viernes, 16 de agosto de 2013

SIN TAPUJOS: Los buitres sobre la desgracia

Por Jorge A. Chávez Silva
Una cruel burla al pueblo peruano.
Hoy se cumplen seis años de la adversidad sísmica que asoló a los pueblos del sur chico. Aquella nefasta tarde, el que esto escribe se encontraba con una bella dama francesa frente al edificio de vidrio de la Telefónica en Miraflores, observando a través de la transparencia del cristal las gestiones que hacía el escritor Alfredo Pita con una señorita que atendía sus reclamos. Eran poco más de las seis y media cuando todo empezó a temblar. Mi gentil acompañante, pese a la poca costumbre que tenía de estos casos, no se inmutó y permaneció serena en medio de la gente que, presa del pánico, corría en diferentes direcciones, y observábamos con alarma como, del edificio de Telefónica evacuaban en bullanguero desorden  los empleados bajando en tropel por las escaleras, mientras Alfredo rescataba sus documentos de la ventanilla de donde había huido, rauda, la señorita que lo atendía.
Todo era un caos en Lima. Los celulares no funcionaban y el tráfico era una desgracia. Más tarde nos enteramos que el epicentro del sismo había ocurrido en el sur, causando gran destrucción en las ciudades de Cañete, Pisco, Chincha, Ica y en los pueblos aledaños. La solidaridad internacional  no se hizo esperar y empezó a llegar ayuda en aviones con destino a los damnificados del terremoto que alcanzó la terrífica cifra de 7,9 grados.
En el gobierno del gordo García, signado por la corrupción generalizada de los funcionarios, surgieron los buitres acechando en círculos a los despojos de la desgracia  y empezaron a lucrar con la ayuda internacional y  luego a negociar los bonos que el gobierno emitió para ayudar a los hermanos caídos y se formó la comisión Forsur, que se encargaría de la reconstrucción de la zona siniestrada, con una secuela infeliz de desaciertos y robos que escandalizaron a la opinión mundial.
Pocas semanas más tarde tuve ocasión de viajar a la zona y lo que vimos era para llorar: nada se había reconstruido y miles de niños clamaban por un bocado para subsistir, los ladrones comunes hacía de las suyas y la gente prefería dormir en la plaza de armas de Pisco y dejar que los malandrines se llevaban las pocas pertenencias que tenían. No había agua y los desagües colapsados eran una amenaza latente de epidemias. Las madres con sus niños a cuestas pedían una manta para guarecerse del frío invernal.
Pasaron dos, tres años y llegó a su fin el gobierno irresponsable del gordo y con él se esfumaron millones de los fondos destinados a la reconstrucción. Los responsables, funcionarios de Forsur, alcaldes y otras autoridades, que antes tenían una modesta casa en donde vivir ahora mostraban suntuosas construcciones que hablaban a las claras de la rapiña que hicieron con la desgracia del pueblo. Como siempre ocurre en nuestro país se formaron comisiones investigadoras, se levantaron secretos bancarios y tras muchos aspavientos de Rogelio Canches, presidente de la comisión, nadie resultó culpable y todo se cubrió con un velo de impunidad.
La desfachatez del gordo, que alguna vez lo llevó a declarar ante un figureti entrevistador televisivo con aquella frase que lo pinta de cuerpo entero: “No seas cojudo, la plata llega sola”, tiene ahora ribetes siniestros si examinamos la rapiña del sur, los narcoindultos, las obras supervaloradas y las concesiones mineras entreguistas, como la que ocurrió cuando, en los últimos de su gobierno, firmó el falso EIA de Yanacocha para explotar Minas Conga, origen de las desgracias del pueblo cajamarquino y en especial del celendino. Todo esto nos hace exclamar con tristeza como el payador perseguido:  “Y Dios por aquí, y no pasó”.