lunes, 22 de febrero de 2010

ESTAMPA: ¡Cachetón!

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Cuando era un mozalbete de primaria, una de mis tareas cotidianas era la de recoger la leche de mi bisabuela Hermelinda. Ella vivía a una cuadra pasando la plaza de armas y al salir de la escuela por las tardes tenía que ir con un porongo. Caminaba por todo el Comercio, luego atravesaba la plaza en diagonal y recogía la leche fresca, pues mi bisabuela tenía varias vacas lecheras.
Al regresar por el jirón del Comercio, me distraía leyendo los avisos publicitarios de los comerciantes de tal manera que, sin notarlo, bajaba de la acera y resultaba caminando por el empedrado de la calle hasta casi llegar al borde de la acequia central. Cuando estaba a punto de caer en ella, me daba cuenta y otra vez regresaba a la acera para continuar haciendo lo mismo. Era lo que en Celendín conocen como un abreboca. Menos mal que en ese tiempo eran muy raros los carros que circulaban por las calles, si no ya hubiese muerto atropellado.

Viejos carnavaleros, entre ellos don Rafael Merino, segundo, de izquierda a derecha. (Foto archivo CPM)

Seguía en mi afán de leer los avisos cuando de repente ¡zas! una mano engarfiada me había atrapado por uno de los cachetes. Una rápida y vigorosa torsión, un chasquido sonoro y la frase ¡cachetón! me sacaban de mi abstracción. ¡Era don Rafa Merino que por enésima vez me hacía cachetón! Con medio lado de la cara adormecida por el dolor y sobándome apuraba la cuadra y media que faltaba para mi hogar a donde llegaba llorando. Mi padre, alarmado, me preguntaba:
-¿Qué te pasó, hijo?
-Don Rafa otra vez me hizo cachetón.
-¡Viejo de ##WW&&…!
Y allí terminaba su rabieta. Era incapaz de ir a llamarle la atención a una persona mayor. Eso era una falta de respeto que no se podía concebir entre los celendinos de esa época.
Don Rafael Merino tenía su tienda en la esquina del Comercio y Bolognesi, junto a la ferretería del Cuchuccho, donde pasaba el tiempo a la espera de algún cliente cómodamente sentado en la puerta observando el plácido discurrir de la gente. Él, como algunos viejos del pueblo, tenía la manía de andar jorobando a los escueleros, tal como lo hacía don Manuel R. Marín, que castigaba dolorosamente con un zarpazo en la mollera con sus afiladas y largas uñas acompañado de:
-¡Toma!, para que te acuerdes de Manuel Erre Marín.
Lo mismo ocurría con don Pelayo, quien propinaba los famosos “pelayos”, que eran coscorrones de marca mayor que, mínimo, te sacaban tremendo chinchón en la mollera.
Al día siguiente, avisado de lo que podía sucederme, pasaba rápido y alerta por su puerta, pero no contaba que don Rafa andaba premunido de un bastón, con cuya curvatura me atrapaba del pescuezo y… ¡Cachetón! Otra vez llegaba llorando a casa y sobándome la cara.
Parece que este buen señor conocía la hora de mi travesía cotidiana porque al día siguiente, para evitar ser capturado nuevamente por el bastón, pasé por la vereda del frente, en donde estaba la tienda del Julio Santísimo y la farmacia “Jiménez”, ojo avizor a su tienda para advertirme de su presencia cuando ¡Zas! Otra vez ... ¡Estaba taimadamente escondido tras de la esquina! Frente a tan repentinas acciones tenía que ir a trasmano, por el jirón Gálvez o Ayacucho evitando cruzar por su puerta. No sé si lo hacía solo conmigo o con los demás muchachos también. Pero alguien tenía que vengarnos.
Con los años don Rafael se hizo más cascarrabias. Estaba al tanto de los muchachos que cruzaban por su puerta, especialmente de los colegiales, quienes obligadamente tenían que saludarlo:
-¡Buenos días, don Rafael!
-¡Buenos días, don Rafita!
-¡Buenos días, señor Merino!
¡Pobre de aquél que pasara sin saludarlo! Inmediatamente lo perseguía y lo saludaba sarcásticamente, endilgándole algún título pomposo como doctor, ingeniero, abogado, magistrado, etc., a lo que el interpelado contestaba balbuceando una disculpa.
Estaba sentado una vez, como siempre, en su puerta, cuando acertó a pasar por allí mi primo Leonardo, entonces un colegial díscolo y travieso, que cursaba los primeros años de secundaria. No sabría decir si fue adrede o fue una distracción, pero pasó sin saludarlo. Esto encendió las iras de don Rafael, que inmediatamente lo persiguió, diciéndole:
-¡ Señor Diplomático, Buenos días!
Nardo, como quien complace a un inferior, le contestó irreverentemente:
-¡Hola, Rafa! ¿Cómo te ha ido?

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

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