Mostrando entradas con la etiqueta Estampa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estampa. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de marzo de 2011

PEQUEÑA HISTORIA. ¡Qué viva mi carnaval!

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Las fiestas del carnaval fueron una de las mayores tradiciones del folclor celendino en todas las épocas. El humor celendino se desata en esta época de jolgorio y diversión. Todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, disfrutan de Ño Carnavalón, los niños con sus jeringas y sus globos, los jóvenes con sus patotas en las fiestas y los viejos con su tolerancia hacia los otros y sus comilonas asentadas con la rica chicha y otros licores.
Antaño las familias se preparaban especialmente para esta ocasión. Mataban el puerco que se engordaba en el corral, lo mismo los cuyes que se abrigaban bajo la bicharra de la cocina, preparaban los sabrosos panes de fiesta y los tradicionales dulces y bizcochuelos. La chicha, que era un ingrediente especial en esta fiesta, ya estaba espumeando en los urpos lista para sazonar la alegría del carnaval.

El carnaval en torno a la tradicional "unsha" (Foto archivo CPM).

Las patotas formadas por grupos de jóvenes que desfilaban por las calles al son del silulo interpretado por dos músicos que encabezan el grupo, mientras los demás integrantes acompañaban a la música con silbidos y palmas. Todos llevaban pintarrajeado y cubierta de talco el rostro y las ropas, gran profusión de serpentinas como collares y en el bolsillo de atrás, aparte del pañuelo para rasquetear la marinera y el carnaval, los infaltables chisguetes de éter “Amor de Pierrot” y “Amor de Colombina”, que eran traídos desde Iquitos, procedentes del Brasil, cuando el corredor hacia el oriente por donde transitaban los celendinos todavía existía.
Y así, cantando y silbando llegaban a la casa de alguna familia que los recibía entre abrazos y se apresuraba a invitar a las más bellas damitas del barrio para la jarana con gran riego de bebidas y agua. A cierta hora oportuna asomaba el cuy con papa picante para dar energía a los fiesteros. Luego de bailar unas tres horas, la patota iba en busca de otra casa en donde proseguir el jolgorio.
En algunas esquinas, se erguía la "unsha", el árbol ritual, lleno de frutos diversos, globos y otros regalos que los mozalbetes arrancaban a medianoche, hora en que se derribaba el árbol a los acordes del carnaval celendino, con su respectivo "silulo". En otros lugares se alzaba las banderas que son monigotes llenos de pañuelos, a cuyo alrededor bailaban, bebían y se mojaban a globazos los carnavaleros. Y una costumbre que lamentablemente ha desaparecido eran las cuadrillas llenas de billetes que se llevaba el más pintado para poner el doble el siguiente año.
En la fotografía que ilustra esta crónica se puede observar una "unsha" en la esquina de los jirones Ayacucho y Bolognesi, donde al son del "silulo" bailan, tratando de NO caerse en la acequia, entre otros, Francisco Díaz Rocha, “Plototoj”, Luis B. Jiménez Araujo y Javier Homero Zárate Rojas. En ese tiempo seguramente se cantaba la tonada auténtica propia de la inspiración celendina:

¡Ya viene el carnavalito, siluló,
Después de haberse paseado en Llanguat!
¡Ya llega el carnavalito, siluló!
Por la cuesta del Shururo, ¡guayluló!
¡Arriba, caballo blanco, siluló!
¡Sácame de este barrial, guayluló!

¡Chilalito, chilalón,
Qué bonito el carnaval!
¡Chilalito, chilalón,
Qué bonito es Celendín!
¡Porque se juega y se baila, siluló,
Con guitarra y con cajón, guayluló!

¡Unos ojitos he visto, siluló!
¡Por esos ojitos muero, guayluló!
Me han dicho que tienen dueño, siluló…
¡Con dueño y todo la quiero, guayluló!
¡Arriba, caballo blanco, siluló!
¡Sácame de este barrial, guayluló!

(Letra original rescatada por el Dr. Moisés Chávez Velásquez)

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!
.

domingo, 16 de enero de 2011

OPINIóN: Paseo nocturno por Ciudad de M

Por Franz Sánchez Cueva
9 y 45 de la noche, cuatro vándalos se dirigen hasta el viejo árbol deshojado y maltrecho de la Plaza de Armas, el mismo al que atacó un terrible hongo que terminó por desahuciarlo. Se suben a la copa, algunos se descuelgan de las ramas, parecen orangutanes con “blin blin” y pantalones urban fighters. El abusado árbol parece exigir que lo despojen de tales parásitos. Gritan, chillan, lanzan groserías entre ellos. Los mayores pasan con suma cautela rodeando al grupo de desadaptados, para no interferir con sus delincuenciales actos.
En la esquina, al borde de la Plaza de Armas, dos mujeres policías de tránsito hablan con exagerada elocuencia a través de sus celulares, al tiempo que las moto-taxis irrumpen con giros violentos dentro de la zona rígida. Los acompaña un estruendoso vibrar de parlantes que abofetea los oídos de transeúntes asustados que despejan el camino, al ritmo del dembow de algún reggaetón obsceno.

Las construcciones "modernas" que desfiguran a Celendín.

10 en punto de la noche, las mismas moto-taxis han tomado por asalto el ombligo de la ciudad. Sus ebrios conductores protagonizan monólogos asquerosos que resbalan lisuras sobre el mármol empapado de licor barato.
11 de la noche, son muchos y pocos a la vez. Desde lo alto de San Cayetano con pendiente a Colpacucho, la nueva ciudad arrastra sus pasos dando tumbos sin poder encontrar su camino.
A la medianoche, el profesor que se demoró en una reunión de docentes, exhala un suspiro de alivio al cruzar la avenida Túpac Amaru. Solamente le robaron la billetera y el celular, pero no lo despojaron de la vida.
La nueva ciudad vomita las noches de exceso, de juerga interminable que reúne a grupos de diferentes sectores sociales, y que los aparta al mismo tiempo.
La nueva ciudad que asesinó al pueblo anciano, por viejo y cobarde, parece andar sobre una locomotora con rieles que desembocan en el barranco. El tiempo no corre igual, las horas son distintas, el reloj del ayuntamiento fue vencido por el propio tiempo, únicamente marca el meridiano y nada más. El viernes comienza el miércoles, el lunes no existe porque la “cruda” no lo quiere así.
Los bares atienden más tiempo que las boticas. Las casas se desploman, los contrabandistas se frotan las manos, mientras que los capos de la “cosa nostra” le robaron el crédito a Pepe Comesana, luego que convertidos en geómetras diseñan la nueva ciudad a su antojo.
La nueva ciudad se ha convertido en una tierra prometida sospechosa, que más se parece a Sodoma y Gomorra, que a su propia imagen que aún flota como un espejismo. Las jovencitas ofrecen sexo abierto al mejor postor con billetera gruesa o camioneta a la mano, amparadas bajo la tutela de la dichosa open mind.
La nueva ciudad sirve a muchos, y estos muchos se sirven de ella. El desorden es la máxima autoridad. Los alcaldes no existen, ocupados como parecen estar, no en defender la ciudad y la provincia sino en acomodar el recto en el tieso sillón de gobierno que puede provocar hemorroides malignas.
La nueva ciudad alborotada, apesta. Huele a heces por todo sitio, por las esquinas, por sus calles, por sus aceras invadidas. Apesta y provoca aquello que Sartre llamó “La náusea”. Pero también duele, al costado del pecho, en el músculo más traidor de todos, que nos quiere convencer de que todo esto es una ilusión, de que forma parte de una composición literaria.
El diástole y sístole golpea los sesos, exigiendo que abandonemos nuestra condición de cadáver, lo que ya nos gustaría. Estamos vivos, pero deambulando como zombies, dentro de una ciudad que hace mucho ya no es de nosotros, sino de "ellos", de los "vivos", de los "vivazos".
Esto es lo que queda de la herencia y de la querencia. Una ciudad impresentable, que no se puede recomendar a nadie, por temor a quedar mal con uno mismo y con los demás. Una ciudad convertida en jungla de cemento fresco. Una ciudad que no es mía ni tuya, que ya no es de nadie decente, porque todo esto pertence ahora al billete mal habido.
Una ciudad de M… Quiero decir… de Muchos, que no significa de todos. De muchos forajidos y lambiscones, de muchos felipillos y traidores, que la han entregado como pobre prostituta al afán de mineras y narcos. Una ciudad con boleto reservado al desbarajuste y al caos, sin identidad ni rumbo fijo. Sucursal del cielo, y, en realidad, entrada del averno.
¿Dónde están los hombres de ayer?, que los necesitamos para mañana. ¿Por qué se fueron todos?, ¿por qué no se quedaron aquí?, a sufrir el dolor de ver perecer a un vetusto pueblo, que agonizaba desde hace mucho, que enmudeció antes de pedir auxilio. Que cerró los ojos antes de ver lo que ahora vemos. Que exhaló su aliento apolillado en nuestras narices mientras respirábamos por la boca. Un pueblo que era un sueño, del que no cobramos nada, y del que hoy pagamos todo.
Desde mi luto interno dibujo una sonrisa de burla dedicada a aquellos pelmazos que se jactaban de un ilusorio linaje europeo y nunca entendieron realmente lo que implicaba ser celendino. Pobres diablos. Podrido infierno.
Ha muerto del todo la ciudad verdadera. La fecha, la hora, ya no interesa. Nadie oficializó su deceso, únicamente un menesteroso escribidor se atreve a certificar su fallecimiento. Al tiempo que los demás celebran la Natividad de la nueva ciudad, que desde el embrión estaba concebida como villana, que se fecundó de un espermatozoide de cianuro y un ovulo de PBC, dentro de un vientre de alquiler, pagado por politiqueros venales y comerciantes ambiciosos, por la raza maldita de subhumanos que en lugar de corazón tienen una bolsa con 30 monedas, su precio.

¡QEPD Celendín!

