jueves, 8 de julio de 2010

CUENTO: Victor Chávez Velásquez

Victor Chávez V. es un arquitecto, colaborador nuestro, convencido de la conservación del perfil arquitectónico de Celendín y hasta presentó un proyecto de construcción de la Iglesia Matriz, expuesto en CPM II. Nos envía un hermoso cuento en donde explora nuestros mitos infantiles y nos demuestra que es tan bueno con la wincha y el teodolito, así como con la pluma. (NdlR)

Para Jorge Chávez Silva
Estimado paisano:
En primer lugar saludarte, y una vez más felicitarte por esa incansable labor de defensa de lo nuestro, nuestra querida patria chica, fiel seguidor de CPM.
Acabo de leer el artículo con motivo del día del maestro, y no puedo estar más de acuerdo contigo, maestros los de nuestro tiempo, épocas en las que como decía el gran Ricardo Palma "la letra con sangre entra" y a propósito recordé de un escrito que tengo guardado por aquí, y que en más de una oportunidad estuve tentado a enviárselo, pero debo confesarte que el temor a hacer el ridículo me detuvo, pero, después de todo, es algo que quisiera compartir con tus lectores, si por supuesto tienes a bien publicarlo.
Agradeciendo la atención que puedas brindarme, me despido con un fuerte abrazo, el cual espero sea en forma personal ahora que estemos por Celendín acudiendo al llamado de nuestra mamacha Carmen.

La fecha de esta tierna fotografía es el 25 de junio de 1928, están de izquierda a derecha: Francisca Aliaga, Odilia Villanueva .aún alumna, Carmen Castamán y en el otro extremo Julia Rabanal Pereyra. No nos ha sido posible reconocer al resto de las alumnas. Escuela 82 (Foto cortesía de Manuel Silva Rabanal)

