viernes, 4 de febrero de 2011

PEQUEÑA HISTORIA: El sufrido sombrero celendino

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Curiosa fotografía que corresponde a inicios de la década del 30, cuando, como muchos recordarán, la venta de sombreros se realizaba en el frontis de la Iglesia Matriz de Nstra. Sra. del Carmen en la plaza de armas y no en la plazuela de La Alameda como se estila hoy.
Bajo el amparo del Jelig y el Taytarume, aparece la plaza de armas sin ningún atisbo de cemento en su superficie, pero con las calles ya empedradas. El ámbito de la plaza propiamente dicha, es un campo desordenado ausente de jardines, apenas con la pila central original –felizmente rescatada por Manuel Silva Rabanal- cuya copa se ve sobre el techo de la casa de la familia Merino Briones.

"Sombreros en la plaza, 1930" Foto archivo CPM.

En la municipalidad se está construyendo la parte central, donde ahora se yergue la torre que alberga al reloj público que da la hora en Celendín desde 1958. Hasta el término de esta construcción, las ventas dominicales se hacían en la plaza de armas y en las tiendas del entorno, luego el mercado pasó al interior de la municipalidad. Uno de los pinos que son característicos de la plaza es apenas un mozalbete un poco más grande que una persona.
El afán dominguero que congrega a tejedores, a sus familiares y a los negociantes muestra a un grupo ansioso en donde la mayoría de los niños –siete en total- están descalzos. Los varones visten a la usanza de la época: saco y pantalón de dril, dos de ellos llevan gorras Jorge Chávez, otro un sombrero raído, y en el extremo derecho, un niño, al parecer poblano, viste chaleco, saco y pantalones a media pierna, calza los clásicos “enteros” fabricados artesanalmente, estaquillados, para que no se malogren con los diluvios de diciembre a mayo. Precisamente esos zapatos indestructibles que teníamos que amansar para el desfile del 28.
Las niñas visten con suma sencillez, van descalzas todas y se cubren del frío serrano con pañolones, una de ellas lleva la canasta de carrizos para las provisiones de la semana.
Los mayores que figuran en esta escena detenida en el tiempo, llevan sombreros de paja toquilla adornados con gruesas cintas negras con lazo caído hasta fuera de la falda, moda que está en desuso hoy, los campesinos varones visten camisas raídas de género, barba de varios días y el clásico poncho de lana.
En el contexto de la imagen observamos una escena que es clásica en este comercio: el negociante, con una imagen de prosperidad, que se deduce por su traje de paño, el sombrero nuevo y porque va “enzapatado”, rodeado de la angustia de los artesanos que ofertan su sombrero mientras la pila de sombreros crece a sus pies.
Esta escena es el reflejo de la tragedia celendina, de una explotación centenaria que no ha cambiado un ápice, pero que, sin embargo, significó en tiempos pasados y aún hoy, la única esperanza de muchas familias de lograr un exiguo sustento que les permitiera sobrevivir.
Ya es tiempo que la municipalidad tome cartas en el asunto promoviendo y remozando esta industria que es característica de nuestras mujeres celendinas, buscando mejores mercados donde el producto de valore en la justa medida. No negamos que los negociantes también tienen que realizar un trabajo para obtener el acabado final del sombrero, pero deberían empezar por pagar con justicia a nuestras sufridas artesanas.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!

1 comentario:

Jorge H. dijo...

La historia gráfica de Celendín debe ser asumida por Jorge Antonio, acompañada de las detalladas descripciones que él elabora.

Tu archivo fotográfico, estimado JAntonio, es muy elocuente. Gracias por tus alcances que nos hacen revivir tiempos macondianos.