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

domingo, 7 de febrero de 2010

ESTAMPA: LA ARAÑA

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Cada vez que un nuevo shilico daba su primer berrido en este valle de lágrimas, el padre religiosamente recurría al santoral de la iglesia para nombrarlo y lo anotaba en alguna hoja de la vieja Biblia familiar. Habrán tenido ustedes la oportunidad de leer entre versículos:
“Eustaquio nació el 12 de febrero de 1893” o “Eufrasia nació el 5 de mayo de 1895”
Y así, por obra y gracia de este santoral que traía el Almanaque Bristol, abundaban en el pueblo los Celestinos, Leoncios, Cupertinos, Romualdos, Quintines, Quintilianos, Serapios, Procopios, Prósperos, Anastacios, Nazarios, Efraínes, Concepciones, Circuncisiones, Lázaros, etc., y entre las mujeres los nombres terminaban en “Inda”: Hermelinda, Rudecinda, Florinda, Hormecinda, Fredesvinda, Teodolinda, Olinda, etc.

De como La Araña se convirtió en...

Con el arribo del Siglo XX, la moda de los nombres de pila cambió, se retornó a los nombres clásicos y así aparecieron los Termópilos, Arístides, Aquiles, Milcíades, Nicodemus, Rómulos, Alcibíades, Orestes , Petronios, Temístocles, Pericles, Ovidios, Silas, Aníbales, etc. Hubo como es de esperar algunos nombres aislados que parecían sacados de la carpeta de Judas:
-¿Cómo te llamas, niño?
-Baltazar Antiportalatino, para servir a usted.
**********
Existen en nuestra provincia familias que tienen fundadas o infundadas pretensiones de nobleza. Aún inédita permanece la obra de don Perseo Pereyra, quien, en una de sus crónicas habla de los vástagos que testas coronadas de Europa han desparramado por Celendín. Menos mal que la mayoría ignora esta situación, y los que la saben, no se atreven a sacarla a relucir por miedo al ridículo, sino se iría al traste toda la democracia e igualdad de la que tanto nos ufanamos los shilicos.
Don Teófilo II (dos palitos, como decía la gente), era en la primera mitad del siglo XX un mediano comerciante y se llamaba así porque sus progenitores, descendientes anónimos de la nobleza portuguesa, encontraron natural, aunque sin feudo, ni ducado, ponerse un Regis Nómine y, si hubo un Teófilo I (un palito), tendría lógicamente que haber un Teófilo II, legítimo heredero en línea recta de los títulos y pergaminos familiares, para quien reclamaron como súbditos convictos y confesos a los shilicos, a algunos de los cuales no le venía mal la idea de una monarquía independiente.
Tenía una distinción innata, tez sonrosada, ojos azules, cabellos claros y finas maneras. De clara inteligencia y conceptos avanzados, era un hombre que se adelantaba a su época y era además un nasho como pocos los hubo en Celendín, se hacía llamar “El Tigre”, “Director de bandas populares”, “Rubito, de guaje, palmas y caja adentro”. En ese entonces, en que nadie se atrevía a decir ni chus ni mus por miedo a los mandamáses, él tenía los arrestos suficientes para denunciarlos sin temor.
Tenía una tienda comercial en la calle del Comercio llamada “La Campana”. En la puerta colgaba un pizarrín que usaba a manera de periódico mural con el nombre de “La Araña”. En sus cotidianas ediciones, don Teófilo II se ocupaba en despotricar de las autoridades locales y de los notables: el Subprefecto, el Alcalde, El Inspector de Educación, el Presidente de la beneficencia, el Párroco, el Sargento o cualquiera que vista chaleco y ostente leontinas en los bolsillos, eran blanco de sus puntiagudos y certeros dardos. Don Teófilo II no escribía con pluma, sino con bisturí
“Pueblo chico, infierno grande” reza el refrán, y nada más certero en lo que a Celendín se refiere; sobre todo en ese tiempo en que no había las distracciones de ahora. El deporte favorito de la gente era escarbar en la honra ajena y fomentar el chisme travieso y mal intencionado. Los paisanos acudían en tropel a “La Campana”, so pretexto de comprar cualquier cachivache a reírse de las diatribas y anatemas que don Teo lanzaba desde las ponzoñosas páginas de “La Araña”.
-¿Qué el inspector de Educación nombró como maestra de escuela a fulana de tal y la acompañó a darle posesión de cargo durante dos días con sus noches ¿Por qué será, ah?
-Que el señor subprefecto se tiró la bomba con el “Chimbombo” y el “Cárdenas” en su cantina del “Rempujao”, pues… palo con él.
-Que el presidente de la Beneficencia pública estuvo en conciliábulos con Rosel sobra la hacienda Guayobamba ¿De qué se trató en el asunto?
-Que el alcalde está ampliando la parte trasera de su casa, ¿qué cosa?, ¿de dónde michis, si la gata no pare?
Y así, otras lindezas por el estilo eran motivos para las críticas de don Teófilo. Sus afanes de poner el dedo sobre la llaga le había ocasionado no pocos problemas, pues como alguien dijo: “en un lugar donde no hay justicia es peligroso tener razón”. Pero él, sin amilanarse, seguía con su labor profiláctica. Consideraba un deber ineludible cuidar que no se abuse inmisericordemente de sus sufridos vasallos, que bastante tenían con sus problemas cotidianos.
Un día, las páginas de La Araña fustigaron de tal manera al Subprefecto que prácticamente lo dejaron como shipuna. Este, al enterarse del contenido del pasquín, montó en cólera y ordenó al guardia “Mediobuche” que proceda al decomiso y reclusión del tal periódico… y, a la cárcel fue a parar La Araña, de cabeza, con ponzoña y todo.
El director responsable del vocero consideró el atropello como una flagrante violación de los derechos de libre opinión y prensa y movió cielo y tierra a fin de recuperar su periódico.
***********
El Siglo XIX, el de la patria en ciernes, fue turbulento y bárbaro, las disputas internas y externas menudeaban y atentaban contra la existencia de la patria misma; se guerreaba de lo lindo por quítame esta pajas. Parecía que la distracción favorita de los peruanos era el de poblar al otro mundo con prójimos que en la mayoría de los casos no se enteraban ni por qué. Los ejércitos de entonces estaban formados por “voluntarios” reclutados a la fuerza o por mercenarios y debido a las muchas penurias que soportaban, marchaban a la guerra con su mujer y a veces con sus hijos, quienes, abnegadamente los seguían como rabo por terribles caminos. Muchas páginas heroicas se podrían escribir para ensalzar la bravura con que se batieron estas sufridas mujeres a quienes el vulgo, despectivamente, dio en llamar “rabonas” y por extensión, a las esposas de los militares les llaman lo mismo.
************
Cuando don Teófilo II, al cabo de una semana de recurrir a sus influencias y gastar en papel sellado pudo recuperar su pizarrín, consideró que el lapso de una semana de reclusión, algo pudo ocurrir entre “La Araña” y los cachacos de la comisaría, como los llamaba, dado que aquella y estos eran proclives a la concupiscencia y esto, naturalmente, ameritaba un cambio de nombre.
Al día siguiente. Cuando todo el pueblo, conocedor de las fricciones entre la autoridad y don Teófilo, acudió a leer la edición de reaparición, comprobó divertido que ya no se llamaba más “La Araña”.
Su Majestad, Teófilo II, cáustico como era y en uso de sus atribuciones reales, la había rebautizado con el nombre de:
“LA RABONA”

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

martes, 2 de febrero de 2010

PEQUEÑA HISTORIA: Los nadadores del “Remolino”

Por Jorge Chávez Silva, “Charro”
En la época en que en Celendín no había agua potable, ni desagüe, era el río “Grande” el que permitía a la gente lavar la ropa y eventualmente darse un chapuzón en el agua. Lavar la ropa era toda una aventura campestre que implicaba llevar vituallas y utensilios para hacer el almuerzo. Si uno paseaba a inmediaciones del río al medio día o en horas de la tarde, podía apreciar el colorido de las ropas secándose encima de las pencas que orillaban los caminos y las chacras, el fogón humeante y las ollas trasminando a comida casera.
Los muchachos de entonces nos tirábamos la vaca para ir al río, aprovechando cualquier remanso para construir nuestra poza, cuando no íbamos a las tradicionales que existían a disfrutar de un refrescante baño. Los jóvenes de generaciones anteriores contaban que existía una poza en la quebrada Dungull conocida como “La Campana” en donde se bañaban. En nuestra época esa quebrada era muy exigua y sus aguas no servían para el caso, porque se estancaban y tomaban una coloración verde que producía ronchas en la piel.

Mozalbetes gozando de una tarde soleada en el río Grande. Foto Charro.

A lo largo del río Grande existían muchas pozas frecuentadas por los muchachos de los diferentes barrios: a la “Poza del cura” iban los del barrio de San Cayetano y la Alameda; los del barrio central nadábamos en el “Remolino” y “Las tres sillas”, y los de Colpacucho preferían “La poza del Salas”. En esos lugares, inocentes como éramos, nos bañábamos tal como vinimos al mundo, despu{es de un buen chapuzón tendíamos nuestra ropa en cualquier pampita para tirarnos cuan largos éramos a mashaquear, mientras cometíamos el pecadillo de fumarnos un cigarro de anisquehua o de zarzamora seca. La vida era una delicia.
La mayoría de mozalbetes de esa época aprendimos a nadar arrastrándonos por el lecho de filudas piedras que lastimaban nuestras rodillas. Después de algunos días de práctica ya chapoteábamos precariamente en el “nado de perro”, para después aventurarnos en el estilo libre y luego en el buceo. Los más avezados se lucían en extravagancias como el estilo “mariposa” y el nado de peje.
Al finalizar la tarde regresábamos con las sombras alargadas por el ocaso del sol a enfrentar las iras paternas.¿De dónde derivaban los peregrinos nombres de las principales pozas que hicieron las delicias de nuestra niñez? La “poza del cura”, llevaba ese nombre porque en su caudal se realizaba el bautizo de los adventistas, secta que por entonces se había instalado en la provincia. “El Remolino”, nuestra poza preferida, se llamaba así porque quedaba en un recodo amplio del río que formaba un remolino. Para hacerla más honda cada uno de nosotros traía cualquier herramienta de su casa, picos, lampas, barretas y machetes para cortar varas y magueyes para represar el agua. Todo aquel que no cooperaba estaba prohibido de ingresar en la poza.
Río abajo del remolino había un sauce llorón cuyo tronco tenía tres recovecos que simulaban tres sillas en donde nos sentábamos a jugar. Esa circunstancia dio nombre a la poza que se originaba en ese sector del río. Allí ocurrió el percance de Mario Chávez Gil, nuestro querido “Marrón”. Sucedió cuando corríamos a las ganadas para ver quien rompía el queso, mientras nos desvestíamos a volandas. Mario, zanquilargo como era, llegó primero y se tiró una tremenda lisa, mientras nosotros terminábamos de quitarnos las ropas para hacer lo mismo. Emergió sangrante, advirtiéndonos:
-No se tiren, hermanitos, hay un tronco sumergido.