EL MIEDO
Lo había atrapado una lluvia torrencial, con truenos, rayos y relámpagos incluidos, se sentía extraño, todo le parecía irreal, el sonido que producía la lluvia, el sol y el arco iris. No sentía frio. A tiempo se cobijó bajo el alar del patio con el trompo en la mano y el bolsillo lleno de bolas y chanos, no se había dado cuenta que a su lado estaba Julito, su amigo, su yunta. Eran uña y mugre, lo conocía desde que tenía memoria -vamos a jugar bolitas-, le dijo. No respondió, volvió a preguntarle y nada sucedió, se dio cuenta que estaba empapado hasta las rodillas y tuvo miedo; ahora le darían un par de rebencazos. El fogonazo de un relámpago y el ruido de un trueno lo sobresaltaron. Su corazón latía violentamente, terminó de despertarse y se dio cuenta que se hallaba en su cama. Por las rendijas de la pequeña ventana se filtraba el resplandor de la mañana, estaba solo en el cuarto. A lo lejos se oían voces que venían del zaguán que conducía a la cocina, reconoció la voz de su madre y sus hermanos y tomó conciencia: se había orinado una vez más, el miedo se apoderó de él y lo único que se le ocurrió fue cubrir la cama con las cobijas. Hoy no se habían dado cuenta que se le había aflojado el esfínter, no era la primera vez que le sucedía, -“Le ha entrado el frio por andar brincando por las acequias”-, decían sus tías abuelas y lo sentaban sobre piedras calientes, era el remedio para no orinarse en la cama; le frotaban la barriga, pero nada.
Camino a la escuela iba cavilando, los interiores ya se le habían secado le incomodaba ese olor extraño, mezcla de orín y ajos. Ojalá no se den cuenta, ¡Vito! le pasó la voz uno de sus compañeros y volvió a la realidad, muchos alumnos iban a la escuela, con sus uniformes caqui, algunos al igual que él no llevaban zapatos, solo se calzaban para el desfile escolar en fiestas patrias. Lo recordaba bien, pues, acabado el desfile terminaban con los zapatos al hombro y los pies ampollados.
Después de la formación en el patio de la escuela y luego de la inspección de rigor de pelo, orejas, cuello y pies limpios iban a los salones; en más de una oportunidad un piojito, o los pies sucios hacían que se quedara luego de la revisión y lo mandaban a lavárselos en cualquiera de las acequias o en la pila. Volvía acicalándose, diciendo “ya me lave como el gato”. Esta vez había pasado piola y el maestro mandó a todos al salón.
Tuvo miedo al verlo entrar, todos se pusieron en pie. Se oyó un ¡buenos días, maestro! y luego volvieron tomaron asiento. Estaba aterrado, hoy tocaba examen de cálculo y él no era bueno en eso. Además, jugar bolitas era más importante. No hizo la tarea y siempre había la excusa que en casa no había luz, que la noche anterior se había acabado el kerosén de la lámpara o que las velas las usaban sus hermanos mayores.
A medida que pasaban la lista de asistencia y se acercaban a su apellido el terror era más intenso que el olor a ajos que hacía que se lanzaran miradas cómplices entre ellos.
Le tenía pavor al maestro. Era este de baja estatura, casi calvo, piel cetrina y carraspera crónica en la garganta ,siempre “enternado”, siempre impecable, era el tercer año que le enseñaba y había sido maestro de sus hermanos mayores. Ellos le contaron que era “malaso”. Tenía fama de ser implacable con los castigos. Alguna vez a su amigo “churgapito”, después de castigarlo con la palmeta, lo hizo encerrar en el cuarto de las calaveras . A las dos horas lo sacaron al cristiano, desfalleciente, blanco como el papel y ensopado en sus líquidos.
Era famosa su palmeta con la que impartía justicia a malcriados y haraganes.
A esas alturas el olor a ajos se había magnificado y todos se habían dado cuenta, la cara parecía que iba a estallar, sudaba frió, en que mala hora hizo caso a sus compañeros de que se frotara las manos con ajos. Mejor hubiese recibido el castigo; después de todo, el dolor duraba un momento nada más. Y todo por haberles contado la historia que escuchó de sus hermanos mayores: que para que no duelan los palmetazos había que frotarse las manos con ajos molidos. Ahora los 5 de su collera estaban ansiosos de comprobar si era verdad. De ser así habrían descubierto la cura para el dolor, no tendrían de que preocuparse más, qué importaba si contestaban mal en el examen oral.
Uno a uno, cabizbajos, iban al frente, rumbo al suplicio que los llamaba por su apellido.
En la pizarra estaban escritas esas dificilísimas operaciones, algunos resolvían bien las sumas, restas o multiplicaciones, otros recibían el castigo con la palmeta. Hasta que le tocó su turno, se levantó y caminó con la cabeza gacha. Lo más importante era que el maestro no se diera cuenta del olor a ajos. Cosa difícil, todo el salón estaba impregnado de ese olor. Avanzó hacia la pizarra y la vio más inmensa que nunca. Los números parecían escritos en un idioma desconocido. Cogió la tiza, se empinó para escribir el resultado, mientras trataba de recordar las operaciones con un brazo en alto y con la otra mano en la espalda intentaba llevar las décimas o centésimas con los dedos. De pronto se le iluminó la mente y escribió el resultado mecánicamente, seguro que esta vez si la achuntaba, dejó la tiza y esperó confiado el veredicto. Un gruñido lo volvió a su triste realidad ¡so haraganote! Y recibió doble castigo: le jaló de las patillas y lo conminó a mostrar la mano para castigarle, estiraba y encogía el brazo cuando veía venir el golpe, al cuarto intento logró atinarle un golpe neto, seco y no sintió nada, vio la cara del maestro congestionada por la ira y el desconcierto, se había quedado atónito, mirando el pedazo de la palmeta que sostenía su mano. Era cierto, no dolía. Internamente estaba feliz, pero no se dio cuenta hasta que llegó a su carpeta y le cuchichearon que la palmeta se había hecho añicos en sus manos. Estaba sorprendido ¡Benditos los ajos, eran milagrosos! No solo servían para aderezar el arroz, o para el jarabe para la tos. También quitaban el dolor y rompían las palmetas.
De vuelta a casa la patota iba feliz, habían logrado librarse del castigo. Lo felicitaban, era el jefe, él había logrado la hazaña. Ya no tendría miedo a los castigos de la escuela, se fueron mataperreando y chapoteando por las acequias. Ese día llegaría tarde a casa. qué importaba, mañana sería otro día.
Al día siguiente llego confiado al colegio, el día era bonito , había tomado un buen desayuno con lo que más le gustaba , una taza de hierba luisa y humitas cuchras calentadas en el fogón. Sabían a gloria, si por él fuera hubiese comido hasta terminar empachado, no se había orinado en la cama y estaba feliz, ya no les pegarían, la palmeta había sido destruida; que fácil había resultado todo. Cuántas veces estuvo a punto de sustraer a “la maldita” del pupitre del maestro.
Se dio cuenta que estaba equivocado cuando el maestro, después de pasar lista, hizo la presentación oficial del chicote de tres puntas que los acompañaría fielmente el resto de sus estudios, esta vez tendrían que untarse los ajos en las piernas y el trasero.

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!


1 comentario:

Anónimo dijo...

Para felicitar , al paisano por la manera fluida y realista como detalla la historia ; En verdad debemos ser casi todos los contemporaneos y no tan contemporaneos, que untamos con ojos nuestras manos piernas y traseros durante nuestra primaria ; Sin embargo no deja de ser encandilador y nostálgico el cuento