar lo existente y contribuir a nuestro viejo orgullo de poseer una ciudad armoniosa y bella? No, todo lo contrario, compran propiedades para destruir la ciudad bella y vieja que los ha acogido, y cuentan para ello con la complicidad activa de las autoridades locales.
Así tenemos que donde había una vieja casona de dos pisos, con balcones y coronada de tejas, y que tras sus muros de adobe escondía patios castellanos y huertos, los nuevos ricos, esos Atilas que impone la economía que no puede decir su nombre, levantan ahora monstruosas construcciones concebidas por ellos mismos, a imitación de las construcciones de la Costa. Se ve entonces torretas ridículas de tres, cuatro y más pisos, que con frecuencia avanzan sobre las calles, con calaminas sobre sus azoteas para poder enfrentar los aguaceros frecuentes y amenazando siempre a sus ocupantes y vecinos con venirse abajo con el próximo temblor. ¡Qué importa, hay que usar la plata y lucirla!
Un ilustre cajamarquino, el padre Miguel Garnett, escritor y observador de los usos y costumbres de nuestra región, dijo en una ocasión que el drama de nuestros pueblos es que la gente con plata imita a Trujillo o a Chiclayo, que a su vez imitan a Lima, que a su vez imita a Miami. El resultado es lo que ocurre hoy en Celendín. La vieja "Perla del Marañón" ahora se está transformando en un Chilete o en una Tembladera, esos pueblos que se levantaron al calor de una carretera y al paso de los camiones. Nuestro perfil urbano, antes armonioso y bello, y por ello mismo declarado patrimonio regional por el Instituto Nacional de Cultura de Cajamarca, poco a poco se vuelve el mismo que vemos en esos lugares: adefesios de ladrillo sin ton ni son, construcciones monstruosas, delirios del dinero fácil.
Esto no ocurre en el aire, ni porque el cielo y la Virgen así lo quieren. En la Municipalidad de Celendín hay documentos técnicos que normalmente deberían permitir a las autoridades poner freno a la destrucción de la ciudad histórica. En los últimos treinta años los malos alcaldes que hemos tenido, ignorantes y corruptos en su mayoría, no sólo no han usado estos instrumentos para proteger a nuestra ciudad hermosa sino que han contribuido activamente a su destrucción.
Al autorizar la demolición de casonas históricas y al permitir construcciones salvajes, hechas sin estudios ni respeto por el perfil urbanístico del pueblo, estas malas autoridades se han convertido en los principales verdugos del viejo Celendín. Como ha dicho con pluma certera el escritor Alfredo Pita, "en España, a un alcalde que atente contra la imagen urbanística de un pueblo histórico lo meten en la cárcel. En Celendín lo reeligen". Esta es nuestra maldición, la que nos está perdiendo.
Ahora la pregunta tremenda es: ¿incluso las nuevas autoridades ediles, que asumieron el control de la ciudad en las últimas elecciones, están tocadas por el virus de la irresponsabilidad y la corrupción? ¿Incluso ellas van a seguir abonando a la destrucción del pueblo? El edificio que se está levantando al costado de la Municipalidad y que terminará de destruir la armonía de la Plaza de Armas, parece ser un testimonio de que hay más de lo mismo, de que hay que temer lo peor.
¡Pobre Celendín, pobre "Perla del Marañón", asesinada por sus propios hijos, incluso por los que habían jurado protegerla...!
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