La hermosa poza del Salas, tal como se ve hoy. Foto "Charro"

La última poza, la del Salas, llevaba ese nombre porque al llegar el tiempo de la siembra sus aguas servían para irrigar el fundo que poseía don Francisco de Sales Chávez, propiedad que después perteneció al INA 38. Esa poza era la más honda y larga, y allí solo se aventuraban los expertos nadadores, en su mayoría jóvenes de secundaria.
La instalación de duchas y caños en los hogares mató a la costumbre de nadar en el río, ahora lo hacen en piscinas. A propósito de éstas, los muchachos de ahora, por un sentido de amor a la ciudad y a la justicia, no deben acudir a la piscina construida en la calle que le robó a Celendín Solano Oyarce, quien, en el colmo de la desfachatez, sigue siendo regidor del municipio, representando al más corrupto gobierno de la historia: el fujimontesinismo.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

miércoles, 13 de enero de 2010

PEQUEÑA HISTORIA : El sombrero celendino

Por Jorge A. Chávez Silva, "Charro"

Celendín es un pueblo de misterios, aparte de la incógnita sobre el verdadero origen de los celendinos y aún del nombre de Celendín, está la duda sobre el origen del sombrero celendino. Sinceramente pensábamos que era una herencia de nuestro ancestro Muchik, pueblo de tejedores por antonomasia, pues hasta se habla de que Huayna Cápac durante la conquista del imperio Chimú, trasplantó a todo un pueblo rebelde a la zona de Balzas, en la conocida modalidad de mitimaes. De allí provendrían los vocablos que hacen especial nuestro modo de hablar y ciertas costumbres que nos diferencian de los demás cajamarquinos.
Todo hacía presumir que de allí derivaba esta artesanía que transformó la vida de los celendinos durante más de una centuria, que permitió la explotación de la mujer celendina y el enriquecimiento de unos cuantos y que, sin embargo, significó el único medio de vida precario para muchas familias de toda la provincia. Frente a la incógnita de cómo se instituyó como oficio y cómo se hizo una industria reconocida a nivel mundial y que entró a formar parte de nuestra identidad, al punto de que se reconoce a Celendín como un “pueblo de comerciantes y sombrereros”, se han tejido muchas historias, a cual más peregrinas, que lejos de aclarar el asunto lo ensombrecían más. 
 
Todo el drama de la sombrerera celendina expresado en la pintura de Alfredo Rocha.
 
Siempre nos llamó la atención el parentesco que parecía existir entre el “Panamá Hat”, que a despecho de su nombre, no es originario de Panamá, sino de Ecuador, y el sombrero celendino, patente en la confusión del rey Jorge VI de Inglaterra ante el fino sombrero que le ofrecía Augusto G. Gil.
El parentesco estriba en tres circunstancias:
—La materia prima empleada, la paja toquilla (Carludovica palmata) es la misma y la región de Manabí, en donde se produce es muy parecida a la de Rioja, en San Martín, de donde procede la paja que tejen las celendinas. Lo mismo que el proceso para hacerla manufacturable es igual.
—El transcurso de manufactura del sombrero es el mismo, con tres clases de urdimbre: el “comienzo”, que requiere de una especialista, el orillado de la prenda que la realiza cualquier tejedora, el uso de hormas de madera y demás utensilios usados en el tejido y hasta los modelos: “tacho”, “cubano”, etc.
—El acabado o enfrenadura del sombrero es similar al procedimiento empleado en Cuenca (Ecuador) y provincias aledañas al volcán Chimborazo.
Un miembro de la numerosa familia Solís, asentada en el popular barrio de San Cayetano, nos ha alcanzado un dato que parece disipar todas estas dudas. Según su versión, que es parte esencial de su historia familiar, Juan de Dios Solís Oviedo, natural de Santa Rosa, provincia de Chimborazo en Ecuador, nacido en 1815, tercero de sus hermanos, de profesión sastre y sombrerero, fue el que enseñó el arte de tejer el “Celendín Hat”. 
 
Imagen turística de una sombrerera de la región de Cuenca en Ecuador.
 
En 1830, cuando se produce la guerra con la República de la Gran Colombia, Juan Solís se enroló en el ejército ecuatoriano junto con su hermano José María. Durante una de las tantas batallas, su hermano fue muerto y él fue alcanzado por un bala en la pierna. Se salvó del repase que hacían las fuerzas colombianas que los perseguían valiéndose de la estratagema de fingirse muerto, logrando recuperarse gracias a los cuidados de una familia de ancianos campesinos que lo ocultaron en su humilde vivienda.
Repuesto de sus heridas, se marchó al departamento de Caquetá en la selva colombiana, en donde se encontró con cuatro compatriotas ex combatientes que lo convencieron de viajar a la costa del Pacífico siguiendo la ruta de Moyobamba, Rioja, Chachapoyas, Leymebamba y Celendín, demorando ocho meses el viaje que se realizó a pie.
Durante su corta estancia en Rioja hicieron acopio de la paja llamada bombonaje y cuando llegaron a Celendín, la esplendidez del paisaje los cautivó y decidieron quedarse, empezando a fabricar sombreros. Ellos fueron los que enseñaron la manera de tejer sombreros. Después de 30 meses de estancia en el pueblo, Juan de Dios Solís Oviedo se casó, muy enamorado, con la celendina Josefa Cotrina y eligieron al barrio de “La Matutina”, hoy San Cayetano, como su nido de amor. Los compañeros de Juan se marcharon luego de su matrimonio.
Esta romántica historia explica el origen del sombrero celendino y el por qué a la familia Solís, en el habla celendina, algunos les decían “monos" queriendo decir "ecuatorianos”.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

viernes, 18 de diciembre de 2009

PEQUEÑA HISTORIA: Cuando los palcos eran familiares

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Esta hermosa fotografía que hoy presentamos, si mal no recordamos, la tomó Ezequiel Cueva Díaz, “Cuevita”, en 1958. En ella se aprecia al público de la corrida, tal como originalmente fue, antes de que se instalara la mafia que desnaturalizó la fiesta y la convirtió en el pandemonio de confusión que es hoy, para satisfacer su sed insaciable de lucro.
En esos años solo había barrera, chaque y palco y estos eran individualizados para cada familia, estaban separados unos de otros mediante, lonas, colchas, sábanas, etc., y entre toros se servían riquísimas viandas en las que menudeaban los cuyes, el escabeche, los juanes, tamales y, por supuesto, las delicias del amasijo: panes shimbados de manteca,bizcochuelos, galletas, rosquitas y panecitos de harina de maíz y el infaltable queso.
Para espectar la corrida había que trasladar parte del mobiliario ligero del hogar; bancas, sillas y hasta los tapetes para mayor comodidad. Cada palco era la prolongación del hogar y, claro, no había el hacinamiento ni la mezcolanza que campean hoy.

Los palcos eran familiares y no el pandemonio de hoy en día...

En nuestro palco familiar figuran de izquierda a derecha en primera fila, con “las piernas colgando” como dicen los propagandistas de hoy, mi hermano Luis Humberto, “Clavi”, Julita Pita Chávez, Marujita Chávez, Victorita Pita Chávez (junto con Julita, hermanas de nuestro escritor Alfredo Pita), Selmita Chávez, Nancy Chávez, la prima Elsa Díaz Mori y Celmira Merino Collantes.
Atrás: Consuelo Pimentel Collantes, Bertha Pimentel Collantes, Esther Silva Mori, Orfa Noemí Silva Mori, Esperanza Chávez Pereyra y mi padre, Antonio Chávez Pereyra, “Charro”, Guillermo Pereyra Rodríguez, “Panamo” y Zoila Collantes Díaz.
El palco que nos antecede es de la familia Medina Arrué y en él se puede apreciar a Francisco Medina Arrué, Esther Arrué Vásquez, Susana Medina Arrué y detrás de ella su padre, Moisés Medina.
En el palco posterior al nuestro está la familia Díaz Zegarra, en primer término el hoy arquitecto Nelson Díaz Díaz, la Sra. Carmela Díaz y a Yone Díaz Zegarra. El niño debajo de ella es el ingeniero Jorge Díaz Díaz, “Coshita”, muerto en Ayacucho en una emboscada aleve de Sendero Luminoso.
¿Y yo, dónde estaba que no aparezco en la foto? Pues, nada más y nada menos que jugándome la propina de la fiesta en los tapetes pintados con figuras del "Chulo, chulo, que pica con disimulo", o en el maraquero que tenía su culebra. Cosas de la vida.

¡ SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

viernes, 6 de noviembre de 2009

PEQUEÑA HISTORIA: El Barrio de San Cayetano

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
El barrio de San Cayetano, junto con El Cumbe y el Rosario son los barrios más tradicionales de Celendín. En estos barrios nacían las fiestas y el Carnaval y las jaranas que se armaban por esos lares quedaron para la historia.
San Cayetano era un barrio de sastres, carniceros, talabarteros, tejedores, músicos y coheteros, el barrió de los Silva, Gómez, Solís, Cachay y de los Vargas. Se dice que fue la familia Solís la que introdujo la manufactura de sombreros en Celendín a través de una sonada historia de amor que unió a una celendina con un joven ecuatoriano que finalmente se casó con ella. El ecuatoriano enseñó el arte de hacer el sombrero que tanta fama y desventuras trajo a Celendín.

Los hijos del doctor Horacio Cachay Díaz, primer director deñ Hospital del Niño, en Lima, ante la antigua y original capilla de San Cayetano (Foto, archivo de la familia Pita Chávez).

