domingo, 15 de abril de 2007

ESTAMPA: Jarabe de Menta

Por Jorge A. Chávez Silva, Charro
Uno de los valores en que se cimenta la grandeza de la patria es el heroísmo de su gente. En nuestra época de estudiantes nos inculcaron con insistencia que morir por la patria es un rasgo de excelso desprendimiento de la propia vida. Así hemos reverenciado a Túpac Amaru, por su primer grito libertario, a Miguel Grau, por su caballerosidad con el enemigo, a Francisco Bolognesi, por su afán de luchar hasta el final y a muchos otros hombres y mujeres más. Creo que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos anhelado llegar a ese estado catatónico de exaltación llamado heroísmo.
Los héroes no nacen, se hacen en la circunstancia. Personalmente creo que el estado natural del hombre es la cobardía. Lo que nos narraba el sub oficial Pedro Pereyra parecía afirmar esto. Decía el militar que, Leoncio Prado, el héroe de Huamachuco, temblaba como un poseso en la víspera de la batalla, lo que lo molestaba hasta el extremo de despersonalizar a su esqueleto de su cuerpo y dirigirse a él como si fuera ajeno:
-Tiemblas, esqueleto miserable, más temblarías si supieras a dónde te voy a llevar mañana.
Uno no sabe, entre un grupo de personas comunes y corrientes, quien de ellos, llegada la circunstancia, pueda reaccionar como un héroe. Podría ser un amigo, un familiar, o cualquier otro. Demás está decir que si fuera de los primeros, uno ya se está ganando alguito.

Guardo su imagen gallarda y decidida, su perfil olímpico...

Transcurrían los dorados años de nuestra época estudiantil y estábamos ya en el último año de nuestra formación docente, cuando el Profesor Walter Vera, de Educación Física, anunció a nuestras compañeras que al día siguiente sería el examen final de natación. Portentosa noticia que nos llenó de expectativa para asistir al acontecimiento. ¡Por fin íbamos a tener el privilegio de ver las, seguramente bien torneadas, piernas de nuestras compañeras, cuyas redondeces adivinábamos a través de las faldas largas del uniforme!
Por supuesto que ya en esos años Mary Quant había inventado la minifalda, pero en nuestro pueblo, de moral decimonónica, ninguna muchacha se atrevía a usarla sin exponerse a que le endilguen el apelativo de las cuatro letras. Todas usaban faldas por debajo de la rodilla. Lucir una más corta era un grave pecado de impudicia que atentaba contra las buenas costumbres de la sana población.
En esa época, de acuerdo al estilo de los profesores, a los estudiantes se nos exigía asistir a clases con terno y corbata. Esa mañana, tizas y ahorcados, estuvimos desde temprano en la piscina para espectar el examen y gozar del maravilloso regalo celestial de ver las piernas de nuestras compañeras. Durante la evaluación pudimos comprobar que, efectivamente, eran de otro mundo las extremidades de nuestras amigas. Cuando terminó la prueba, el profesor Vera anunció:
-Bueno, chicas, el examen terminó, las que saben nadar pueden quedarse, las demás pueden ir a casa.
Algunas compañeras eran del oriente, en donde existen verdaderos ríos caudalosos, por eso nadaban como sirenas, nuestras paisanas no sabían, pero intrépidamente insistieron en quedarse. Entre estas últimas, Rosaura, la dulcinea de mi amigo Becher, a quien había sorbido el seso y tenía en ascuas, porque, justamente esa semana, había roto palitos y el pobre no sabía a qué apelar para lograr el reenganche.
Quienes algo nadamos sabemos que en una poza del río, o en una piscina, existen dos extremos de profundidad, uno es el pambashco en el que chapotean los aprendices y el otro es el hondo en donde se deslizan grácilmente los expertos. Las compañeras charapitas, cual ondinas, se dirigían hacia allí y Rosaurita, por no ser menos, intentó seguirlas, no sin antes lanzar una mirada de reojo a nuestro amigo, a quien se le caía la baba. De pronto se escuchó un alarido que estremeció todas las fibras de su ser:
-¡Ay, auxilio, help, SOS, me ahog… glub…glub!
Ya lo expliqué antes, los héroes se hacen, no nacen. Becher, escuchando con el corazón el reclamo de su amada, se transfiguró, dejó caer aparatosamente los libros que llevaba a mano y, como una exhalación, sin reparar en que se jugaba la vida y ni siquiera que estaba con su terno nuevo, se lanzó como una centella a salvarla.
En mi memoria de amigo y admirador guardo su imagen gallarda y decidida, suspendido en el aire, su perfil olímpico, las manos extendidas apuntando a la superficie de la piscina, los zapatos unidos, las piernas extendidas y la corbata floreada flameando por detrás…
¡Splashhh!
Se escuchó un sonoro ¡Oh! de admiración de todos los presentes, que no pudieron más que aplaudir tan noble gesto.
Lo recibimos en brazos, emocionados, cuando salió chorreando de la piscina, luego de salvar a la bella. Todos lo aclamaban:
-¡Eres un héroe! ¡Eres un héroe! ¡Permíteme, por favor, decir que soy tu pata! –exclamaban algunos aprovechados.
En mi fuero interno me sentía un poco tocado por esa gracia divina: ¡De mí sí era mi amigo! Por eso me sentí ufano cuando me pidió:
-Por favor, hermano, anda a mi casa y dile a mi mamá que me mande mis zapatillas y una muda de ropa, no puedo salir así como estoy, sopa, a caminar por la calle.
Muy rápido llegué a su casa y efusivamente salude a doña María, felicitándola por tener un hijo héroe. Ella, incrédula del portento, me pidió detalles sobre el gran suceso y cuando le expliqué, comentó muy enojada:
-¡Cati, el gafazo! ¿Qué pué se ha alocao de mojarlo su único terno? Ahora pué se irá calato al pedagógico…¡Jesús, María y José! Toma, hijito –dijo, poniendo dos reales en mi mano- mientras le preparo la muda de ropa, anda al zarco Dolores y cómprame una copa doble de jarabe de menta, es buenazo para las penas del amor y de paso para el resfrío, porque después de esa mojadaza segurito que lo agarra la gripe.
En los días subsiguientes casi pierdo a mi amigo, porque todos los que antes no le hacían caso, o lo tenían en menos, ahora se disputaban el honor de pasear con él, seguros que no siempre se tiene el honor de caminar a la vera de un héroe. Pero el mundo es ingrato y mucho más lo son las mujeres. ¿Ustedes creen que mi amigo logró el tan ansiado reenganche con la veleidosa Rosaura? ¡Nones! Ni porque le salvó la vida regresó con él, la muy ingrata.

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