viernes, 4 de marzo de 2011

PEQUEÑA HISTORIA: El pintor Bagate en Celendín

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Nuestro amigo y colaborador Jorge Pereira Terrones nos envía esta excepcional fotografía, que amén de su calidad artística está llena de historia. La fotografía fue tomada –según informe del mismo Jorge- nada menos que por Juan del Carmen Villanueva, el pintor cajamarquino que usaba el seudónimo de “Bagate”.

La familia de Bagate y Perseo en 1952 (Foto cortesía de Jorge Pereira Terrones)

Figuran en la fotografía el escritor y periodista celendino Manuel Pereira Chávez ,“Perseo”, con su infaltable cigarrillo en las manos, su esposa en el primer escalón de la escalera, el aun niño Jorge Pereira Terrones en su andador y la familia del pintor en su casa de Cajamarca. El momento transcurre en el año 1952.
Perseo como intelectual fue amigo y contertulio de la intelectualidad cajamarquina de su época y contábanse entre sus amigos los pintores Alfonso Sánchez Urteaga, “Camilo Blas” y los pioneros de la pintura nacionalista, llamada después ”indigenista” Mario Urteaga y Juan del Carmen Villanueva, “Bagate”.
No es aventurado afirmar que el arte peruano le debe el movimiento indigenista a los artistas cajamarquinos, pues, además de los ya nombrados, está el cajabambino José Sabogal Diéguez, quien le da el espaldarazo genial que catapultó a este movimiento a nivel mundial como una expresión genuina de la peruanidad, frente al academicismo de corte europeo en que naufragaban los movimientos artísticos de Lima y cuando el entonces director de la ENBA, Daniel Hernández se empeñaba en imitar la pequeña pincelada variopinta del valenciano Sorolla. Celendín tiene entre los cultores de este movimiento al gran Alfredo Rocha, de quién vi algunas telas de corte netamente indigenista inspiradas durante su estancia en la ciudad imperial.
Perseo tenía vocación de artista y presumimos que sofrenó su potencial pictórico para dar paso a sus inquietudes literarias y periodísticas. Esto explicaría la cantidad de hijos artistas que tuvo. El maestro Saúl Silva, con la enjundia que lo caracterizaba dijo de Manuel Pereira: “Qué bestia este Perseo, tiene una canjhulada de artistas”, en alusión a Einar, César, René, Salvador, Jorge, Rodolfo y algún otro que se me escapa, sus hijos, que tuvieron y tienen importante protagonismo en los diversos campos del arte.
Perseo tenía una amistad entrañable con Bagate y fue el gestor ante el filántropo Augusto G. Gil para que pasara una temporada en Celendín y pintarle los retratos que ahora se exhiben en la municipalidad, la Beneficencia Pública, el colegio “Coronel Cortegana” y en alguna otra colección de Lima porque tenemos noticia de que fueron ocho los lienzos que pintó en Celendín.
El pintor con su familia estuvo alojado y atendido a cuerpo de rey en la mansión que tenía entonces el filántropo en la manzana adyacente a la plaza de armas en la calle Dos de Mayo. Era una casa típica de la arquitectura celendina con baldosas de cerámica y pisos de mármol. El salón principal de su casa abundaba en muebles vieneses de esterilla y otros con incrustaciones de mármol y nácar, además de hermosos espejos que brillaban a la luz de las arañas de cristal de Bohemia entre los marcos exquisitamente tallados. Lujos que solo se podía dar un hombre de mucho mundo y dinero como él, en una época en que Londres, a través del Amazonas, estaba más cercano a Celendín que la propia Lima.
La casa del filántropo era de las más extensas de la ciudad y contaba con una puerta en el Jr. Grau por donde ingresaban las acémilas cargadas de mercadería y productos agrícolas que llegaban del valle de Llanguat y de sus haciendas de Yajén y San Isidro, así como las que provenían del oriente con mercadería venida por el Amazonas. La hijas del pintor se entretenían viendo el tráfago del descargue de las acémilas en el extenso corral.
Los cuadros, que se nos antojan de la escuela de Zurbarán, son retratos del filántropo y de sus padres encuadrados en fondos oscuros y grises que resaltan el tipo del celendino auténtico, además del carácter austero que caracterizaba a la gente de entonces. Hemos visto en el retrato de doña Paula Velásquez, que se exhibe en la Beneficencia a una matrona celendina, austera y con el carácter suficiente para forjar la personalidad de don Augusto. Eran indudablemente cuadros de encargo, porque la pintura de Bagate es profusa en temas de gran sensibilidad social en los que denuncia la situación de postergación que vivían los indígenas a manos de los gamonales.

"La escuela indígena" Oleo de Bagate.

El pintor también recibió el encargo de hacer las estatuas de Augusto y sus padres, obra que no llegó a culminar pues se quedó en los moldes cuyas efigies vaciadas estaban en una de los consultorios del antiguo Hospital de Caridad que fundara y sostuviera el filántropo. Los mismos que fueron groseramente pintados de color caoba, que con el paso de los años se fueron descascarando hasta causar el terror de todos los niños que por algún mal llegábamos a ese nosocomio. ¿Qué será de esas efigies? Averigüelo Vargas.
En una oportunidad en que viajaba de Cajamarca a Lima tuve a una distinguida dama, algo entrada en años, como compañera de asiento. Para amenizar el viaje entre los tumbos que en ese tiempo ocasionaban los cráteres de la carretera a la costa entablamos conversación. Al enterarse que yo era celendino y pintor, se emocionó mucho y me contó que se llamaba Flavia Marcela y era hija del pintor Juan del Carmen Villanueva y había estado en Celendín cuando su padre pintó los retratos de que hablamos, además de los pormenores que describo en esta nota.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!


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