De allí bajaban los juegos pirotécnicos para las vísperas de la Virgen del Carmen, al son de la Banda Municipal que dirigía el maestro Galarreta. Y es que allí vivía don Mario Gómez, el pirotécnico del pueblo, a quien todos conocían como “Don Mario cuetero”. Era un tipo enorme con el rostro renegrido como un minero, producto de su contacto con la pólvora y la cera negra que usaba para encerar del cañamo con que amarraba los carrizos y lucía además, como galardones propios de su oficio, varios dedos mutilados.
Allí vivió don Juanito Vargas, célebre violinista que hizo las delicias de nuestros antepasados, animando las jaranas, culpables de tantos romances y matrimonios. Lo conocí casi ciego, acompañado siempre de algún amigo que hacía de lazarillo, camino a alguna fiesta en donde sus valses, polcas y pasillos le ponían esa sal a las antiguas jaranas tan elogiadas por los celendinos de antaño.
Era un barrio de calles tortuosas, al que había que llegar atravesando dos puentes precarios y peligrosos: el del Jr. Dos de Mayo que a cada momento se caía y el de Ayacucho que escondía la amenaza de cualquier despistado que diera un paso en falso en la oscuridad se diera un chapuzón inopinado en la poza de abajo el puente.
Subiendo una pequeña cuesta se llegaba a la plazuela de San Cayetano, que era una pampa con su pequeña capilla en el encuentro de las calles Dos de Mayo y Ayacucho, en donde se ubicaba el único pilón del barrio. Allí nacían los chismes, dimes y diretes de todo el vecindario, alimentados por la ironía y enjundia de los sastres del barrio que a esa hora salían a prender su plancha.
Fue el barrio del maestro Saúl Silva, conocido y celebrado por su éxito con el bello sexo y por la sapiencia sarcástica de sus asertos en materia de política y de gobierno del pueblo. Justamente de él recuerdo haber visto una caricatura del artista Garrido. Estaba plasmado en el cuadro el barrio con don Saúl en su puerta dándole una propina a su hijo el ñato, mientras se distraía mirando las hermosas piernas de una profesora que vivía en las inmediaciones. Caricatura idiosincrásica, sin duda, que transuntaba el espíritu del barrio. Esta obra de arte, como tantas, se perdió en los vericuetos del olvido.
Allí vivieron los Silva, dueños de hermosos caballos de paso, como don Geonías, que heredó la afición a sus hijos. Don Geonías, protagonizaba duelos de ingenio cotidianos con su vecino, el maestro Saúl. Y allí vivió sus años de gloria mi tío Gonzalo Araujo, “El Picarito”, famoso por sus hazañas e historias de bohemia.
La foto que acompaña a esta crónica corresponde a los años cincuenta y los niños que posan en la pampa son los hijos del célebre médico celendino Horacio Cachay Díaz, que vivían en Lima. El doctor Cachay Díaz fue el primer director del Hospital del Niño y actualmente una calle de Lima lleva su nombre. Detrás de los niños se ve la antigua capilla con sus dos campanarios y con las cornisas características de la arquitectura celendina de entonces. En el pequeño recinto interior, en un modesto altar de factura anónima, estaba la efigie del patrón del barrio: San Cayetano.
.

miércoles, 22 de julio de 2009

ESTAMPA: El hombre lobo en Celendín

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Hace poco oí una canción que lleva el peregrino título de “El Hombre Lobo en París”. Al escuchar su “filosófica” poesía, he caído en cuenta que vivimos en una época prosaica en donde los valores y temores andan totalmente trastocados: ahora hasta los niños nacen descreídos, pues, aparte del lobo de la Caperucita Roja, no le temen a nada ni a nadie.
Desde que la caja boba interrumpió la paz de nuestros hogares, los espantos tradicionales y monstruos universales como Drácula, Frankestein, el Doctor Calígari, Nerón, mister Jekill y los árbitros de fútbol, se han devaluado completamente; tanto, que ya no sirven más para lo que fueron creados: para asustar a los niños reacios a tomar la sopa, o a ir a la cama a hacer tuto.
Actualmente estos horrorosos personajes, causantes de nuestras pesadillas de ayer, aparecen como seres pusilánimes y cómicos, tan tímidos, que se asustan del susto que producen en los demás. Los párvulos se burlan de ellos, sin asustarse en lo mínimo de sus horribles rostros…¡No señor, no hay derecho!!...¡No nos pueden quitar nuestros espantos!... ¡No pueden borrar de la memoria a nuestros monstruos, fantasmas, duendes y compañía!... ¡Exigimos devolución!
Las cosas han llegado a tal punto que cuando hablamos a los niños de nuestros espantos folclóricos como el guacrayo, la minshulay, el caiguash, la coche con crías, el cochero del diablo que pasea de noche por la plaza, el carbunclo y toda la corte del terror, nos miran como a una anacrónica pieza de museo. Es más, creo que ahora que Celendín está iluminado, habrán emprendido las de Villadiego todos esos seres tenebrosos que medraban en la oscuridad.
*************
Que lejano está el tiempo en que de la mano de mi pequeño hermano asistimos al viejo cinema “El Carmen” a ver un film que precisamente llevaba ese título: “El hombre lobo”. Tratábase de una cinta en blanco y negro, cuyo argumento se basaba en la búsqueda emprendida por un científico de un remedio que aliviara a la humanidad de una terrible enfermedad como ahora la gripe porcina. Para sentir el efecto tomó una de las pastillas experimentales y al rato comenzó a sentir cambios en su organismo. Le crecían cerdas por todo el cuerpo, las manos se le crispaban y sus uñas se transformaban en garras, las orejas le crecieron en forma puntiaguda y su rostro monstruosamente deformado lo hacían horroroso y temible; un auténtico lobo mitológico, espantoso y sediento de sangre. Urgido por un atávico impulso, catalizado por la luna, acechaba a sus víctimas en lugares insospechados, propinándoles horrible fin.
Una vez saciada su sed de sangre, volvía a la normalidad, sin acordarse de nada. Lo grave era que se había convertido en un adicto y le era imposible dejar la droga, con lo que el número de víctimas crecía ante el desconcierto de la policía que no atinaba a encontrar al culpable.
********
Mi hermano tenía un carácter apacible y social, salvo cuando, por alguna circunstancia se alteraba. La ira o el temor lo hacían proferir las palabras más obscenas y hasta llegar a la agresión. Era el típico nervioso, como candelilla de castillo que en cuanto le acercan el fuego explota. Cuando vio la primera transformación del desdichado científico, puso los ojos como platos, presa del pánico, empezó a temblar como si tuviera la terciana y llorando gritaba:
-¡Achichín…! ¡Achichín…! ¡ ¡El hombre lobo…, el hombre lobo…! ¡Carajo..., m…!
Sorprendido por su pánico y para que me dejara ver con tranquilidad la película le aconsejé:
-¡No lo mires, no lo mires, cuando aparezca, voltea la cara!
Así lo hizo en la siguiente transformación, pero el pánico colectivo le hizo volver el rostro y… quedó convertido en piedra, como un monumento al miedo.
-¡Achichín…! ¡Achichín…! ¡Carajo, junagram…! -gritaba buscando por donde huir.
-¿Sabes qué? Le dije tratando de calmarlo- cada vez que veas que el HL toma la píldora… ¡zas!...inmediatamente te metes debajo de la banca y así no lo miras ¿ya?
A partir de ese momento y cada vez que el científico tomaba la droga, se metía debajo de la banca y al cabo de un momento, sacando tímidamente la cabeza preguntaba:
-¿Ya se fue el HL...?
Cuando le indicaba que sí, salía de su escondrijo y, a sobresaltos, volvía a espectar el film.
***********
Una de las escenas de mayor suspenso sucedía mientras mi hermano estaba a buen recaudo bajo la banca. El hombre lobo, acechaba entre los árboles de un apacible parque londinense. De pronto, por uno de los senderos, aparece una linda mucama empujando un coche cuna en el que juguetea un hermoso bebé…¡delicado y fino platillo para tan horrible ser! La luna llena, atravesando entre nubes iluminaba a intervalos la escena. Cuando la tragedia parecía consumarse y los desdichados irían a parar en las babeantes fauces del hombre lobo, hizo su parición un policía de abultado casco, haciendo girar su bastón al compás de una alegre tonadilla. El monstruo se retrajo y se retiró. Creí pasado el peligro y que el fallido asesino buscaría otra ocasión propicia; pero no contaba con la astucia de los magos del suspenso, como se verá más adelante:
-¿Ya se fue el HL? -preguntó mi hermano con voz trémula.
-Ya -asentí- ya puedes salir.
Estábamos viendo la película, cuando de pronto, la escena vuelve al susodicho parque y al alejarse el policía canturreando, hace su aparición el hombre lobo, más feroz y sediento que nunca, se acerca a sus inocentes víctimas que no lo han advertido y… ¡Zas…zas…pum…pum! Dolorosos puñetazos que me caían indistintamente por la cara y el estómago me sacaron bruscamente de mi hipnosis. Era mi hermano, que en un ataque de pánico y furia, me agredía:
-¡Achichín…! ¡Achichín…! ¡El HL… no se ha ido…! ¡Carajo, junagram…! ¡Carajo, concha...!
***********
Decididamente, deberían volver aquellos dichosos tiempos en que tales monstruos efectivamente hacían un efecto terrorífico verdadero.

jueves, 16 de julio de 2009

ESTAMPA. Los chuzos prestados

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Cuando era un rapaz, las únicas escuelas primarias de la provincia estaban en la ciudad y en algunas capitales de distrito, por eso los alumnos de los últimos grados venían de diferentes lugares de la provincia, con mucho sacrificio, trayendo en su alforjita los cuadernos, el pizarrín y su ración de cancha con papas sancochadas, único almuerzo del mediodía.
La mayoría de los muchachos íbamos descalzos. No había dinero ni para comer, cuanto menos sería para zapatos, pero, eso sí, íbamos limpios. A las siete y media estábamos en el chorro de la esquina lavándonos las tarjas con un trozo de teja hasta dejarlos rojos. Y así llegábamos a la escuela, descalzos,con patas de pugo, pero limpios.
********
Previo al día magno del desfile, había un ensayo general y en él cada Colegio conocía su emplazamiento y el turno de desfile frente a la tribuna. La ocasión era perfecta para “amansar” los zapatos recién comprados. Las burlas a costas de los novatos estaban a la orden del día:
-¡Qué bestia el Jibe, se ampolló! -Se burlaban de los vacilantes pasos de los amansadores.
******
Antonio estaba en el último año de primaria y su padre, pobre de solemnidad, no le había comprado zapatos, por eso marchaba descalzo, extremando los cuidados a causa de un pertinaz “cungash” que sufría en ambos pies ¡Qué diferente hubiera sido con un par de “chuzos"! Entonces sabrían quién era él.
Su amigo Romualdo, viéndolo en esos atrenzos, le dijo:
-No te preocupes, hermano, tengo un par que me he puesto tres veces y como me han comprado otros, te los voy a prestar para el desfile.
El día del ensayo, Antonio no cabía en su pellejo. Los zapatos le quedaban justos y el piso retumbaba cuando marchaba.
******

Hermosa fotografía de la calle Dos de Mayo, empedrada y con su acequia al centro.

