jueves, 9 de julio de 2009

EDUCACIÓN: Maestras y Maestros

TEMAS DE EDUCACIÓN (II)
Por Jorge Horna
Lima
La palabra Maestro tiene una connotación profunda, porque alude a quien enseña y educa de un modo natural, sencillo y eficaz, logrando a la vez con el que aprende y se cultiva, una compenetración, una tácita empatía.
Gratitud y homenaje les debemos a todos los profesores que nos enseñaron; especial evocación, a algunos.
Las primeras letras y números los aprendí de doña Berta Díaz Rodríguez en la Escuela 877, que tenía sólo dos secciones: transición y primer año, y su local estaba ubicado en una casa de la plaza de armas de Celendín. Era el año 1955, y la referida Maestra para confeccionar los materiales didácticos utilizaba un “gelatinógrafo”, que para mí fue la primera máquina impresora que conocí; en ese artesanal instrumento ella sacaba copias con ejercicios de escritura y operaciones de cálculo para que sus alumnos aprendiesen. La dedicación y esmero de mi Maestra Berta fue muy bien aprovechado por todos. Al concluir el año me obsequió un juguete, creo que por mi buen aprendizaje.

Maestros celendinos de finales de los cincuenta. Agazapados de izquierda a derecha: Orestes Tavera Quevedo (+), Juana Díaz Escalante y Absalón Machuca.
De pie Alfonso Rojas Chávez, Josefina Rabanal Pereyra (+), Blanca Pérez de Peláez (+), Antonio Díaz Pereyra, Amalia Cachay de Merino (+), e hija Haydée Merino Cachay, (¿?), (¿?), Carmen Castamán (+), Eusebio Horna Torres, Rita Pereyra Oblitas (+), Zulema Cachay Villanueva y Manuel R. Marín (+)

Don Hernando Velásquez era el Director y tenía un aula a su cargo. El recreo lo hacíamos en la calle y al término de este, el Maestro tocaba “palmas” que era la señal para reingresar a los salones a proseguir nuestras lecciones.
De allí pasé a continuar mi instrucción en la Escuela 85, ubicada en la calle Grau, junto a la colina. En ese local experimenté sensaciones anímicas inolvidables. Las celebraciones de la fechas del calendario escolar se hacía en el patio, se usaban mesas para el escenario y se colgaban vistos cuadros en tela con coloridos paisajes (“decorados” le llamábamos), hasta se ponía un telón corredizo. Los alumnos previamente preparados declamaban, cantaban (acompañados con el acordeón de don Eleuterio Sánchez), leían textos alusivos, presentaban cortas piezas teatrales, y las siempre orientaciones del profesor de turno. Eran las “actuaciones”.
En el segundo año de primaria doña Dora Tirado de García con amabilidad maternal me enseñó los cimientos de la gramática y los laberintos numéricos. Cuando estuve en tercero me estuvo enseñando doña Blanca Pérez de Peláez, a medio año se retiró del magisterio, y llegó como interino un joven que recién había concluido la secundaria: Manuel Silva (hijo de don Vicente Silva y doña Elinora). Sin tener conocimientos de pedagogía, este prometedor Maestro se desempeño con mucha eficiencia, trasmitiendo además su cariño. Él dispuso que cada niño trajese una libreta y allí anotaba el dinero que cada uno depositaba en su poder. A fin de año nos devolvió contantes y sonantes nuestros ahorros (reales, pesetas, soles y medio soles).
En cuarto y quinto tuve un profesor demasiado exigente e incomprensivo, obsesionado en que deberíamos ser infalibles matemáticos. Por temor, repetí quinto año.
En el colegio “Javier Prado” inicié la secundaria el año 1962. Cómo no recordar ese hermoso y acogedor patio, los amplios salones del primer y segundo piso, el “canchón” (donde se practicaba básquet) y el gran auditorio. Fueron mis Maestros: Alberto Córdova que con precisos resúmenes me enseñó el panorama de la literatura peruana y española; Alberto Aliaga Velásquez con su impecable caligrafía prosiguió la enseñanza de la letras universales; Zenón Chávez Zegarra que me alcanzó las fundamentales nociones de Filosofía y Economía Política. Esos Maestros si que usaban correctamente el lenguaje como verdaderos comunicadores, y escribían en las pizarras las síntesis que preparaban con ahínco.
En las horas de Educación Física el profesor se limitaba a formar equipos para jugar fútbol en la pampa “Centenario” o en “La Breña”. Hasta que llegó un Maestro recién egresado del Instituto Nacional de Educación Física, él se llamaba Constantino Benites, nos dijo que era natural de Huamachuco. Puso disciplina en sus clases, correctamente formados nos conducía a las referidas pampas, demostraba su clase y pasábamos la hora haciendo auténticos ejercicios de formación corporal. Desempolvó los instrumentos que estaban olvidados en un salón: jabalina, disco, bala, taburete, y los incluyó en sus lecciones.
En quinto año, mi amigo y condiscípulo Víctor Jesús Márquez Solís, una tarde me preguntó qué desearía ser en el futuro. Le contesté: escritor. Festejó con risas mi ocurrencia.
Los Maestro Moisés Ortiz Huamán, Héctor Silva Araujo, Ranulfo Tacilla, destacaron por su labor responsable, de ellos aprendí en el Instituto Pedagógico de Celendín, los recursos necesarios para el desafío de ser profesor de educación primaria.
De mis Maestros de la universidad y de la universidad de la vida hablaré otro día.

Lima, 08 de julio de 2009

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