sábado, 3 de febrero de 2007

CANTACLARO: Los destructores de Celendín

Por Constante Vigil
Celendín
Fundado en 1565 por el conquistador Gonzalo Menéndez de Canzo, St. Augustine es el primer pueblo español que surgió en el actual territorio de Estados Unidos, específicamente en Florida.
Para convertirse en el destino turístico que es ahora, St. Augustine tuvo que volver los ojos a su historia, a su tradición, luchar duramente por conservar los 36 edificios de origen colonial que todavía poseía y reconstruir totalmente otros 40, entre ellos el castillo de San Marcos, que resguardaba la bahía de las incursiones piratas.
Ahora, St. Augustine puede jactarse de ser el único núcleo urbano de Estados Unidos cuyo patrón de calles y ambiente arquitectónico es de origen español y es, lógicamente, la admiración de los millones de turistas que lo visitan anualmente.
Las generaciones actuales de celendinos, en su mayoría emergentes de los distritos de la provincia, recibieron de antepasados españoles, portugueses y judíos, según parece, una ciudad única, con personalidad propia, trazada de acuerdo a moldes coloniales, pero con visión futurista, bella desde todo punto de vista y con un perfil armonizando plenamente con el hermoso paisaje circundante.
El famoso tablero de ajedrez, orgullo de los viejos shilicos, que maravilló a muchos visitantes que se prendaron de la ciudad, en el presente es víctima del ataque sin pausa de los muchos irresposables que hay entre los actuales pobladores.
Al amparo de autoridades incapaces, que extienden las licencias más estrambóticas, se altera el perfil arquitectónico de la ciudad, se construye casas de estilo costeño, remedo triste y caricaturesco de los logros de un mundo que no conoce la belleza. Y allí tenemos los resultados, los esperpentos que, pretendiendo ser "funcionales y modernos", tienden pisos voladizos y otras modas híbridas que hacen un conjunto deprimente por lo huachafo.
Y la víctima es nuestra ciudad, mejor dicho nosotros mismos. ¡Qué lejos estamos quedando del Celendín señorial, con sus calles rectilíneas, sus paredes blancas y sus techos rojos de tejas artesanales!
Los shilicos de hoy no sabemos lo que hemos heredado, no comprendemos que nuestra ciudad conservada como fue y modernizada, respetando el estilo original, puede ser una fuente de riqueza para todos.
Los ejemplos son muchos, muchas las casonas antiguas que han caído víctimas de los arrestos destructores de estos atilas dizque modernos, como sucedió con la Escuela Nº 82 que ha desfigurado completamente a esa esquina de la Plaza de Armas.
Otro crimen mayúsculo de leso urbanismo es el que consumó el infame e ignorante presidente Kenya Fujimori con el antiguo local del Colegio "Javier Prado", hermosa casona, donada por don Augusto G. Gil, crisol de muchas generaciones de javierpradinos y corteganinos, que en todo caso debió conservarse como museo de la ciudad, con su apariencia original.
Otro tanto sucederá con el viejo Hotel América, aún en pie frente al colegio desfigurado, que caerá víctima de los maniáticos del cemento y se convertirá en una atrocidad urbana más. Otras casonas podrían seguir el mismo destino, como la famosa casa roja en que funcionó por años la Caja de Depósitos y Consignaciones, hoy Banco de la Nación.
Reemplazando a las viejas casonas se han erigido horrorosos exabruptos que asombran y compieten entre sí por su fealdad, como la "portavianda" que han construido en la calle Bolognesi, entre los jirones Dos de Mayo y Gálvez.
Pero la mostruosidad que se lleva la palma por su extrema fealdad y revela el "buen gusto" de sus propietarios, es el exabrupto arquitectural construido en la cuarta cuadra del jirón Salaverry, casi al llegar al mercado. Realmente parece un engendro de otro mundo, de un mundo sin alma, sin cultura, sin respeto por el espíritu de la ciudad que los acogió.
Aplaudimos a los celendinos que tienen el tino de conservar a nuestro pueblo como fue y, en ediciones que vendrán, ilustraremos con fotos los buenos ejemplos. Naturalmente, seguiremos castigando a los horrores, publicando su sinistro aspecto, su verdadera y tenebrosa dimensión de monstrosidades anticelendinas.

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