Celendín era entonces una ciudad empedrada con las acequias en medio de las calles por las cuales discurrían las aguas de los pilones de algunas esquinas, llevando los desperdicios al río Chico.
-Cuando hagan pistas en todas las calles no van a encontrar un chungo pa’ rajarle la cabeza al prójimo- decía el maestro “Chusho” pregonando el progreso.
Cuando llegó el tiempo del cemento y de las pistas, se terminó entre otras cosas, el oficio de “sacapastos”, gremio en el que militaba el Berna, marido de la “Pava de Oro”, legendaria mujer pública de antaño. Era el Berna un tonto de capirote, alcohólico por añadidura, enfundado en unos raídos y enormes pantalones de montar, pago de algún cachaco por los favores de la susodicha.
Al final, la belleza bucólica de Celendín pagó caro el progreso. Una muestra de ello es la pavorosa cicatriz de la colina de San Isidro.
********
El día del ensayo, dejándose llevar por el patriotismo, Antonio marchó con el corazón, sin tomar en cuenta si en el camino había piedras o charcos. Viendo esto, Romualdo protestó muy enojado:
-¡Ya pues, Antonio, marcha bonito, no te metas en los charcos ni en las piedras, mira que son mis zapatos!
El aludido enrojeció hasta la raíz de los cabellos. Sus compañeros se burlaron de él por los zapatos prestados. Herido en su orgullo se despojó de los zapatos y los devolvió a Romualdo:
-Toma, hermano, tus zapatos y muchas gracias, ya no los necesito. No voy a desfilar- y dando la espalda se marchó, camino de La Alameda.
Pompeyo, el “cabezón”, le ancanzó y palmeándole la espalda, dijo:
-Bien hecho que le devolviste sus zapatos al ridículo del Romualdo. Ven esta tarde a mi casa, te voy a dar unos “linchitos” que me han mandado de Lima.
-Gracias, hermano -respondió Antonio- a ti te hubiera molestado y no al miserable del Romualdo que me ha puesto en ridículo frente a todos.
******
Llegó el Día de la Patria y, a las nueve de la mañana, haciendo retumbar la calle con su banda de guerra, bajó el Centro Escolar 81 rumbo a su emplazamiento, arengados por sus maestros. Antonio iba gallardo, delante del batallón.
Con la experiencia de la vez anterior, de reojo miraba al suelo cuidándose de los charcos y piedras y trataba de no pisar fuerte para no maltratar los zapatos.
Pompeyo, notando los remilgos de Antonio, le gritó desde atrás:
-¡Marcha bien, pues, Antonio, así nos van a ganar los potrosos del 85, déjate de vainas y dale duro a los chuzos, mira que yo no soy un ridículo como el Romualdo!

jueves, 18 de junio de 2009

PEQUEÑA HISTORIA: De reinas y primaveras

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Corría el año de 1958. Los mozalbetes de entonces, o estudiábamos en el 81, o en el 85, era como en los clásicos del fútbol: la mitad más uno andaba enamorado de Sarita León y la otra lo estaba de Maruja Torres. Como ambas vivían a inmediaciones de dichas escuelas, los del 85 éramos súbditos convictos y confesos de Sarita y los del 81 lo eran de Maruja. Así de simple y polarizado andaba el mundo.
Llegaba la época de primavera y la nostalgia era una catarsis colectiva. Toda la gente creía a pie juntillas en aquello de: “Había una vez una reina que vivía en un hermoso castillo de chocolate…” y a todo el mundo le venía el atavismo de las monarquías y los colegios y escuelas se ponían frenéticos en busca de una reina. Tenían la urgencia de rendirles pleitesía y vasallaje.
Se recurría a todo, rifas, venta de votos, donaciones, carros alegóricos, corso de reinas… Todo valía con tal de proclamarse súbdito de esas niñas dotadas de una belleza inaccesible, tanto que despertaba en nosotros ansias de adoración.
El mundo se volvía loco con la llegada de primavera y Celendín también caía bajo su influjo: bailes, reinados, proclamaciones, fiestas, desfiles y paseos al campo, entonces tan cercano y accesible, de donde volvíamos pletóricos de flores y oxígeno. Decididamente, el mundo no estaba tan polucionado como hoy.

Sarita I y su corte de vasallos en 1958

Ese año coronaron como reina del 85 a “Sarita I” y la vemos en el esplendor de su belleza de niña. Figuran como sus pajes Américo Contreras Iparraguirre y Santiago Morera Pereyra, y entre los súbditos anónimos están en primer plano Evaristo Bazán Silva y nuestro recordado Chemiel Araujo Saldaña, lamentablemente fallecido, hombre de empresa y gran difusor de la fiesta taurina en el nororiente del Perú.
Por entonces el director de la escuela era Don Luis Guillermo Pereyra Rabanal y laboraban como docentes, entre otros, Alfonso Rojas Chávez, Carmen Moscoso Pereyra, Luisa Sánchez Horna, Julio Chávez Chávez, Orestes Tavera Quevedo y Héctor Silva.

sábado, 23 de mayo de 2009

PERSONAJES: Don Pancho Izquierdo

Por Jorge A. Chávez Silva
A lo largo de la historia de Celendín hubo épocas signadas por el quehacer preponderante, aparte de la industria casera del sombrero cuyos orígenes permanecen difusos, pese a que hay versiones que señalan un comienzo, nosotros creemos que es parte de muestra herencia muchik.
Hasta que en 1933 se construyera la carretera que inició la diáspora de los celendinos en masa, el transporte se hacía en base al arrieraje por todas las rutas que comunicaban a Celendín. Recuas de acémilas transportaban la carga que venía de occidente hacia el oriente.
Celendín era una de las puertas de entrada hacia el alto Marañón, la otra era la ciudad de Bellavista en Jaén, hasta que en 1950 entró en funcionamiento el puente Corral Quemado, dejando a trasmano a Bellavista e infligiendo grave daño a la economía celendina. Muchos cabezas de familia se dedicaban a esta aventurada y peligrosa labor. Uno nunca sabía qué podría ocurrir en el camino. Según el Dr. Manuel Pita Díaz, Celendín vivía el esplendor de su época caballar. Las dos terceras partes del valle estaban sembradas de alfalfa y los corrales no se daban abasto para alojar a tal cantidad de acémilas.
Parte del orgullo de los celendinos era la tenencia de un buen caballo, un poncho de aguas y un sombrero fino Shilico. Se contaban por cientos los caballos de paso que marchaban airosos por las calles empedradas de Celendín, haciendo tronar y sacando chispas de las herraduras recién colocadas por el “Picarito” en la herrería del “gringo” Lucho.
Todos los caminos que comunicaban a Celendín con sus distritos y caseríos eran de herradura y los caballos los únicos medios de transporte para pasajeros y carga. Oficios afines a esta especie de caballería, proliferaban y era común ver talleres de talabartería y carpintería dedicados a la tarea de hacer monturas, bridas y estribos, en tanto que los zapateros se esmeraban en la confección de botas de montar para los caballeros. Los sombreros de paja toquilla son parte infaltable del atuendo de los chalanes.Los caminos de entonces, hechos por la “República”, rezago comunitario de la ley de conscripción vial se llenaban de fangos durante la temporada de lluvias y era común ver algún animal caído, aprisionado para siempre en esa trampa de piedras y lodo que había en ciertas partes de los caminos.
De esa estirpe de recios caballeros, desciende en línea recta don Francisco “Pancho” Izquierdo Díaz, estampa característica en hermosos alazanes y canelos por las calles del pueblo y en el coso taurino durante la fiesta patronal, acaudillando a finos caballeros como fiel expresión de las costumbres del Perú.

"Don Pancho Izquierdo a caballo" óleo por "Charro" (2m X 1,50 m)

¿Quién no recuerda el spot de Foptur que proclamaba “Celendin, tierra de chalanes y sombreros” con la imagen de don Pancho trotando en un fino potro por la calle del Comercio?
A raíz de pintarle el retrato que acompaña este testimonio en 1985, gozo de su amistad y de su cálida hospitalidad en su hermosa casa ubicada en el barrio de Bello Horizonte, aquel del panteón viejo, camino de los fieles del Niño de Pumarume. Don Pancho es pionero de la formación de ese barrio.
Recientemente estuve en su casa a raíz de la fundación de la Asociación de Propietarios y Criadores de Caballo de Paso de Celendín, entidad que tiene la finalidad de propiciar la cría y participación de estos nobles animales en las festividades tradicionales de nuestra provincia. Donde don Pancho es el tesorero además de oficiar de anfitrión de los aficionados que se dieron cita en aquella oportunidad.
Don Pancho Izquierdo es nuestro más caracterizado chalán porque encarna en cierto modo el espíritu celendino con su conocida generosidad y don de gentes. Celendín tiene en él al típico caballero shilico que aún trota por las calles a lomos de sus bellos animales.

martes, 30 de diciembre de 2008

NASHERIAS: Adivinanza

ADIVINA, ADIVINADOR: ¿QUÉ ES LO QUE SE VE Y NO SE VE?
Por Crispín Piritaño
Celendín

