martes, 6 de febrero de 2007

ESTAMPA: Jarabe anticolérico

Por Jorge A. Chávez Silva, Charro
En el tiempo encantado en que se amarraban a los perros con salchichas y éstos no las comían, la vida era una bendición, el amor era tan simple que apenas consistía en comer pan y cebollas; los bebés nacían con su pan bajo el brazo y aún no se había inventado muchas enfermedades. La gente moría de vejez, o porque había perdido protagonismo y tenía que pasar a un mundo mejor; o atacada de tabardillo, que era una especie de enfermedad genérica universal de la que existían diversas modalidades, de acuerdo a la coloración que presentara el semblante del paciente. Así, había el tabardillo amarillo, rojo, azul, verde y morado, que no eran de necesidad mortal. Si uno se topaba con algún prójimo que luciera un color verde alfalfa, sabía que estaba enfermo, pero que no era de gravedad; pero si a alguno lo atacaba el tabardillo negro, por ahí si estaba fregada la cosa. De nada valían los siete jarabes, ni las píldoras de éter, ni el bálsamo de buda, ni el agua de kananga, la de azahares, ni los álcalis, ni nada. El enfermo finaba sin remedio y no lo salvaba ni Cristo con ser quien fue. No existía cura para ese tabardillo.

La ruleta del Zarco: "pasa rojo, pasa verde, pasa azul..."