Eran los años culminantes de nuestra formación magisterial y por fin teníamos que pasar de la teoría de las aulas a la praxis de la profesión practicando en las escuelas de la localidad.
El punto de partida era la observación de la clase maestra a cargo del profesor titular del aula. Al grupo que integraba nos tocó practicar en el aula del profesor Aníbal C. Rodríguez Marín, el popular “Sheque”, docente de nuestra recordada Escuela Nº 85.
Estábamos expectantes acerca de cómo desarrollaría las fases de la clase, partiendo de la motivación, momento muy importante si se pretendía lograr plena concentración de los alumnos. Dicen los expertos que una buena motivación es sinónimo de aprendizaje significativo.
El maestro Aníbal ingresó saludando cortésmente e indicó asiento a los alumnos que se pusieron de pie en señal de respeto.
-Antes de empezar, niños, quiero hacerles una adivinanza: a ver, adivina, adivinador… ¿qué es lo que se ve y no se ve?
Tras breves instantes, varios niños levantaron la mano, ansiosos.
-¡Yo, maestro! ¡Yo, maestro!
-A ver, tú- indicó el maestro a un pecoso rubicundo- ¡El duende!-¿Alguno de ustedes ha visto un duende?-No, no- contestaron varios en coro- Entonces no es el duende- dictaminó don Aníbal.
-¡Yo, maestro! ¡Yo, maestro!-clamaron otros levantando las manos
-A ver, tú, Eusebio: -¡Dios!- ¿Alguien ha visto a Dios?- No, pero todos saben que está en todas partes.-Sí, pero nadie puede decir cómo es, por consiguiente no es esa la respuesta.
Y así prosiguieron aventurando varias respuestas: el alma, el aire, el agua, el sonido, etc., y ninguno acertaba.
Experimentado como era, el maestro “Sheque” tenía un “sembradito” entre los niños, es decir, un alumno que sabía de antemano la respuesta.
Cuando éste alzó la mano, el maestro indicó:
-A ver, tú, Jaimito.
-Es su sueldo del maestro Mime, profesor.
-¿El sueldo del maestro Mime? A ver, explica, Jaimito ¿cómo es eso?
-Fácil, el maestro Mime lo cobra a fin de mes y lo ve por unos momentos, luego lo reparte en todas las cantinas como frito de chancho de vecindario, y ya no lo ve ¿Se da cuenta, maestro?
-Tienes razón, Jaimito. Lo que sucede es que el profesor Sánchez es poco previsor, no guarda pan para mayo y seguramente tendrá mal fin…¿Conocen ustedes a don Eusebio Horna, a doña Amalia Cachay, a don Lucho Pereyra, a don Wilfredo Merino, al profesor Manongo, a la profesora Chávez Paredes y al maestro Blanco José que trabaja en nuestra escuela?
-¡Sí! ¡Sí! – contesta la algazara de los niños.
-¿Y han visto que esos señores tienen dinero, propiedades, fincas y automóviles?
-¡Sí! ¡Sí!
-Es que esos señores guardan pan para mayo y ahorran su platita en previsión de lo que pueda ocurrir, por eso tienen mucho dinero. Lamentablemente el Profesor Manuel es poco previsor, roguemos al altísimo que nada malo le suceda. Ahora, niños, vamos a hablar de la importancia del ahorro- prosiguió su lección don Aníbal Circuncisión.
Dichosos tiempos aquellos en que los maestros como Mime podían ver y palpar su sueldo aun cuando sea por un momento. Los maestros de ahora, gracias a los préstamos bancarios y a las tarjetas de crédito, ni siquiera lo ven.


martes, 12 de agosto de 2008

DOCUMENTO: En busca de la familia perdida

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro"
La foto que insertamos tiene como data “Caballococha, 21 de mayo de 1900” y en el reverso se lee el siguiente mensaje:

“Para Juliana Rocha.
Este retrato lo dedicamos a mi amorosa abuelita, en prueba de verdadero cariño que le profesamos, Wilfre, Zoila C. y Corinita, para que siquiera nos conozca”.

Pioneros celendinos en el Oriente, a comienzos de siglo...
Pues bien, la señora Juliana Rocha fue nuestra bisabuela y el señor de la fotografía es Neptalí Pereyra Rocha, celendino, hermano de la señora Clotilde Pereyra Rocha, nuestra abuela. Él viajó a la selva a fines del siglo XIX atraído por las quimeras del caucho, como tantos jóvenes celendinos de la época, y nunca más volvió a la tierra.
Al parecer, Neptalí sentó familia en Caballococha, frontera del Perú, Colombia y Brasil. Como podemos colegir de la imagen, la señora de pie a la izquierda es su esposa Corina Guzmán. De la matrona sentada desconocemos su identidad pero seguramente es la suegra que tiene en brazos a Corinita Pereyra Guzmán. Los otros niños son Zoila y Wilfredo Pereyra Guzmán.
Queremos conocer a esta familia perdida y rogamos a quien tuviere noticias de ellos o de sus descendientes, porque suponemos que todos los personajes de la fotografía han muerto, se comuniquen a la página CELENDIN PUEBLO MAGICO.
Lo último que supimos de ellos es que Zoila Pereyra Guzmán vivía en los años cincuenta del siglo pasado en General Córdova 174, a media cuadra de Canevaro en Lince, Lima, pero por más que realizamos pesquizas no pudimos establecer contacto con ella. Esperamos que el destino, así como los apartó del seno familiar, nos lo devuelva, siquiera para conocerlos y fundirnos en un abrazo familiar.

martes, 22 de julio de 2008

ESTAMPA: El día del desfile

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Desfilar por fiestas patrias en Celendín era un asunto de vida o muerte. La rivalidad entre escuelas y colegios era enconada. Que si el 81 o el 85, que si el 89 o el 82, que si el Javier Prado o el Agropecuario... Y luego estaban las Carmelas, que también entraron a terciar. Todos los ansiosos espectadores tenían sus preferidos y, por verlos, desde la víspera, dormían en el atrio de la iglesia en sus bancas colocadas en primera fila.
Casi todo el mes de julio la pasábamos en ensayos. Había algunos chúcaros que eran incapaces de coordinar sus movimientos y eran la nota disonante entre la uniformidad. El batallón avanzaba por el empedrado de la calle y se escuchaba el ¡pram! ¡pram! acompasado. A los maestros se les ponían los pelos de punta cuando escuchaban de pronto el tálaj, tálaj de algún desorejado que no entendía que el golpe del bombo era para el pie izquierdo.

El gran desfile de 1963. Foto cortesía del prof. Javier Chávez Silva.
El 28 todo era movimiento en las calles, que faltó la escarapela, los galones, betún para el calzado, la insignia, el disco de la cristina, o ¡que sé yo! Las mamás preocupadas corrían de un lado a otro para remediar el último detalle. Los maestros se miraban por última vez ante el espejo antes de ir al magno evento.
Ya en formación frente a la escuela, la banda de guerra ensayando desordenadamente, las últimas recomendaciones del director: que si habremos tomado buen desayuno para aguantar, que hay que dejar el alma cuando pasáramos por la tribuna, que no nos puede vencer la escuela rival. ¡De ninguna manera nos puede ganar el 81 potroso!
Los maestros daban los últimos toques a la formación colocando en la columna del centro a los descalzos y a los enzapatados en los flancos. Todo al parecer estaba listo. Una última mirada y de repente caían en cuenta que había algunos ralitos que podían desmayarse en los emplazamientos previos al desfile.
-A estos enclenques hay que ishanarlos, les va a dar váguido.
Y así eliminaban a los flaquitos: al Miguicho, al Patico, a los Capachos y al Clavi. Los pobres, además de ser desembarcados a último momento, sufrían el vejamen de ser despojados de las prendas que les faltaban a los otros. Les quitaban la insignia, la cristina, la corbata , los galones y hasta la correa. En ese tiempo no se hablaba de autoestima. Hoy, al profesor que incurre en eso lo fusilan por mutilar el perfil del alumno.
Los pobres defenestrados no se resignaban y seguían por la vereda el mismo paso de sus compañeros, marchando… marchando… y uno, dos…y uno, dos…

****
Estaba en el medio del batallón volteando la esquina para pasar frente a la tribuna oficial y no sabría decir si fue la elegancia de las autoridades, la belleza maquillada de las damas con cartera, la voz chillona del locutor oficial resumiendo la gloriosa historia de la escuela, la ansiedad de los ojos del público espectador, la angustia reflejada en el rostro de mi madre, el espléndido sol que parecía alegrarse por el aniversario de la independencia, el cielo eternamente azul, los cachetes vibrantes del gordo que marchaba a mi lado o los cohetecillos que empezaron a sonar previo a nuestro paso…
No lo supe nunca, pero justo cuando pasaba por la tribuna, todo se hizo nebuloso y empecé a marchar en un sueño del que no quise despertar jamás.

sábado, 3 de mayo de 2008

ESTAMPA: Una de sastres

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
En los tiempos de Ñangué, en que no había secundaria en Celendín, sólo los más pudientes enviaban a sus hijos a San Ramón de Cajamarca, a muchos jóvenes no les quedó más alternativa que aprender un oficio, o irse a la Guardia Civil.

En mi tierra no hay trabajo,
ni siquiera de albañil,
para que no me digan vago,

me voy de guardia civil.

Por ese tiempo, los talleres de los artesanos eran la escuela de la vida, allí se reunían, además de los aprendices, estudiantes, desocupados y cualquier prójimo que tuviera tiempo de pasar un rato de solaz y buen humor.
Allí menudeaban los chismes, los sobrenombres, las sátiras, las caricaturas y cuanto disparate pudo crear el ingenio shilico.

Ahora que terminaste tu primaria, hijo
tienes que aprender un oficio
pues no consigue mujer bonita
quien no tiene oficio ni beneficio.


¿Quiéres ser herrero, o sastre? ¿sastre? Muy bien, hoy mismo voy a hablarle al Romualdo para que entres como aprendiz en su taller.
Y allá iba el futuro sastre, dispuesto a darle a la tijera, al hilo, a la aguja, a aplicarse en el pespunte, en el hilván, en el torzal, ABC del sastre y, desde luego, en la jerigonza y agudezas propias del oficio.
Había oficios para todos los gustos: zapatero, carpintero, herrero, sastre, peluquero, talabartero, albañil, enfrenador de sombreros, pintor y, con un poco de luces, hasta se podía aspirar a escribano o picapleitos.
El humor celendino bautizaba a sus artesanos con diversos sobrenombres con los cuales se los ubicaba con más certeza.

-¿No conoce usted, por casualidad, el taller de los Chávez?
-¿Chávez..., qué Chávez?
-Esos que les dicen los trolitas.
-Ah, pues, por ahí debió empezar, su taller qu
eda junto a la Purísima.

Todos los talleres tenían mucho en común: el olor a acetato chamuscado, las máquinas de coser “Singer” con castillo de rana, la gran mesa de cortar, los caballetes con sus almohadillas, el potecito de agua con su "muchacho" de trapo, los cortes de tela colgando como telón de fondo, los infaltables almanaques con las glamorosas pinups de Gil Elvgren de los años cincuenta, las bancas para los clientes y habitués, el elegante y acartonado maniquí, las tizas planas y triangulares, las reglas de trazar, y entre los fierros, las grandes tijeras de cortar y la famosa plancha marca “gallo” sobre artesonado pisaplancha.
En ese tiempo no existían los jeans, ni la ropa cosida en serie. La elegancia era una manera de ser y de sentir, cualquier shilico que en algo se estimara, vestía a la última moda de Lima o Buenos Aires y tenía un sastre de su preferencia, aquél que lograba para él, el mejor cruce en el saco y el perfecto botapié para que se apreciara el brillo de los zapatos.

"Don Pancho Plototoj", por "Charro.

Celendín tuvo muchos sastres, para elegir, en cualquier barrio de la ciudad. Estaban los señores Pedro Santos Sánchez, Tobías Cachay, Napoleón Montoya, los mencionados “Trolitas”: Alberto, Antonio, Nelson, Idelso y el famoso “Cabo”, Idelso Rojas, Celestino Díaz, el “Toro” Félix Pinedo, Rodolfo Gil Collantes, “Gillcoll”, Humberto Merino, Romualdo Muñoz, Maximino Rojas, Absalón Chávez, Avelino Cotrina, Carlos Cachay, el “sordo” Alfredo, Rafael Rocha, el Cojal, el “Ñato” Renán de La Breña, los Churgapes, Teófilo Chávez Pereyra, don Francisco Díaz Rocha, más conocido como “Plototoj” y, por supuesto, mi padre Antonio, “El Charro”. Mil perdones si olvido a algunos artesanos de la cinta métrica al cuello pero, siempre, la memoria es ingrata.
En esa rivalidad entre los del gremio, los hijos jugábamos un partido aparte: todos los domingos teníamos que ir muy temprano a la entrada del Cumbe, hoy desaparecida por el avance urbano que han convertido a las calles de San Cayetano y el Cumbe en los intestinos delgado y grueso, respectivamente, de Celendín.
En esa entrada, repito, confluían los caminos que llegaban de los distritos y caseríos del oeste. Allí esperábamos a los campesinos que traían el carbón para las planchas, tenía que ser de lanche. Comprometíamos al carbonero, lo encaminábamos al taller y con las mismas a regresar por otro. En esa explanada en donde se jugaban los partidos de fútbol entre solteros y casados, había una cantina de medio pelo, de esas de rompe y raja y chicha retumbada. Allí tomaban la del estribo los campesinos que se encontraban de tiempos y allí vimos como las rivalidades por tal o cual circunstancia de la vida las resolvían a machetazos.

sábado, 22 de marzo de 2008

ESTAMPA: El coche guanche

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Era una costumbre en el pueblo, siempre había en el barrio una familia que engordaba un cerdo para la fiesta. Todo el vecindario colaboraba en el afán. Las dueñas de casa ordenaban a la hija después de haber lavado la vajilla:
-Oite, Susanita, llévale ese balde de agua sucia a doña Hermelinda pa´su chancho.
Con tan desinteresada colaboración el porcino engordaba que era un contento.

Niña, ¿zarca?, shilica con el susodicho animal como telón de fondo (Foto Charro)
Llegaba el tiempo de la fiesta y el puerco se había convertido en un paquidermo gigantesco. La dueña llamaba a consejo de familia y luego de una votación democrática y sin más trámite, se decretaba la muerte del cochino.
El día señalado había gran trajín por toda la casa. Los hombres habían ido temprano al bosque de la pampa grande y ya retornaban portando grandes ramas y chamiza de eucalipto, las mujeres rondaban en torno a enormes ollas que sudaban en los fogones cocinando el mote, y broncíneos peroles refulgían en las tullpas. Los más viejos escanciaban la chicha de los urpos y bebían para prevenir la pateadura del coche.
En la hora de la verdad hacía su aparición un tipo delgado, viejo y hablador –era el matarife-. Saludaba atento y zalamero a los presentes y brindaba con ellos sendos vasos de chicha. Luego, como en un ritual misterioso, extraía de entre sus ropas un enorme y filudo cuchillo, al que, como quien conversa, aguzaba en un chungo. Luego, con la destreza digna de “El Viti”, encarábase al porcino propinándole certera estocada. El animal entre chillidos y aspavientos pasaba a mejor o peor vida.
Prestas las mujeres acudían con sus cazos a recoger la sangre que manaba del enorme cuello del animal. La sangre es un ingrediente importante en la elaboración de los rellenos y salchichas.
En extraña procesión, el cerdo era conducido a un punto del patio en donde lo cubrían con las ramas y chamiza y le prendían fuego para eliminar la cerda de la piel. Un acre olor, muy caro al olfato celendino, inundaba el ambiente. En las casas adyacentes, los vecinos que habían escuchado los chillidos del animal, husmeando el aire comentaban:
-¡Ve! Doña Hermelinda ya lo mató al coche.
Una vez chamuscado, lo lavaban chuya chuya con agua caliente y lo raspaban con machetes eliminando todo resto de cerda. Todo este proceso había inflado al chancho hasta dejarlo redondo como una bola. Le metían una piedra en el hocico para que no cargue el humor. Cortábanle luego la cola que servían al matarife como premio a su faena.
Con una reata lo colgaban en la viga más fuerte y allí quedaba como un reo ahorcado. (Estas escenas tragicómicas eran usadas por los chapistas para maltratar al prójimo. Conozco a varios gorditos, coloraditos para más señas, cuyos sobrenombres eran precisamente “coche lavau”, “chancho crudo” o “coche aorcau”)
Le abrían el vientre y extraían las vísceras, que, cortadas en pedazos, iban a parar en los peroles que rechinaban de calientes. Las tripas eran separadas para salchichas y rellenos y luego procedían literalmente a sacarle la piel a tiras y las ponían a secar para carapshos, la grasa subcutánea era cortada en lonjas y se derretía en los peroles convirtiéndose en la preciada manteca.
Todos los muchachos del barrio esperábamos impacientes la extracción del copocho que inflábamos a guisa de pelota y en el espacio más cercano nos trenzábamos en interminables y disputados partidos de fútbol que concluían cuando el “esférico” quedaba convertido en un guiñapo sucio y desinflado.
Este complicado proceso de beneficiar al chancho proseguía en medio de densos olores y profundas libaciones de chicha y aguardiente que tenían para mí mucho de telúrico y mágico. Fatalmente, esos efluvios me saturaban y, sin haber probado siquiera un chicharrón me sumergían en un terrible suplicio en el que se alternaban vómitos, eructos negros y horribles cólicos que terminaban con mis pocas energías.
Mi dulce abuela me miraba con sus ojos de miel y acariciando mi cabeza comentaba:
-¡Bah! A este cholito ya lo pateó el coche… mañana ya pué que coma sus chicharrones.
Lo único que deseaba en esa terrible velada, era que sufrieran también tal pateadura todos los malévolos vecinos que habían contribuido al encebamiento de tan funesto bicho y que a esas horas estarían comiendo alegremente el “frito” que, con mote y papas revueltas, mi abuela les envió.

lunes, 10 de marzo de 2008

NASHERÍAS. ¡Monstruo...!

Por Crispín Piritaño
Celendin
Algunos de los amigos íntimos me conocen con el apelativo de “Monstruo”, los más me dicen “Muñeca de zanahoria” y otros creen que he nacido en Chacra Colorada por mi color, pero soy celendino, a mucha honra.
Eran los dorados días de nuestra adolescencia y debo declarar, en honor a la verdad, que fui uno de esos niños seráficos, nacido en cuna de oro, aunque de eso ahora sólo queden recuerdos nostálgicos.
Mi padre era uno de los pocos que tenían automóvil último modelo. En la lejana provincia no habían muchos que podían darse ese lujo. Y así, con el carro a disposición, aprendí a manejar mejor que él, que era medroso a la hora de tomar el volante, sobre todo cuando de cruzar un puente se trataba. ¡Cuántas veces se quedó atrapado, con las dos ruedas laterales caídas, girando al borde del puente!
Me convertí en un experto y circulaba por las calles como Fangio por las pistas.
Un viernes al mediodía, al salir del colegio, mi padre había viajado a la capital del departamento olvidando las llaves del coche, las cogí de inmediato, saqué el automóvil y enrumbé a la plaza de armas. En una esquina me topé con un amigo, que también salía del colegio con el clásico uniforme comando.
-¡Picho, sube, vamos a dar una vuelta por José Gálvez!
En la plaza de armas nos encontramos con el “Chisco”, otro amigo de nuestra edad.
-¡Vamos a José Gálvez!- lo invité.
Raudos, levantando polvo por la carretera, cruzamos Bellavista y ya casi para llegar al desvío, detuve un momento el vehículo y dije persuasivo:
-¡Mejor vamos a mirar hembritas a Cajamarca!
Nuestro afán de aventuras y el hecho que mis amigos jamás hubieran salido del pueblo nos facilitó las ansias de viajar. Cruzamos las cumbres de Cumullca, pasamos por la Encañada, la Pampa de la Culebra y ya bajando por Puylucana, divisamos la mítica Cajamarca.
Allí tuvimos que transitar por los extramuros de la ciudad por temor a que nos pillara mi padre si circulábamos por el centro.
-¿Qué les parece si de una vez vamos a Trujillo? Mañana estaremos de regreso. Mañana es sábado y no hay clases, van a ver la cara de envidia que ponen los patas cuando les contemos el lunes nuestras aventuras en Cajamarca y Trujillo.
Y allá fuimos, subiendo el Gavilán, bajamos luego rumbo a las tierras calientes de la costa. Mis amigos eran todo ojos devorándolo todo con la avidez del que baja de las alturas en busca del mar. Llegamos a Trujillo al amanecer, dormimos un rato en el carro. Con el poco dinero que pudimos reunir, fuimos al mercado en busca de un buen shámbar recuperador.
Decidí hacer taxi para conseguir algo de dinero para la gasolina y alimentos. Un pasajero nos animó a hacerle una carrera a Lima. Sin pensarlo dos veces cargamos sus bultos y allá fuimos rumbo a la capital.
Lo que nos pagó el tipo apenas alcanzó para llenar el tanque y comer un par de sánguches. En la capital, si pasaban dos mil transeúntes, ninguno era conocido, todos eran ajenos a nuestro drama. Permanecíamos dentro del vehículo, cansados y hambrientos. De pronto ¡Oh, maravilla! Por increíble que parezca, vimos pasar a un paisano, un muchacho que el año pasado todavía estudiaba en el pueblo. Lo silbamos con una clave conocida de Celendín. El amigo volteó extasiado de escuchar un trino nativo en esa selva de cemento. Nos abrazamos efusivamente. El amigo trabajaba en una fábrica, era sábado y para felicidad nuestra, había cobrado su salario semanal. Amenizamos el almuerzo con la narración de nuestras aventuras.
Así estuvimos durante una semana, visitando a los paisanos que salieron de la tierra para no volver. Nos invitaban de buen grado, maravillados de nuestras diabluras.
Mientras tanto mi padre que, estoy seguro echaba más de menos a su automóvil que a mí, andaba desesperado buscándonos, lo mismo que los padres de mis amigos, habían telegrafiado a Cajamarca, Trujillo y Lima. Por un paisano se enteraron que estábamos en la capital.
Nuestra vida aventurera se enriquecía de anécdotas y parecía no tener fin, cuando he aquí que nos distrajimos en el cruce de dos avenidas. No nos dimos cuenta que el semáforo marcaba rojo y ¡Crash! Nos estrellamos con otro automóvil, que para mala suerte mía, resultó ser de un alto jefe de la policía. Mis compañeros de viaje desaparecieron. Uno de ellos jamás regresó al terruño.
Me detuvieron de inmediato junto con el vehículo. Las autoridades se preguntaban extrañados cómo pudimos haber viajado tanto en condición de menores de edad, sin brevete, ni documentos. Llamaron a nuestros padres por teléfono. Al día siguiente, muy temprano, llegó mi padre. Casi le da el patatús al ver su amado automóvil con la máscara destrozada y peor cuando el propietario del otro automóvil le presentó la factura por las reparaciones que había hecho en su vehículo.
Finalmente ingresó a verme, encerrado como estaba en una pequeña celda. Me miró como se mira a un alienígena de piel viscosa, ojos por toda la cabeza y brazos de pulpo. Allí, en el colmo de su furia, me escupió ese calificativo que resumía toda la dimensión de mi actitud:
-¡MONSTRUO!