Pero si uno tenía una cólera de la gran siete con cualquier hijo de vecino, iba donde el zarco Dolores, tocaba una pequeña puerta charolada y aparecía una muchacha de aquellas que sólo existen en los sueños.
-¿Está ño Dolores?
-Si, ¿para qué será?
-Dígale que salga un ratito, que es muy urgente.
Mientras la muchacha iba hacia el interior dejándole el grato recuerdo de su mirada azul, del pequeño patio llegaba un denso y dulzón aroma a caramelo, luego aparecía, en mangas de camisa, el zarco Dolores en persona, menudo y de profundos ojos azules, una de las personas mágicas de las que, felizmente, está preñado Celendín.
-Buenos días, don Dolores, véndame una copita de jarabe anticolérico.
-¿Qué pu’as tenido?- preguntaba con el tono de un galeno auscultador, mientras servía la panacea.
-He tenido una coleraza con el cholo del Rulo Jave.
-Clávale esto, hom- decía alcanzando una copa con un líquido espeso, verde- Son diez centavos.
Y así, por una módica suma de diez centavos, uno le hacía la contra a la cólera, porque es malo tener cólera, envenena el corazón y mata el sentimiento; por eso es necesario y urgente que uno se aplique esa terapéutica, tan efectiva que ni el bálsamo de Fierabrás. Parecía que a la cólera la hubieran sacado con la mano.
El único que podía preparar el auténtico jarabe anticolérico era el zarco Dolores, y es que él tenía la ciencia aprendida desde que se la enseñó su hermano en una ceremonia de alquimistas en el lejano Huamachuco, que es desde antiguo tierra de gentiles. De allí vino con el arte de la dulcería para hacer la delicia de los muchachos de Celendín con la diversidad de caramelos que fabricaba: peritas, bolas, chupetes de punta, paletas, alfeñiques, turrones y de las deliciosas masas de menta con maní que comprábamos envueltas en papel de despacho e hicieron del mentero uno de los personajes más queridos de nuestra dorada niñez. Todo muy limpio, prolijo y de primera calidad, porque jamás se supo de algún rapaz que se haya puesto mal por culpa de los dichosos caramelos.
Si uno por precavido iba temprano a una fiesta como la de San Francisco de Chuclalás, la del mismo santo de Malcat, la de San Isidro del Huauco, el tan mentado Taita Ishico, la del Padre Eterno de Sorochuco, que tenía más devotos; la de San José de Pillco; la Virgen del Rosario de Huacapampa; la de la Virgen de Candelaria de Poyunte o a cualquier otra, inclusive fuera del ámbito de la provincia, podía ir a probar suerte en la ruleta de caballitos que hacía girar el mismo zarco Dolores. Se trataba de una mesa redonda en que iban pintados sobre cuchillas de colores los números sin orden correlativo, del uno al cincuenta, con algunos ceros intercalados. En torno a un eje giraban alrededor de una docena de caballitos de colores con sus respectivos jockeys. En la panza de cada animalito sobresalía una púa que señalaba al número de la ruleta. Al zarco se le podía ubicar de inmediato porque su carpita estaba rodeada de chiquillos y debajo de su mesa habían algunas latas, de esas de manteca, llenas de caramelos.
Uno debía ser precavido e ir primero en plan de observador antes de arriesgar sus centavos. Cuando los circundantes apostaban, el zarco cantaba la jugada:
-¡Y se va la bolita, se va la bolita, a la una, a las dos y a las tres... pasa rojo, pasa verde, pasa azul, pasa amarillo, pasa rosado, pasa el colorao, pasa blanco, el negro frontino, pasa el pinto, al alazán, el moro, el tordillo.... y llegaron!
Uno debía fijarse en la cara de los más felices que ganaron catorce, quince o a veces veinte- porque jamás supe de algún lechero que sacara cincuenta caramelos- para apostar al mismo caballo, porque la suerte es terca, siempre se repite; es como la circunstancia de que el asesino siempre regresa a la escena del crimen, o algo tan simple como el que pega una, pega dos. Con esta sencilla estrategia había más posibilidades de ganar.
Pero si uno por dormilón o desaprensivo llegaba tarde a la fiesta, encontraba que el zarco ya no estaba frente a su ruleta y se había perdido lo mejor del espectáculo, ello significaba que, finiquitado su negocio, el dulcero había procedido a la consabida lluvia de caramelos, en medio de un revoltijo de chiquillos y mozuelas campesinas quinceañeras, vestidas de fiesta, quienes por conseguir un par de caramelos, dejaban ver sus torneadas piernas en medio de un revuelo de fustanes.
El zarco ya se hallaba encantinado en algún toldo, brindando un buen cañazo con algunos de sus amigos. Entonces había que prestar atención a la progresión etílica del zarco. En cada trago que se zampaba su rostro se ponía más sanguíneo, los ojos más vivos y estaba cada vez más alegre. Si de pronto se escuchaba su interjección favorita dirigida a cualquier contertulio, era prueba de que estaba a punto para emprender la famosa incursión acostumbrada:
-¡Quieto, grajo!
Sólo era cuestión de minutos para verle salir totalmente eufórico en busca de su alazán albo dos, como no hay dos, y, caballero cimbreante sobre el paso airoso de su caballo picho, recorrer las calles del pueblo, gritando en cada esquina, a voz en cuello, como si fuera el heraldo de la buena nueva, para solaz y chacota de los varones y zozobra y quebranto de las cucufatas y señoras bien, que veían en el fino caballero la encarnación del demonio de la lujuria:
-¡QUE VIVA LA PUGA!
Y de esta guisa subía por La Alameda, hasta la quebrada de San Cayetano; galopaba a campo traviesa hasta La Feliciana, luego por el malecón y desembocaba en el mercado, con gran contento de los transeúntes:
-¡QUE VIVA LA PUGA!
Bajaba por la plaza de armas, de allí al hospital, subía por el mercado zonal hasta La Matanza, para rematar su periplo caballeresco en su adorado barrio de Colpacucho, corroborando su concepto con una frase irrebatible de catador exquisito:
-¡QUE VIVA LA PUGA! ¡ LA PUGA VALE EN ORO TODO LO QUE PESA!
Uno, que es avisao, sabe a lo que se refería el zarco con tanto entusiasmo, y tú, apreciado lector, si tienes un poco de malicia, adivinarás que cosa provocaba la alegre euforia de don Dolores. Pero si no quieres pasar por soez y malcriado; y por el contrario, te quieres dar de fino y educado, te informo que sí, que en Celendín, la puga es la fruta más dulce de la mujer, y en contraposición, el órgano del hombre es conocido como pishgo.
Ya imaginan ustedes el azoro de su mujer y sus bellísimas hijas cuando lo llevaban, casi en hombros, totalmente ebrio a su domicilio, con el estentóreo grito echado a la calle como un hijo ilegítimo que reclama a gritos un padre:
-¡QUE VIVA LA PUGA!
El zarco Dolores era el único valiente que se atrevía a hacer pública una proclama que, estoy seguro, ronda en la mente y en la punta de la lengua de todos los hombres. Alguno que otro osaba emularlo con un poco más de decoro y menos evidencia, farfullando medrosamente:
-¡QUE VIVA LA... NIÑA!
Seguramente por eso, y en reconocimiento de su autoría sobre la célebre frase, alguna mano anónima había escrito un graffiti con carbón de pila ray-o-vac en el umbral de su puerta: “ZARCO DOLORES QUE VIVA LA PUGA”; inscripción que quedó para la posteridad, sin que ningún profano se atreviese a borrarla, so pena de pasar por sacrílego.
Un chistoso le ha contado a uno que en una ocasión, estando el zarco en el lecho matrimonial con su esposa de toda la vida, a poco de hacer el amor, le dijo con la euforia acostumbrada:
-Hijita, no sabes lo rica que es la puga; ¡La puga vale en oro todo lo que pesa!
Su mujer, mirándole fijamente, replicó:
-Y eso que no lo has probado al pishgo, ¡Ese es más rico! ¡Ese te aloca!

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