sábado, 23 de febrero de 2008

PAISAJES: Plaza de Armas de Celendín, años 50

Por Rafael Díaz Solis
Hermosa vista, de lente anónimo, del Celendín de fines de los años 50. suponemos. La foto ha sido tomada desde uno de los balcones de la Municipalidad, una mañana luminosa y de poco sol.
¡Que hermoso y apacible era nuestro Celendín, con su plaza armoniosa, engalanada con su modesta pero bella fuente, y, sobre todo, con su mirador natural: la colina de San Isidro!
La colina de San Isidro, la colina de los niños de Celendín, nuestra colina, se ve en todo su esplendor. Nuestra colina, hoy destruida por autoridades criminales y por los afanes "artísticos" de Miguel A. Díaz, un paisano que se pretende escultor y que no vacila en arruinar lo genuino y lo bello.

Foto cortesía del profesor Walter Francisco Mori Chávez
Allí está San Isidro, tal como la conocimos de pequeños, desde donde elevábamos nuestras cometas, con su capilla modesta pero auténtica, sin la mala, estrafalaria y pretenciosa imitación del Cristo de Rio de Janeiro que "luce" hoy, impuesta sin concurso ni ideas por un alcalde corrupto y por un artista que no sabe, que nunca supo, lo que es respeto por la urbanística genuina de su pueblo ni por el paisaje que enmarca esta urbanística.
Esto puede parecer excesivo con respecto a alguien que trabaja, se supone, al servicio de la cultura y de la belleza, pero qué se puede decir ante las tropelías que comete el señor Díaz. Otra prueba de lo que es capaz es el "sombrerazo" que este Atila del arte ha impuesto en la plaza de Bellavista... Ahora dicen que está "trabajando" en la capilla del Niño Dios de Pumarume. Qué la Virgen nos proteja con su manto...
Pero volvamos a la foto, allí está nuestra colina tal como era entonces, con su cruz delantera de madera y más atrás, la casa de doña Zelfa Díaz, madre del célebre "Patón" Merino, el as del fútbol celendino. Todavía no existía el hueco de la ignominia, ni estaban hollando sus faldas los invasores Tabaco, ni los Castrejones.
Allí está el terreno de nuestros juegos y de nuestros sueños, desde donde contemplábamos nuestra ciudad tranquila, como detenida en espera de mejores tiempos.
Allí está la dura cuesta que conducía a la pequeña capilla original de San Isidro y las rodaderas por las que nos deslizábamos, sentados en una penca, o en cartones, poniendo en riesgo nuestra integridad física y maltratando nuestras ropas modestas. En tan peligrosa aventura, que nos dejaba a salvo o con magulladuras en la zanja que discurría al término de la colina, nuestra infancia se preparaba para la vida.
Y abajo, delante de la vieja Iglesia de la Virgen del Carmen, tenemos, en toda su sencilla magnificencia, a nuestra Plaza de Armas tradicional. ¡Qué bonita era! En primer plano, unos colegiales, del "Javier Prado" seguramente, porque visten uniformes caquis -ya que los niños que íbamos a la escuela lo hacíamos con ropa de calle y con frecuencia sin zapatos- departen trepados en el pedestal del asta de la bandera. En el centro está la pila original, construida en 1940, con su octágono de piedras cinceladas y la estructura de bloques geométricos que caracterizaba sus líneas.
Celendín era, por entonces, un pueblo con personalidad marcada, bello, armonioso, apacible y silencioso. La foto lo dice, hay poquísimos transeúntes en las veredas y sólo unos cuantos vecinos sentados en las antiguas bancas de granito. No se ve ningún carro en sus alrededores.
La Iglesia Matriz de Nuestra Sra. del Carmen, de barro, tal como la construyeron los primeros celendinos que fundaron la ciudad, también brilla con su modesta belleza, antes de que se le encaje torres coronadas con vulgar loseta. Delante está su enrejado, que delimitaba el atrio, y las dos espadañas laterales, una de las cuales era el campanario. Al centro, la puerta principal, con pórtico en relieve y con la rodela encima, que guardaba la imagen de la Patrona de la ciudad.
Desmejora la imagen, a la izquierda, como avisando los desastres que traería el futuro, la típica casa con calaminas oxidadas, ya sin las tejas shilicas pero aún con los balcones originales de madera. Luego, la casa de la familia Chávez Díaz y la tienda de doble puerta de don Manuel Sacramento Díaz. Al lado derecho está la casa de tapia alta, reemplazada hoy por los engendros que conocemos.
¡Preservemos la urbanística propia de Celendín!
¡Todavía podemos salvar lo hermoso que queda de nuestro pueblo!

martes, 5 de febrero de 2008

FOLKLOR: Invitación al Carnaval Shilico

Hola paisanos, un buen día para todos. Permítanos enviar este mensaje luego de saludarlos afectuosamente y hacerles conocer a todos ustedes y por su intermedio a su entorno familiar, que con la finalidad de celebrar nuestros tradicionales Carnavales, la Hermandad de la Virgen del Carmen ha organizado una fiesta en el local de la Asociación Celendina , sito en la Av. Brasil N º 1580, el sábado 16 de febrero a la 1 p.m.
Degustaremos un riquísimo picante de cuy y un tamal preparado por manos shilicas; el costo es S/.15.00, incluye el almuerzo y el baile. Habrán cuatro cuadrillas cargaditas de los verdes. Será motivo de un grato reencuentro. Para mayores detalles adjuntamos el volante propagandístico.
Abrigamos también el propósito de conocernos vía este medio, de alcanzarnos la dirección del correo electrónico de otros familiares, amigos y paisanos, a fin de participarles de las actividades que organice nuestra Asociación, la Hermandad, y otras relacionadas de nuestra tierra, etc.
Aprovechamos para reiterarles nuestros parabienes personales, familiares, profesionales y sociales.
Atentamente, un paisano vuestro.

Jorge Machuca Cruz

martes, 15 de enero de 2008

NASHERIAS: La estatua

Por Crispín Piritaño
Celendín
-¡Tenemos que tomar la Plaza Bolivar!
Era la consigna que el coordinador de la marcha esparcía entre las columnas de maestros que protestaban por la avenida Abancay. Todos corríamos desordenadamente, entre gases lacrimógenos que nos arrancaban lágrimas de rabia e impotencia, amenazados por los robots con cascos y largos escudos transparentes que mostraban difusos rostros fachistas. Era el cordón represivo que impedía nuestro objetivo.

Antigua Plaza de la Inquisición en 1900, antes de construirse el Parlamento.
Pero allá fuimos, arremetimos como la serpiente inca que engullía territorios en la antigüedad y nos apoderamos de la Plaza Bolívar, donde los dirigentes presentarían un copioso pliego de reclamos para paliar la triste situación de los maestros del Perú. Del Palacio Legislativo salieron los oportunistas de siempre, algunos congresistas que, pensando en la próxima reelección, aprovechaban la coyuntura para ofrecer a los maestros -vía megáfonos- mejoras laborales y salariales que nunca cumplirían.
Sudoroso y cansado, dije a los pocos combativos de la base:
-Vamos a buscar la sombra de un árbol hasta que terminen de hablar los oportunistas.
Una vez a buen recaudo, hicimos una chanchita para comprar unos helados que compartiríamos para matar el calor. Cada uno aportaba solidariamente lo poco que teníamos.
Uno de mis compañeros, el más chato, se había quedado estático observando la estatua ecuestre de Bolívar que se yergue en el centro de la plazuela, vilmente pintada de negro por ignaros conservadores del parque en lugar de bruñirla para destacar el brillo del bronce.
-Mira, Crispín –dijo admirado-¿has visto esa hermosa estatua frente a nosotros?
-Claro, es la efigie del Libertador Simón Bolívar, mandada hacer por Bartolomé Herrera en 1853, cuando era plenipotenciario del Perú en Roma y es obra del escultor italiano Adán Tadolini.
-¡Que bestia! ¡Parecen vivos el jinete y el caballo!
-Claro, es una obra de arte de estilo realista.
-¿Y es de plástico, no, Crispín?
-¿Cómo? Por eso estamos como estamos ¿Cómo va a ser de plástico? pedazo de bruto…¡es de bronce!
-¿De bronce? ¡Pasu macho! ¿Cuánto habrá padecido el tallador para hacerla?

HISTORIA: Juan Basilio Cortegana, semblanza y documentos

UN HIJO ILUSTRE DE CELENDÍN: JUAN BASILIO CORTEGANA Y VERGARA     Por Nazario Chávez Aliaga El día 12 de noviembre de 1877, en su domicilio ...